#Retoagosto día 26. Pareo (Marysb)

The first time I covered my face in public

I do not remember.

Perhaps it was November and I rubbed my body against the snow,

Drops falling, itching ice, but it wouldn’t work.

My face stood shining in the dampness of a million flakes;

My face was the rain,

Dripping oily mud, red, tears pretending to be smiles

And in a while, somebody said I was a fool.

The second time was worse,

The snow was gone,it was never there

Somebody said, but I saw it,

I bear the scars of the winter.

The second time the pavement was ruthless

I kissed it, begging, my arms extended

I begged for mercy,but

My dirty face bleeds, wearing a plum leaf,

A dire emptiness, I couldn’t believe

I was still naked.

The doctors told me not to do it again

They didn’t get it, but I got paxil dreams

What difference does it make,

If you live in a nightmare, your head can’t be tamed.

I planned a third time,

Ashamed of the emptiness of my eyes,

In the mild heat of spring, away from the snow

That never was.

I tried to remove my features with an eraser,

I ruined the latter and there I stood, spotless,

Untouched by the sane asylum I call “the real”

I got a masters in mass production,

And flunked compliance for dummies,

They made me kneel amid the daffodils in memoriam

and swear by the god of Monkey Lascivious Assholes (MLA).

I was rejected by the Academia of poetry,

Damn, I pressed my lips so hard against her they fell apart,

“Passion must be avoided at all times”

“Nudity will deduct a point from the final score”

One less thing to cover up.

I changed my eraser for sandpaper

In the tranquility of whatever-zepam.

I did not feel the pain,

You wouldn’t believe what happened,

The dog ate it, like my homework.

In the meantime summer came,

I had already planned the fourth.

The fourth time was the last one,

I bathed in the warmth of the sand,

No mouth, no nose, no lips, no eyes.

I did it.

I had brought Picasso back to this world.

I expected somebody, whose love

would mend my face, guess what happened?

Somebody came,

bumped into my thighs,

Ate the meat loaf,

enjoyed the rump

And put a beach-wrap in my head.

 

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#RetoDeAgosto Día 24. Ukelele.

Era pequeño cuando veraneaba en la casa de mis abuelos, pero aún recuerdo el desván.  Un desván cuyos ventanales dejaban pasar la luz como un filtro de fotografía anaranjado.  Un desván que guardaba recuerdos y secretos de varias generaciones. Recuerdo sentarme en el suelo de los tablones de madera y que en función del ímpetu con que lo hiciera, era mayor o menor la nube de polvo que ascendía.

Recuerdo el sabor del yogurt casero de mi abuela, con un deje agrio, que comía cucharada tras cucharada observando, en medio del habitáculo, las muy recargadas paredes de madera. Solían decirme que no subiera allí, que había arañas y probablemente ratones, que solo encontraría cacharros viejos, que el polvo me haría estornudar. Yo desobedecía de forma casi sistemática. No por rebeldía, sino porque aquel desván me atraía de forma magnética, como si yo fuera el polo opuesto del imán que allí moraba.

Y allí, sin más, contemplaba. No es que fuera un niño asocial, rarito o padeciera alguna clase de anomalía que me impidiera jugar como los demás niños del pueblo. Tengo vívidos recuerdos de mi tiempo allí: Mis partidos de fútbol con los gemelos y mi hermano; las carreras de bicicletas con este último; las excursiones por las eras con mi padre;  y la hija de la vecina que me daba guisantes crudos para comer y tenía gallinas y que me gustaba más de lo que reconocía (La hija, no la vecina). Y sin embargo, si vuelvo a mi infancia, vuelvo a aquel trastero. Vuelvo a las cortinas floreadas que bailaban con la brisa, vuelvo a los discos de vinilo, a las fotos en blanco y negro de plazas de toros y corridas, vuelvo al sombrero de paja de mi abuela, a los ramilletes secos de tomillo, al olor a naftalina y… a aquel ukelele.

Nunca he desvelado el misterio de por qué guardaban ese instrumento allí mis abuelos. Ninguno de los dos ha tocado un instrumento en su vida y, sin embargo, allí reposaba, en una esquina, dejándose acariciar por la fantasmagórica luz nácar, que arrancaba destellos irisados a las cuerdas.

Si vuelvo al recuerdo del desván, vuelvo al ulular de sus cuerdas, al tacto de mis dedos pasar una sola vez, una tímida vez, por sus vetustas entrañas.

