#Retodeagosto Día 9. Farolillos chinos 2. (Por Jorge Pospisil)

-¡Café con leche por aquí!

-¡Que sean dos!

-Un segundo, esta señora va primero.

-Vale, vale. Pero luego los dos con leche por aquí cuando puedas.

Y así todos los días, de lunes a viernes. Un trajín de cafés, infusiones, raciones de tortilla de patata, chocolates, churros, chocolate con churros y montaditos de jamón que llenaban los armaritos de la barra de madera de pino pulida. Los taburetes, hechos de roble, tenían los asientos ya gastados del uso. Habían soportado el peso de miles de historias, algunas tristes, otras alegres y algunas hasta dignas de ser contadas.

La música suena de fondo. Por las mañana siempre suena Serrat, aunque cuesta oírle con el acompañamiento que suele llevar. Una banda de vasos y platos que chocan entre sí acompañados del silbo de los barriles de cerveza al acabarse y de las botellas de vino al descorcharse. Por las tardes suenan Los Suaves, estos ya con más calma y sin tanto ruido con el único coro de los amigos que beben cervezas y que brindan por ellos mismos y, cuando algún pícaro aparece, por las camareras.

Cristina y Paula se enfrentan a las siempre puntuales hordas ansiosas del café de las mañanas. La estrategia lo es todo, es una guerra en la que todo vale, menos colarse. Muy temprano por la mañana preparan el campo de batalla en el que se convertirá la barra conforme pasan las horas. Colocan a la fiel infantería formada por los pequeños platos del café en formación perfecta, cada uno de ellos armado con su sobre de azúcar y su cucharilla plateada de aluminio barato que se calienta cuando alguno intenta el truco de doblar la cuchara con la mente y que, como siempre, nunca sale. No todos somos Geller. Los cañones que escupen cerveza están preparados y cargados y las torres que forman los armarios acristalados ya tienen la guarnición de tortillas, sándwiches y montaditos preparadas para el combate. El campo está listo, la barra preparada. Una vez más a la brecha, amigas mías, una vez más.

Cada uno viene a su hora, cuando puede o cuando quiere. Los funcionarios vienen a primera hora, y a segunda, y a tercera. Se quejan de la vida en general y del trabajo en particular. Su jefe de sección es un incompetente por mandarles tanto trabajo, sus subordinados son unos incompetentes porque no hacen lo que se les pide, el concejal es un prepotente porque se cree que está por encima y el alcalde es el peor por creerse que está por encima de mí, el concejal. El de urbanismo siempre se lleva la peor parte, nadie sabe por qué. En lo más acre y duro de sus quejas aparecen los policías, testigos de los horrores y virtudes de una ciudad vibrante que tiene sus claros y oscuros. Paran a tomar café, todos menos Francisco que prefiere una Fanta, que no duerme por las noches sino. Bueno, ayuda el haber estado los últimos ocho años en homicidios y su carácter depresivo. Caspe es el más joven, el novato, el más alegre y el que se pide el americano y pincho de tortilla siempre que va. Paula ya lo tiene fichado y le sirve siempre una sonrisa de guarnición.

Marchan los funcionarios y aparecen Miguel, Carlos y Pedro. Llevan la guerrera roja, el polo blanco y el pantalón gris de la Cruz Roja. De complemento llevan un talkie enganchado a la cintura y desde el que no paran de oírse voces distorsionadas que hablan a toda velocidad. Llevan cuatro horas de servicio y ya han visto dos accidentes de tráfico y uno al que se le ha parado el corazón. Una mañana movida. A Carlos y a Pedro se les ve cansados pero lo disimulan lo mejor que pueden delante de Miguel, a quien se le ve orgulloso. Los primeros no llegan a los 20 años, acaban de entrar a las ambulancias porque era eso o irse a hacer la “mili” a Chafarinas con la legión. Miguel es el mayor de los 3: 50 años y 30 conduciendo ambulancias. Miguel, que no es tonto y nota su cansancio, les consuela diciéndoles que sí, que en la “mili” aprenden a ser hombres, pero aquí aprenderían lo que vale la vida. Los muchachos se animan con las batallitas que les cuenta Miguel, en las que hasta el incidente más trágico puede ir acompañado de una anécdota graciosa. Toman café, dos con leche y uno solo con sacarina, que a mi edad me tengo que vigilar la tensión. Una voz que sale del talkie los llama.

-Alfa nueve-doce, alfa nueve-doce de central. Prioritario. Mujer ha roto aguas, calle Canalejas de Castilla. ¿Me confirma está disponible?

-Afirmativo sierra, alfa nueve-doce disponible y de camino.

La voz al otro lado sigue hablando pero no es para ellos. Apuran el café y marchan a toda velocidad. Caspe y Francisco, que oyen la conversación, se animan y marchan con ellos.

De fondo Serrat canta al Mediterráneo y Félix, estudiante de Filosofía, debate con su compañero sobre la guerra, la paz y el mundo en general con la confianza y el conocimiento con la que habla un muchacho de 18 años que va a la universidad. Hablan de Yugoslavia, de la guerra que está en el patio trasero del continente y de los refugiados. Lo ven en las noticias y debaten sobre lo que tiene que hacer la UE, la ONU y la OTAN a la que recién nos acabamos de incorporar. Félix arregla el mundo con un café con leche, su amigo con una caña de la mano y ambos resuelven que la joven unión de países europeos frenará la guerra y aprenderemos de ello para que en el futuro evitemos el sufrimiento de las víctimas y sellan sus palabras dando un trago a sus respectivos vasos. Félix en el fondo no escucha demasiado, su mente está con Paula. La de su amigo también. La de Paula en Caspe. La de Caspe en Puig, su vecino, pero luego se da cuenta de que es imposible, del qué dirán en el cuerpo y se entristece. Mientras ellos piensan en el amor, dos comentan las olimpiadas que echan por la televisión del bar.

-Lo de encender la antorcha con una flecha ha sido increíble ¿no? –dice Jesús.

-Bah, tampoco es para tanto. Han lanzado un chorro de gas hacia arriba y cuando ha pasado la flecha se ha encendido. Eso lo podría haber hecho yo. –dice el marido de la hermana de Jesús.

-Ya, bueno. ¿Cuántas medallas crees que ganaremos? Yo creo que al menos veinte, lo de participar en casa motiva mucho.

-¿Veinte? ¡Ni de coña! No pasaremos de 4 mal contadas. Te lo digo yo que entiendo de estas cosas.

Historias así miles. María viene a última hora por no ver a su marido llegar del trabajo, Jesús pasa el divorcio de su mujer tomando café y cervezas mientras piensa qué hizo mal. Un joven aspirante a escritor debate con otro aspirante a músico sobre ir a Madrid a ver qué es lo que se cuece y, con suerte, triunfar en lo suyo.

Podría estar aquí horas contando lo que se ve ahora mismo en esta barra y las historias que se cruzan, pero no quiero aburriros. Historias hay miles y son tan efímeras como el vuelo de los farolillos chinos, que se encienden e iluminan el cielo con sus luces de diferentes colores pero que, más tarde o más temprano, se apagan y dan paso a otros. Id a una barra cualquiera, poned el oído, agudizad la vista y veréis lo mucho que llegan a brillar todas estas historias. Yo, de momento seguiré viendo la televisión, Fermín Cacho corre los 1500 metros y creo que se va a llevar el oro. No me lo pierdo por nada.

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