Libertad

Puede que hace tiempo que haya perdido la sonrisa. Puede que hace tiempo que ya nada sea igual. Pero todo en esta vida suma y lo que no te mata te hace más fuerte. Y yo me siento invencible.

Dicen que después de la tormenta siempre llega la calma, pero cuando vives en el ojo del huracán nada se ve tan claro. Cuando estás inmerso en una vorágine de locura, de desquiciamiento, cuando no sabes lo que es arriba y abajo, cuando no distingues norte y sur, todo parece dar igual.

Que si tengo el corazón de piedra no es porque yo lo quiera, es porque el mundo me ha obligado. Pero eh, que tener el corazón tocado por Medusa no es tan malo, ahora ve el mundo de otra manera.

El cielo es más azul y el sol calienta más, cuando sonrío es porque quiero hacerlo de verdad y la lluvia me refresca, no me envenena. Incluso la luna, cuando brilla llena, es más hermosa.

Y que si ser de piedra significa ser libre, no me importa no volver a sentir.

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#RETOCITAURA y #DearDiary

¡Hola, hola! En primer lugar, quería pediros perdón por la tardanza, este ha sido un mes un poco de locura y por eso el retraso.

Bueno, hechas las disculpas, tanto Sara (de letras en el aire) como yo queremos comunicaros unos pequeños cambios en la iniciativa que creo que servirán para mejorarla y para que todos estemos más a gusto: resulta que este año está siendo un poco complicado para las dos, por eso coordinar los dos retos a veces se nos hace cuesta arriba, así que hemos pensado en la siguiente solución: ir alternando los retos y hacer uno cada mes. En el mes de mayo tendríais que mandar Querido Diario, en junio Citaura, en julio querido diario de nuevo….y así sucesivamente.

Como en los demás meses, podéis participar en uno o en los dos retos siempre que queráis.

Y ahora sí que sí, sin más dilación, comencemos con la recopilación del #RETOCITAURA de este mes. Os recuerdo que la cita era: “Ella es la muerte o la vida, la destrucción o la resurrección, el orden o el caos. Todo depende de cómo se mire.” (Bautismo de fuego).

En primer lugar, mi propuesta es la siguiente:

TINIEBLAS

Dentro de su pequeña cabeza la niebla lo envuelve todo, sus pensamientos, sus ideas, sus sentimientos y sus propias brumas. Acurrucada en el infecto suelo de una cloaca la niña solloza porque la niebla le aterra, pero su lamento queda ahogado por el goteo incesante del agua y por el susurrar de los animales que, ciegos, corren en la oscuridad.

Un fuerte golpe hace que la niebla comience a disiparse y que la niña levante la cabeza. Una luz fosforescente la ciega unos segundos y ella se cubre los ojos con el brazo, pero un nuevo golpe hace que se ponga en pie; su vestido, mugriento y desgastado por el paso del tiempo, demasiado grande para ella, ondea tras ella como una bruma fantasmal.

La locura de los ojos de la niña se va disipando para dar paso a algo más aterrador, algo mucho más violento y desquiciado, algo demasiado grande para el pequeño cuerpo de la niña.

Los ruidos producidos por el golpe se mantienen en el aire, vibrando como viejas campanas, pero ella avanza flotando por la inmundicia como un ser espectral hasta que, por fin, se encuentra con una aberración tan antigua como el propio mundo, quizá una de las últimas supervivientes. Pero ella no lo teme porque sabe que su poder es mayor.

—No te tengo miedo —dice con un susurro. La aberración responde con un siseo que se corta cuando la niña avanza hacia él.

¿Quién eres tú? Se oye en la mente de la niña, que esboza una macabra sonrisa mientras avanza hacia la aberración. Con cada paso que da todo lo que la rodea se convierte en la sombra más oscura y terrible. ¿Quién eres tú? repite, aterrada, la aberración.

—Yo soy la vida —la dulce voz de la niña suena cavernosa y antigua, ancestral, poderosa, terrible y grandiosa a la vez—. Yo soy la muerte, la destrucción o la resurrección, el orden o el caos…todo depende de cómo se mire. —Sus últimas palabras quedan ahogadas por el grito de terror de la aberración, que cae al suelo inerte, con sus múltiples ojos abiertos y mirando a la nada…

Agotada, la niña cae al suelo y se arrastra lastimeramente hacia el ser, se abraza a una de sus rugosas patas y llora amargamente dejando que la bruma vuelva a envolver su mente.