 

#RetoAgosto día 21. El balón de Nivea (Mariasb)

Beauty lives in your hands,

Your neck, your eyes look at me

And I blindly guess

From the tiniest reflections of light,

I guess from the slightness of touch,

Your laugh,

Isolating your words with a soulless syntax

-I was never good at it-

But I rejoice in your linguistics,

Unrelenting,

And yet you look at me with a smile

I’d starve should I pay to see

Everyday, I guess

I see my organs floating,

Like the Titanic, sinking,

Guessing, blessed with the miracle of a smile and yet,

Out of oxygen, alone,

Hitting a Nivea ball,

Wishing you never die,

Death is way too mainstream these days

I changed my Nivea ball for a beachball

But you are not, I’d like to tell you how

Your character killed my branded thoughts

Swimming in a sea of truth

Guessing, perhaps it was you

This morning in a black dress

In Reading, UK, reading a

DIY magazine, noticing

How your eyes blink

in those reading glasses, guessing

It wasn’t you, I knew it

But still it hurts less believing

In blind faith,

Delusional,

Foolish, I wait writing

About Dublin in your room,

The light was fading,

It could have taken me by surprise

But it didn’t,

It was so natural I could have faded

Away with Heisenberg!

Looking at the budding wrinkles of your “country mouth,

So plain”

and the sound of you, chuckling,

Choking when you said goodbye

In two cheek caresses, troubled,

When I lifted my hand, troubled,

Lost in an endless morning of silence,

The words won’t come back, ever,

Neither will I,

Lost in the damaged consciousness we shared,

Imperfect but not defective,

Unfair,

The fact that a tear molested your purity,

Unfair, but don’t take me wrong,

I don’t want perfect, not that it matters but

The wrinkles at each side of your mouth,

Those are enough, your teeth,

Swaying back and forth,

Bewildered and puzzled,

And I, alone.

Guessing,

Did I just make you laugh?

That glow pays off,

For this love we’ll never make,

Naked,

I tell you the cause of my fears,

Silent,

Honest, for the first time

I crack a smile in some pub,

Guessing, perhaps…

It was just Dublin,

Guessing, perhaps…

I was just nervous,

Perhaps…

#RetodeAgosto Día 18: No hay faro en esta playa

El viejo marinero caminaba, triste y solo, por las viejas arenas de un viejo mar. Todo a su alrededor, desde las conchas que la marea había arrastrado hasta el aire que respiraba, parecía viejo y cansado. Sus botas de goma se deslizaban entre las dunas con delicadeza, dejando huellas húmedas que el mar se dedicaba a borrar meticulosamente.

Los hombros hundidos, la cabeza gacha, los ojos azules de ver tanto mar…Aquel hombre era un superviviente. Habría sobrevivido a los piratas, a los dioses y a las tormentas y, sin embargo, ahora iba a morir por una enfermedad de hombres.

Ojalá el mar me hubiese llevado con él pensaba mientras apretaba los puños dentro de su chubasquero amarillo. Oportunidades ha tenido, he sobrevivido a las peores tormentas del mundo, he vagado en balsas sin apenas agua ni comida durante días, incluso pasé un año en una isla desierta esperando a que me rescatasen y, sin embargo, voy a morir deteriorándome poco a poco. Así no es como mueren los héroes. Desde pequeño el viejo marinero había querido ser un héroe, había querido llevar a cabo hazañas increíbles, ver paisajes de ensueño y besar los labios de todas las mujeres del mundo. Y casi lo había conseguido. Rememorando todas las mujeres a las que había besado, todas las camas en las que había dormido y todos los atardeceres que su rostro había contemplado, llegó a su destino, una pequeña cala apartada y alejada de las miradas indiscretas. Mientras se quitaba el chubasquero amarillo y las botas de goma, pensaba que en aquella playa por la que tantas veces había paseado había algo antinatural, algo extraño que, sin embargo, no conseguía identificar.

Después de quitarse las botas y el chubasquero, se quitó el viejo jersey que había perdido el color después de tantos lavados, la camisa con los puños descosidos y el pantalón que le venía grande, quedándose solo con los calcetines y la ropa interior. Apesadumbrado, el hombre se miró los pies y, después de pensárselo, se quitó los calcetines. Las cosas había que hacerlas bien o, si no, no se hacían.

