#Retodeagosto Día 9. Farolillos chinos.

– ¡Vuelve a contarlo, papá! –dijo saltando sobre los cojines y aterrizando sobre la cama de su hermana melliza, donde continuó saltando. Sus trenzas castañas bailoteaban al ritmo de los brincos.

– Otra vez Rapunzel no, Olivia. ¡La leyenda del rey Arturo en Camelot! –Rebatió la otra niña cogiendo el globo alargado de la feria que descansaba apoyado en la pizarra. Lo enarboló en el aire como un mosquetero en sus años de decadencia – ¡Excalibur, al poder!

–Pareces un chico, Elvi –Sentenció su hermana justo antes de dar una voltereta lateral que, de no ser por la intervención de su padre, hubiera acabado en el suelo. Tras atrapar a Olivia al vuelo y dejarla en su propia cama, su padre negó con la cabeza.

–Mañana nos vamos de vacaciones temprano. Dijimos que solo una historia…

– ¡Pero siempre elige Olivia, papá! –Protestó Elvira frunciendo el ceño, arrojando el globo al suelo, y cruzándose de brazos.

–Piri simpri iligi Ilivii, pipí –Se burló la aludida con desdén.

–Se lo voy a decir a mamá –Elvira se levantó de la cama y, con paso resuelto, se dirigió a la puerta.

–De eso nada, jovencita –Esta vez fue a ella a la que recogió en brazos y arropó –Buenas noches a ambas –Y, sin opción a réplica, apagó la luz y salió de su cuarto.

–Eres tonta –murmuró Elvira minutos después, tratando de vislumbrar la reacción de su hermana a sus hirientes palabras en la casi total penumbra.

–Bueno, pero soy una chica.

–Yo también soy una chica.

– ¿Ah sí? ¡Excalibur al poder! –Repitió Olivia con sorna y agravando la voz tanto como le podían permitir las cuerdas vocales de una niña de siete años.

–Es que soy una valiente guerrera. Al menos no soy la loca de los farolillos mágicos, no como tú –Se defendió.

–Es que soy una princesa –declaró con una sonrisa–. Y, cuando todos se den cuenta de que lo soy, lanzarán miles de farolillos chinos voladores al cielo, como en el cumpleaños de Rapunzel.

–Las princesas no se tiran pedos.

–Tú también te tiras pedos y huelen peor.

–Yo no soy una princesa. Además, las princesas no dicen la palabra “pedo”.

–Pedo, pedo, pedo, pedo, pedo…

– ¡Cállate ya, Olivia!

–Pedo, pedo, pedo, pedo, pedo…

Elvira, como siempre, terminó por ceder y esperar a que su hermana se agotase. Olivia no tardó en hacerlo y ella no tardó en dormirse. Ah, pero Olivia no podía dormir tan fácilmente. Realmente se imaginó asomándose al balcón principal de un ebúrneo castillo. La hiedra y el musgo treparían zigzagueantes como serpientes por la torre que la recluía y una vez al año… ––No, ¡cada noche, mejor!–, los habitantes de su reino lanzarían al firmamento miles de farolillos chinos de colores, en honor a su princesa, Oli. Aquella idea la reconfortaba y llenaba de optimismo.

Antes de rendirse a un sueño tan acaparador como inevitable, escuchó la tranquila respiración de su hermana y, aunque puede que nunca lo reconociera, pensó que en su reino, jamás existiría una mejor guerrera que su valiente hermana, Elvira.

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