 

El siguiente relato se titula “La Madriguera” de Irene (podéis visitar su blog

LA MADRIGUERA

Se sentía como Alicia cayendo por la madriguera del conejo. Era un descenso lento y largo, casi cómodo, durante el cual podía hacer toda clase de cosas. Contemplaba el mundo pasar a su alrededor como si fuera una película. Una sucesión de imágenes que a veces no tenían mucho sentido, pero aun así era hermosa, como solo puede serlo un misterio encantador.

A menudo se entretenía tanto que por un momento olvidaba su situación, pero había ocasiones en las que afloraba en ella la desesperación y trataba de hallar en vano un asidero mientras el aire parecía negarse a llenar sus pulmones y sentía que empequeñecía. Sin embargo, por alguna razón inexplicable, aquella ansiedad se detenía, aunque unas veces durara más tiempo que otras.

Al final solo le quedaba una verdad imperturbable: hiciera lo que hiciera, terminaría tocando el fondo.

Claudia, del blog sentimiento y juego nos envía este microrrelato:

¿Y ahora qué?
Cuando cumplí treinta años comencé a entender un poco mejor de qué se trata el tiempo o debería decir, su opresivo paso. ¿Qué ocurre cuando no tienes ‘una carrera‘?, sí, esa cosa con la cual todo ser humano actual se debería sentir ultra realizado. Sólo veo relojes avanzando y escucho un sin fin de preguntas, por eso me he aislado a nivel social, para no enfrentar esa disección que quieren hacer de mi persona. Cada día que pasa voy perdiendo más la confianza en quienes se supone aún son cercanos en mi vida, es una profunda vergüenza la que siento ante ellos, mi fracaso como mujer ‘moderna’ es demasiado fuerte, no soy capaz de mirarlos a los ojos.
He leído sobre grupos de personas para las cuales el tiempo, tal y como lo concebimos nosotros, no existe, a lo mucho prestan atención al día y a la noche. Los más arraigados a la civilización pueden concebir la ausencia del reloj como un acto de barbarie, pero tal vez destruir las horas, los minutos y los segundos sea lo más sabio o lo más revolucionario (o ambos a la vez) que se puede hacer.
(Un golpe … segundo golpe … tercer golpe, silencio)
Luego del ruido sólo pude ver los trozos de vidrio dispersados en el suelo, tanto la aguja que marcaba los minutos como la que indicaba los segundos se hallaban desprendidas. Sentí un dolor en el pecho, como si hubiese dañado a un ser vivo en lugar de a un objeto.
El silencio decretó de que en esta habitación el tiempo ha dejado de existir. Sentada en un rincón, con la espalda apoyada contra la pared hago lo único que sé hacer,  escribo:  ¿Y ahora qué?
Eréndida, que ya ha participado otros meses y cuyo blog podéis visitar aquí, nos envía este maravilloso relato:
ELLA
Su perfecta sonrisa se enanchó, mostrándome sus hermosos dientes color perla. No eran blancos y relucientes como los de los comerciales de cremas dentales, pero su sonrisa era mucho más radiante que todas las sonrisas del mundo.
 
—Bien —dijo quitando algunas lágrimas que la risa le arrancó—, debo irme, aunque en serio me encantaría quedarme mucho más. —terminó haciendo un puchero que me encantaba.
 
—Vuelve pronto —pedí sonriendo, moviendo mi mano en señal de despedida.
 
—Tanto como pueda —aseguró caminando en reversa—. Ouch —se quejó llevando su mano a la parte trasera de su rodilla, por ir caminando de espaldas no se percató que había una jardinera en la que terminó sentada cuando chocó con ella.
 
—¿Estás bien? —pregunté y ella sonrió, sacudiendo su trasero lleno de hierbajos después de levantarse.
 
—Sí —dijo—, esto es, ya sabes, normal —y agachó la mirada ocultándome su sonrisa nerviosa, otra parte de ella que adoraba, aunque para ser completamente honesto de ella me encantaba absolutamente todo—. Nos vemos —dijo y caminó, tropezando con un bordito que le hizo dar un par de descoordinados brinquitos para poder recuperar el equilibrio.
 