El frío aire con olor a sal le golpeó con violencia, pero en peores condiciones había navegado, por lo que no le dio importancia, sino que abrió los brazos y se llenó los pulmones de aquel familiar olor. Sonrió y una pequeña lágrima cayó rodando por su mejilla, pero él no se la limpio. Después de tantos años había aprendido a no avergonzarse de llorar, además, no había nadie que pudiera verle.

Cuando sintió que su piel empezaba a entumecerse, respiró hondo y caminó hacia las aguas salobres del mar, dejó que las olas mordiesen sus tobillos primero, sus artríticas rodillas después, sus pantorrillas, su vientre, su pecho, su rostro. Dejó que el mar devorase su cuerpo, dejó que la sal llenase sus pulmones y que el agua emborronase su visión. Y cuando ya estaba a punto de exhalar su último suspiro, se dio cuenta de qué era lo raro en aquella playa: no había faro.

 

#RetodeAgosto Día 18: Zapatillas de agua y canela

La habitación olía a canela, un olor familiar y agradable para Tess que, sin embargo, siempre había molestado a Lara. Ahora, tumbada en la enorme cama que tiempo atrás ambas habían compartido, Tess se sentía sola y vacía, como si le hubieran arrancado una parte del corazón. Días atrás Lara se había marchado para no volver y aunque había intentado hacerla cambiar de idea, la chica era testadura y, con su maleta en la mano, había desaparecido para siempre de la ciudad y de su vida.

Tess se puso en pie y las frías baldosas hicieron que un escalofrío recorriese su espina dorsal. Antes ahí había unas zapatillas de agua, de estas de plástico azul que se iba poniendo amarillo con el paso del tiempo. Lara se las había comprado en sus primeras vacaciones juntas porque ella las había olvidado en su casa y en el balneario al que habían acudido no te dejaban entrar si no llevabas zapatillas. Tess sonrió recordando aquellas vacaciones.

Descalza y con la canela impregnándose en su piel como melaza, se acercó a la ventana de la habitación, una ventana pequeña que no iba en consonancia con el resto de la habitación en la que todo, desde los techos hasta el sofá, era gigantesco. Aquella sala no había sido nunca concebida como una habitación, sino más bien como un desván o un trastero, pero nada más verla Lara se había enamorado de ella y había decidido que allí tenían que montar su dormitorio. Tess no puso objeciones, a ella le daba igual dormir en un sitio que en otro, aunque a su familia no le hizo demasiada gracia, la casa era lo suficientemente grande como para que pudiesen ocupar una habitación que les permitiese cierta intimidad, no había necesidad de arreglar aquel viejo desván.

Lara y Tess, solas, habían limpiado gran parte de la habitación, habían metido todo en cajas, habían rescatado algunas cosas que les podían servir, habían pintado las paredes, cambiado los suelos y abierto aquella ventana que, sin embargo, era demasiado pequeña. Frente a la ventana había una pequeña mesa con un par de tazas de té que nadie se había molestado en recoger. Una de las tazas todavía tenía algo de líquido en su interior pero la otra estaba vacía, vacía como su corazón. Furiosa, Tess cogió la taza en la que todavía quedaba té  y la lanzó contra la pared. Enseguida una enorme mancha  comenzó a esparcirse, las esquirlas de la taza saltaban en todas direcciones y el olor a canela se intensificó. Tess se dejó caer en el suelo con los ojos anegados en lágrimas y pensando, una vez más, que ojalá Lara no se hubiera llevado sus zapatillas, porque ahora, seguramente, se clavaría los pequeños trozos de porcelana en los pies.

#RetodeAgosto Día 17: Dos helados navegantes.

A lo lejos suena un piano, ¿un piano? ¿Cómo es posible, si estamos en medio del mar? Me inclino un poco y la inestable barca en la que viajamos se tambalea, pero yo no me doy cuenta de ello, sólo sé que oigo un piano. Mi compañero abre los ojos y gruñe algo, pero ya no tiene fuerzas para hacer nada. Miro en todas las direcciones, pero sólo veo la oscuridad y, agotado, me dejó caer en el interior de la barca. ¿Cuántos días llevamos vagando a la deriva en aquel inmenso y helado mar? Ya no lo recuerdo, pero hay tantas cosas que ya no soy capaz de recordar, por ejemplo, el azul del cielo en un día soleado, los rayos de sol sobre mi piel, la arena entre mis dedos, el rostro de mi enamorada e incluso mi nombre. Sí, he olvidado mi nombre.

Voy a decirle algo a mi compañero, algo que sirva para romper la monotonía del murmullo del mar, pero no me responde. Se habrá dormido, pienso, aunque sé muy bien que una vez que te duermes, ya difícilmente vuelves a despertar, pero no quiero pensar que está muerto. Aceptar que mi amigo está muerto es aceptar que yo soy el último y que mi muerte también está cercana, por lo que me hago un ovillo en el mojado suelo de la barca, me tapo con mi pesado y empapado abrigo de marinero, me recoloco la gorra y comienzo a hablar tratando de recordar mi nombre, pero no soy capaz. Después de un largo intentándolo, me doy por vencido y me tumbo bocarriba, contemplando el cielo. A lo mejor nunca he tenido un nombre. Mi voz suena rara, está ronca, sin fuerza casi, me duele la garganta al articular cada palabra, pero no me importa, mis oídos necesitan escuchar algo que les haga seguir funcionando.

Me niego a morir sin un nombre. Me niego a morir cayendo en el olvido de la eternidad. ¿Por qué de, entre todo lo que podía olvidar, he tenido que olvidar mi nombre? Un nombre lo es todo, sin nombre, las cosas serían aterradoras y nada tendría sentido, y yo quiero que mi muerte tenga algún sentido.

A lo mejor he olvidado mi nombre porque el nombre que me dieron mis padres no me gustaba, a lo mejor era un nombre vacío y carente de vida, a lo mejor no era un nombre adecuado para mí. Sí, tiene que ser eso, el nombre que me dieron al nacer no era el nombre que, por derecho, me corresponde pero, ¿qué nombre me corresponde? No tengo mucho tiempo para pensarlo, dentro de poco comenzaré a vagar por la eternidad, y vagar por la eternidad sin un nombre no creo que sea algo agradable.

Mientras pienso en un nombre para mí me viene a la mente la historia de un antiguo héroe que se libró de una muerte segura diciendo que su nombre era Nemo, que en su lengua quería decir Nadie. Rememorando aquellas aventuras que de niño mi abuela me contaba, decidí que Nemo era un buen nombre para pasar toda la eternidad. Después de decidir que ese sería mi nombre, se lo comuniqué a mi compañero, que no respondió, y me senté a su lado, cerré los ojos y empecé a contarle las aventuras del héroe hasta que el frío me lo impidió.

#Retodeagosto. Día 16. Cuando se desinfla un flotador.

Parte 2/2

Eva se dejó llevar en volandas hasta la tumbona más cercana y se entregó a los besos de Miguel. El corazón le palpitaba tan rápido que parecía querer escaparse de su pecho. El tiempo estaba casi congelado cuando de pronto se escuchó un ruido repentino y desagradable en la piscina, similar a una explosión de aire comprimido

–¿Qué… ha sido eso? –Eva se subió el tirante de su pijama y se irguió tanto como pudo.

–No creo que nada lo suficientemente importante como para… –Pero Mike se vio interrumpido por Sara.

–¿Estáis bien ahí abajo? –Sacó medio cuerpo por la ventana. Se asomó Cris tras ella.

–Joder, ¿estáis durmiendo juntos? –Mike sonrió a su amigo –. Veo que a otros también se les ha dado bien la noche.

–¿Qué diantres ha sido ese ruido? –Rebeca salió de la casa y llegó corriendo hasta donde estaban Mike y Eva. No pareció alarmarse porque Mike todavía estuviera semi tumbado encima de su amiga, ni por la estelar aparición de Sara en la ventana, acompañada de, lo que hasta entonces, había sido su amor platónico.

–Algo en la piscina –Eva se encogió de hombros, profundamente mosqueada porque su mágica noche se viera sustituida por una reunión de amigos.

–Se ha deshinchado el flotador –Desde arriba, Sara señaló el flotador gigante del Dunckin coffee reducido a un burruño de plástico flotando en la superficie.

–Vamos no me jodas. Tanto para que sea el dichoso… –Protestó Mike.

–No –Rebeca negó con la cabeza, visiblemente preocupada –. Un flotador no se desinfla de esa forma por accidente. Ha, literalmente, explotado.