Se quedó de pie, volviendo la mirada a mi dirección. Dije adiós con mi mano, de nuevo, y sonriendo hizo lo mismo, entonces volvió la vista al frente negando con la cabeza, y siguió su camino.
 
Aunque muchos pensarían que era torpe y descuidada, para mí ella era la perfección andando, era despistada e impulsiva, la combinación perfecta para ser una linda zona de accidentes, una divertida zona de accidentes que quería siempre proteger y cuidar.
 
Ella es la muerte o la vida, la destrucción o la resurrección, el orden o el caos. Todo depende de cómo se mire. Y yo la miraba con los ojos del amor, por eso era perfecta, llena de vida, capaz de despertar hasta los sentimientos declarados muertos, y un perfecto caos que siempre amaría.
Y ahora, después de #Citaura, toca #DearDiary:
Carla nos envía su relato titulado “A mitad de camino” y que además podéis leer aquí
Querido diario:
Están pasando cosas muy extrañas. Desde ayer todo tiene una atmósfera como paranormal. A ver si me explico:
Anoche me senté a cenar a la mesa junto con mi esposa y mis hijos. Para mi sorpresa, no me pusieron ningún plato, pero no tenía hambre así que no rechisté. Todos estaban cabizbajos, por lo que les conté un chiste, pero no les hizo ni pizca de gracia, ninguno dijo nada, ni me miraron siquiera. La cena fue la más silenciosa que había presenciado nunca.
Me fui a leer a mi despacho y como todas las noches, cuando terminé, me acosté en la cama y abracé a mi mujer. Ella estaba tan caliente que no pude evitar tocarle la frente, estaba ardiendo, pero a causa de mi abrazo le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, e incluso se acomodó bajo las sábanas inconscientemente. Decidí dejarla tranquila porque, ya sabes cómo es ella, no hay cosa que le enfade más que la despierten.
Lo peor fue por la mañana. Mi despertador no había sonado y cuando abrí los ojos eran las 10 de la mañana. Llegaba tarde al trabajo y supuse que ella había llevado los niños al colegio. Me desperecé y fui al baño. Entonces me miré en el espejo y no vi nada. El espejo no me devolvía mi reflejo. Cogí un cepillo de dientes y lo levanté, y para mi asombro, el cepillo se reflejaba y parecía que estaba volando. Me toqué la cara y estaba allí, era real. Cogí el espejo y miré por detrás pero no encontré nada extraño. Estuve un rato enseñándole objetos y todos aparecían en el otro lado, a excepción de mí.
Rápidamente cogí el teléfono y llamé a mi esposa. Ella respondió con un “dígame y le contesté con un “¡cariño! Soy yo, ¿me oyes?. Al otro lado no se escuchaba su voz, hasta que, al cabo de unos segundos, me respondió: “¿hola?. “Hola” le dije. Y colgó.
¿Qué estaba pasando? ¿Acaso no me oía? ¿Por qué no me reflejaba en el espejo? ¿Por qué todo el mundo me ignoraba?
He encontrado la respuesta.
Estoy muerto.
No recuerdo cómo pasó, ni cuándo, ni por qué. Ahora lo importante es averiguar qué tengo que hacer y cómo paso al otro lado. Porque dicen que hay otro lado ¿verdad? ¿Dónde busco la salida? ¿A quién le pregunto qué debo hacer? En la biblioteca no hay ningún libro que explique qué hacer después de la muerte, ni ningún teléfono al que llamar en caso de pérdida entre el aquí y el más allá. No quiero quedarme en este sitio para siempre.
Si alguien encuentra el diario y lee estas lineas. Por favor. ¡AYÚDAME!
Roxana nos envía “Reflejos”, espero que os guste tanto como a mí:
Querido diario:
Hoy tampoco he logrado reconocer al tipo que está en el espejo. Se supone que soy yo ¿Quién más podría ser si estoy en una habitación vacía? Aun así, no puedo verme como esa persona. Es una estupidez ¡no reconocerse a sí mismo debe ser la confirmación de mi locura!
He decidido dejar de ver al loquero. Al final, no me ha ayudado en nada, para él, todo es normal por mi condición ¿Cuál es mi condición? No hace nada, nada. Hablo y hablo y hablo y no tengo una solución a nada. Tampoco ha querido recomendarme un psiquiatra, dice que la medicación no solucionará nada. Y si él tampoco va a solucionar nada, no lo necesito. Estoy escribiendo esto ahora mismo y es tan sólo como si fuera un ente que ve todo desde afuera. Si no lo estuviera haciendo ahora mismo, estaría dudando de que he escrito esto. Aun cuando veo las páginas anteriores, no parece mi letra. No parezco yo ¡y es tonto porque soy yo!
Estoy roto. Estoy destrozado.
Me miró la mano, está ahí, al final de mi brazo y sin embargo…
Llamé al sujeto de la corbata. Es extranjero, un lutier. Le pedí que llevará una de sus guitarras, quiero que conozca un lugar, un lugar que es especial para mí: detrás de la fábrica de cerámicos. Es un sitio común, corriente, pero bajo las papayas, se puede ver el cerro y el horizonte. He descubierto que es el único lugar donde formo parte de la realidad, donde me vuelvo un actor, cuando mi cuerpo va de la mano con mi mente y mis sentidos. Él ha dicho que tocará algo para mí y quiero estar en todos mis sentidos, aun si no puedo hacerlo el resto del tiempo, esa conexión sucederá. De alguna manera, por todos los cielos… espero suceda…
Y hasta aquí la recopilación de relato del mes. Os recuerdo que el mes que viene solo será de #DearDiary.
Muchas gracias por participar a todas 🙂
MK!
 

Sangre

Había llovido durante toda la noche en el campamento Longnight, pero para los niños aquello había sido una gran experiencia y ahora, con las primeras luces del alba, el miedo que habían pasado empezaba a desaparecer para dejar paso a la euforia y a las anécdotas.

La primera cremallera que se abre es la de la tienda que comparten Morgan, Zachary, Joshua y Ryan, los más mayores del campamento y que cuentan con catorce primaveras. Ryan, el más bravucón de todos, anuncia a los cuatro vientos que va a hacer pis, como si fuera algo que todos los acampados debieran saber. Desde la tienda de al lado, la que comparten Lisa, Allison y Julia, se oye un “qué vulgar”, aunque no se distingue quien ha pronunciado las palabras mágicas que hace que entre los chicos comience un festival de eructos y de pronunciar obscenidades hasta que una de las monitoras acude a poner orden.

Mientras desayunan en el pequeño comedor del interior del bungaló de madera que sirve de oficina, sala de reunión de los monitores y habitación, comienza a llover de nuevo, pero esta vez de manera suave e intermitente. Huele a hierba mojada, a limpieza y a algo que aquellos niños de ciudad que nunca antes habían pisado el campo no saben distinguir. Los cuatro monitores, que observan atentos a aquellos niños, hablan en susurros sobre las actividades que pueden hacer durante el día, ya que ir de excursión a los lagos, como tenía previsto, no es factible.

—¡Ojalá estos niños fueran como los del mes pasado! —Exclama Bonita, la más veterana de los monitores mientras niega con la cabeza. —Con ellos podríamos haber ido al fin del mundo aunque estuviese cayendo el diluvio universal, pero con estos niños nos arriesgamos a una denuncia si pillan un simple resfriado. —Los demás monitores asienten, compungidos. El campamento ya no es lo que era, piensan todos.

Joshua comienza una guerra de comida cuando decide tirar las migas de una magdalena sobre el pelo de las chicas, que comienzan a chillar con voces estridentes, de estas que se te meten tan dentro que parece que te van a estallar los tímpanos. Bonita se estremece en un gesto de crispación y respira hondo mientras cuenta hasta diez, recordándose a sí misma que si quieren mantener el campamento abierto necesitan las matrículas desorbitadas que pagan los padres de aquellos niños maleducados y gritones.