Eva sacudió la cabeza. No estaba dispuesta a aguantar a Rebeca en otra de sus paranoias fantasías propias de alguien que abusa del género de terror desde que se vició a Netflix. Iba a soltar la mejor de las reprimendas y a proponer al que esperaba a partir de ahora fuese su chico, subir a una de las habitaciones. Pero no pudo hacer nada de eso, pues fue Rebeca quién, de nuevo, se apoderó de la conversación.

–¿Dónde está Carlos?

–¿No estaba durmiendo contigo? No me mires así… Es que ya lo daba por hecho, perdona.

–Pues no, no dormía conmigo. Dijo que iba a dar una vuelta antes de acostarse y… Eso ya ha sido hace mucho rato.

Hubo un intercambio de miradas inquietas; ya no solo Rebeca estaba preocupada. Allí no había gran cosa que hubiera podido entretener a Carlos más de lo necesario. Era, literalmente, un pueblo del interior de Navarra prácticamente desierto, incluso en verano. La casa de sus abuelos estaba rodeada de bosque y un sendero lleno de cardos y hierbajos, nada atractivo.

–¿Y si algún animal…? –Cris intervino por primera vez cuando bajó, de la mano de Sara, y se reunió con el resto.

–Improbable –sopesó Eva– Pero es factible que se haya perdido.

–¿Es que nadie sigue viendo raro lo del flotador? –Rebeca se cruzó de brazos justo antes de que algo impactase contra la piscina. Una especie de proyectil pequeñito se hundió en las aguas a gran velocidad.

–¿Qué…?

Carlos apareció de detrás de los arbustos, casi llorando de contener la risa.

–Joder, Eva, ¿desde cuándo tiene este chisme tu abuelo? ¿Es de la posguerra? –Sacudió en el aire un tirachinas que a saber de dónde habría sacado.

–Eres total y absolutamente gilipollas, Carlos –Rebeca hizo eco de los pensamientos que rodaban la cabeza de todos los allí presentes pero, que saliera de ella, era más impactante aún.

–Vamos hombre, deberíais haberos visto las caras. Os imagino contando la historia a vuestros nietos: Estaba a punto de mojar cuaaaaaaando… Se deshinchó un flotador. Hasta parece una metáfora.

–Me vuelvo a la cama –Sentenció Rebeca, visiblemente cabreada. No se había llegado a girar del todo cuando Carlos agarró su mano, la hizo virar y atrapó su labio inferior entre los suyos.

–…subnormal –Pero sonó tan dulce que nadie le dio credibilidad esta vez.

Que una chica miedosa e insegura llamase la atención del chico más gamberro e inmaduro de la Tierra, era un misterio sin resolver. Así como el motivo por el cual… puede llegar a desinflarse un flotador.

#Retodeagosto. Día 15. Piscina de jardín

Parte 1/2

Eva recordó lo muy nerviosa que estaba las horas previas al fin de semana. No solo por ser la anfitriona de las mini vacaciones más esperadas del verano en la casa rural de sus abuelos, sino porque sus mejores amigas, Sara y Rebeca, se las habían apañado para que a los planes se sumaran Cris, Carlos y el perfecto e inigualable Mike. Aquellos chicos les llevaban gustando desde que el mundo es mundo y por fin habían mostrado un mínimo interés en ellas. Esa era, quizá, razón suficiente para que el corazón se quisiera salir del pecho y notase el pulso carotideo, poplíteo, pedio, radial –y cuantos pulsos recordó de su clase de enfermería— más animados que la música de un After de Chueca.

<<Ah, pero eso era nerviosismo para principiantes>> pensó mientras se recogía un mechón de pelo para volver a colocarlo detrás de la oreja, con aire tímido y resuelto.

Era increíble que ya hubiera pasado casi el ecuador del fin de semana. Atrás habían quedado abrazos, risas, tonteos varios… Pero era la primera vez que estaba a solas con Miguel, mientras todos los demás dormían. Sentada en el borde de la piscina del jardín, con sus pies dibujando círculos dentro del agua, se preguntó qué estaría pensando él, con la vista completamente fija en el fondo de la piscina. Se imaginó protagonista de sus pensamientos, y la temperatura subió dos, quizá tres grados, dentro de ella.