—¡Ya está bien! Joshua, estate quieto, dejad de tirar la comida —Bonita apenas ha alzado la voz, pero ha sonado tan autoritaria que enseguida todos se quedan quietos. El pequeño comedor está hecho un desastre, Joshua, que se ha subido sobre la mesa, ha pisado los desayunos a medio comer de sus compañeros, las chicas, en un intento de huir de la lluvia de migas de magdalena, se han puesto en pie y alguna, probablemente Allison, que es la más torpe, ha tirado el mantel, por lo que el suelo está lleno de leche entremezclada con el zumo, las migas y el barro que han arrastrado al no limpiarse los pies en el felpudo de la entrada. Los demás niños, que ríen ante el espectáculo, callan sus risas y agachan la cabeza, sabiéndose cómplices de aquel espectáculo. —Como hoy no vamos a poder ir de excursión, que es lo que habíamos planeado, vais a limpiar todo el comedor —dice, amenazadora, la monitora. Desde atrás, con los brazos cruzados, los otros tres asienten muy serios. Ni siquiera ellos se atreven a desautorizarla. Los niños se quedan quietos, muy quietos. Seguro que ni saben lo que es una fregona, piensa Bonita mientras los desafía con la mirada a que se quejen. Ninguno lo hace. —Vamos, ¿a qué estáis esperando? Empezad ya —ordena.

Los niños comienzan a limpiar aquel desastre con gesto de asco. Lisa coge el envoltorio de una magdalena con dos dedos y lo lleva a la bolsa de basura alejándolo de su cuerpo como si fuera un residuo tóxico. Cuando por fin lo deja caer en el interior de la bolsa, se estremece y respira aliviada, pero todavía quedan muchas magdalenas más que recoger. A sus compañeros no les va mejor. Zachary ha volcado el cubo con agua de la fregona y entonces Lori, una niña de apenas siete años que regresaba de fregar los platos, se ha resbalado y ha caído al suelo. Lori comienza a llorar y, asustados, los monitores se acercan a ella. Mark, que además de monitor es médico, confirma que el brazo derecho de la niña se ha roto, por lo que tendrán que ir a urgencias para que se lo escayolen. Al oír que va a tener que llevar una escayola el resto del verano, la niña comienza a llorar con más fuerza, pero Mark la calma con palabras bonitas y la promesa de unas chucherías a la vuelta.

—Me la llevo al hospital, voy a llamar a sus padres —dice mientras coloca a la niña en el asiento trasero de su coche y le pone el cinto de seguridad. Desde la puerta les observa un niño pecoso, Adam, que es el hermano de Lori. —Adam, ¿quieres venir con nosotros? —Pregunta Mark, enseguida el niño asiente y corre hace ellos, preocupado por su hermana mayor.

 

—Mark sigue sin contestar —Bonita parece preocupada. Ya ha anochecido y no han tenido señales del monitor y los niños en todo el día.

—No te preocupes, si hubiese pasado algo ya nos hubiésemos enterado. A lo mejor se ha quedado sin batería. Vamos a reunir a los niños, es hora de que se vayan a dormir.

Los niños parecen intranquilos, una densa niebla ha envuelto el campamento en una especie de manto macabro que no les gusta y aunque todos tienen miedo, solo los más pequeños se atreven a expresarlo, pero en voz baja y por las espaldas, para que los mayores no se rían de ellos. Después de un último juego, los niños se van a dormir.

 

—Eh, Lisa, somos nosotros, ¿podemos entrar? —Un susurro al otro lado de la cremallera que cierra la tienda sobresalta a las chicas. Lisa cree reconocer la voz de Morgan. Las chicas se miran y Julia, la más decidida, asiente mientras les abre y les deja pasar. La tienda es pequeña y se tienen que apretujar para poder estar los siete. Alguien propone jugar a las cartas, pero la idea enseguida es desechada, para hacerlo deberían encender una linterna y la luz alertaría a los monitores, por lo que comienzan a hablar en susurros.

—¿Sabéis que hay una leyenda en torno a este lugar? —Pregunta Joshua sacando pecho. Los demás le miran sorprendidos. —Lo busqué en internet antes de venir. ¿Queréis que os la cuente? —Las chicas dicen que no, tienen miedo, pero alentado por sus amigos, Joshua cuenta la historia del campamento Longnight.- Cuentan que hacen muchos años, cuando nuestros padres tenían más o menos nuestra edad, crearon este campamento para los niños del pueblo y sus alrededores. Había tanta gente que quería venir que hacían actividades durante todo el verano e incuso en invierno, pero entonces, un año, ocurrió una desgracia terrible. Uno de los monitores se emborrachó una noche y mató a sus compañeros degollándolos con una botella rota para, después, hacer lo mismo con los acampados. Entró en una tienda, y mató a sus ocupantes, pero entonces un niño que había salido a hacer pis en mitad de la noche, le vio y comenzó a gritar, despertando a todos sus compañeros que, asustados, salieron de la tienda. Al ver lo que había pasado, el monitor corrió detrás del niño, pero los demás se pusieron en su camino y, tirándole piedras y golpeándole con palos, lo mataron. Ahora dicen que su espíritu sigue vagando por aquí, sediento de sangre —la última palabra, sangre, flota en el aire durante unos segundos, como una premonición de lo que se les viene encima. Allison, que aprieta la mano de Julia con fuerza mientras deja escapar un grito ahogado, pero entonces Joshua rompe a reír —. No me digas que te lo has creído.