<<Por favor, que ya no somos tan pequeños como para estar sintiendo esta orgía de mariposas en la boca del estómago, Evita>> Se repitió a sí misma tratando de racionalizar sus emociones

–¿Quieres tomar algo? –propuso. Quizá el alcohol animase la conversación.

–¿Queda Radler?

Eva asintió, decepcionada. Por alguna razón, esperaba que la respuesta a su pregunta fuera un pasional: “Te quiero tomar a ti.” Pero, sin darle más importancia, se dirigió a la nevera convencional estándar – Azul y blanca, típica de playa, existente desde el primer día de creación divina– y sacó dos cervezas.

–Atrápala –Lanzó la lata hacia atrás, donde estimaba estaría su amigo. Pero un sonido metálico rebotando en el bordillo la hizo girarse, preocupada –Mira que eres tor…

De repente sintió dos manos enroscarse en su cintura y cómo se escapaba una de las pervertidas y jocosas mariposas de su estómago, para posarse y aletear en su cuello. Qué labios tan suaves…

Eva se giró tan rápido como pudo y besó sus labios, dejando caer al suelo la segunda cerveza.

La piscina del jardín fue el único testigo y escenario de aquel esperado encuentro de dos.

 

 

#RetodeAgosto Día 14, Tren de Domingo.

Último tren

Todos los domingos desde hace tres años cojo el mismo tren, me siento en el mismo asiento y observo a los mismos pasajeros. Diría que, además, todos los domingos contemplo el mismo paisaje, pero eso no sería cierto, el paisaje no es siempre el mismo, cambia de semana en semana, con el paso del tiempo y de las estaciones, lo que veo al otro lado del cristal no es siempre lo mismo. A veces el cielo es de un azul tan prístino y puro que parece artificial, otras veces es negro y está cubierto de espesas nubes que hacen que en mi corazón se instale la pena y en ocasiones, solo en ocasiones, no veo el cielo porque duermo.

Pero hoy es un domingo especial, es un domingo distinto, no es un domingo como otro cualquiera porque este domingo es el último en el que cojo el tren. Esta vez, al montar y ocupar mi asiento, he sonreído pensando que ya nunca más tendré que volver a coger este maldito cacharro y que nunca más volveré a contemplar los parajes que se suceden como borrones de tinta tras los cristales. Tras tres años, por fin todo va a terminar. ¿Queréis conoces mi historia? Pues entonces acompañadme en este último trayecto en tren.

Mi nombre es Juliet, sin una a al final como todo el mundo piensa. El nombre me lo puso mi padre después de que mi madre muriera tras darme a luz, nunca supe por qué eligió ese nombre porque nunca se lo pregunté. Mi padre es un hombre especial, no hablamos mucho, en estos tres años, por ejemplo, nos habremos visto solo cuatro o cinco veces, y apenas hemos hablado por teléfono, pero no se lo tengo en cuenta, sé que para él soy una decepción, pero él para mí tampoco es un gran hombre, así que supongo que estamos en paz.

Como iba diciendo, mi nombre es Juliet –recordad, sin una a al final- y todos los domingos cojo el mismo tren pero…¿a dónde? Os estaréis preguntando. La respuesta es sencilla, todos los domingos cojo el tren que me lleva desde la ciudad al campo, a un lugar de descanso y retiro llamado “El prado verde” porque está situado en medio de un enorme prado verde. Como veis, en “El prado verde” no son muy originales poniendo nombres.

“El prado verde” es un lugar de descanso para gente con problemas y gente problemática, como yo. Ya en la adolescencia mi padre empezó a ver que algo no iba bien en mí, pero no fue hasta que no llegó Megan, su flamante esposa, que no se le ocurrió pensar que yo no era más que un problema, y entonces me mandaron a “El prado verde”. En estos tres años he superado mi problema de adicción a las drogas, mis trastornos alimenticios y una depresión que hizo que estuviera a punto de suicidarme.

Han sido tres duros años en los que la rutina a la que me he visto sometida ha sido muy intensa, pero ahora  por fin todo ha terminado. Ahora que cojo el tren de domingo por última vez pienso que voy a echar de menos “El prado verde”, pero también pienso que, por primera vez en mucho tiempo, voy a poder coger un tren que me lleve a otro lugar distinto como, por ejemplo, el mar. Mi nuevo tren de domingo me llevará al mar porque, quizá, mi vida está programada para coger un tren cada domingo y así evitar romperme en pedazos.

MK!