—Idiota, no me gustan las historias de miedo —lloriquea la chica. Lisa, enfadada, le reprende por su comportamiento y decide dar por finalizada la conversación, echándolos de la tienda. Ellos se despiden y salen uno a uno de aquella tertulia improvisada.

La niebla se hace cada vez más y más densa. Los picos de las tiendas de campaña parecen cimas de montañas tan altas que ni la nieve quiere posarse sobre ellas. Hace frío, demasiado frío para época en la que están. Los niños se juntan, de manera inconsciente, unos a otro, se arropan con sus sacos de dormir – de última tecnología, eso sí- y duermen tranquilamente.

En una tienda, una cremallera comienza a bajarse lentamente. Muy lentamente, tanto que su movimiento apenas se percibe con la oscuridad. No hace ruido. Un niño se remueve en sueños y otro deja escapar palabras incomprensibles de su boca infantil, quizá está soñando con caramelos o, más posiblemente, con el videojuego que le espera en casa a su regreso. Pero ese niño no va a regresar. Ni él, ni ninguno de los demás.

La cremallera ha llegado al final, y entonces un destello verdoso ilumina la tienda que, de pronto, se llena de sangre. Nadie grita, nadie llora. No les ha dado tiempo. A la mañana siguiente, cuando Mark regresa con Lori y Adam, no encuentran a nadie. Les sorprende, ya deberían estar desayunando. Mark pide a los niños que no salgan del coche y él baja a ver lo que pasa. Sobre sus camas dentro del bungaló, Bonita, Josh y Jordana yacen inertes sobre sábanas teñidas de rojo. Mark se queda paralizado. Ha visto a mucha gente morir, mucha gente ha muerto en sus manos, no en vano es médico, pero nunca antes había visto tanta crueldad. Se le revuelve el estómago y sale fuera del bungaló para vomitar. Llama a los niños. Ninguno responde. Un escalofrío recorre su espalda y corre hacia el coche. Lori se ha dormido sobre el hombro de Adam, que se mira las manos sin levantar la vista. Mark entra en el coche, sonríe y arranca, deben huir.

Nunca descubrieron al autor de tan terrible matanza.

 

MK!

#RetodeAgosto Día 14, Tren de Domingo.

Último tren

Todos los domingos desde hace tres años cojo el mismo tren, me siento en el mismo asiento y observo a los mismos pasajeros. Diría que, además, todos los domingos contemplo el mismo paisaje, pero eso no sería cierto, el paisaje no es siempre el mismo, cambia de semana en semana, con el paso del tiempo y de las estaciones, lo que veo al otro lado del cristal no es siempre lo mismo. A veces el cielo es de un azul tan prístino y puro que parece artificial, otras veces es negro y está cubierto de espesas nubes que hacen que en mi corazón se instale la pena y en ocasiones, solo en ocasiones, no veo el cielo porque duermo.

Pero hoy es un domingo especial, es un domingo distinto, no es un domingo como otro cualquiera porque este domingo es el último en el que cojo el tren. Esta vez, al montar y ocupar mi asiento, he sonreído pensando que ya nunca más tendré que volver a coger este maldito cacharro y que nunca más volveré a contemplar los parajes que se suceden como borrones de tinta tras los cristales. Tras tres años, por fin todo va a terminar. ¿Queréis conoces mi historia? Pues entonces acompañadme en este último trayecto en tren.

Mi nombre es Juliet, sin una a al final como todo el mundo piensa. El nombre me lo puso mi padre después de que mi madre muriera tras darme a luz, nunca supe por qué eligió ese nombre porque nunca se lo pregunté. Mi padre es un hombre especial, no hablamos mucho, en estos tres años, por ejemplo, nos habremos visto solo cuatro o cinco veces, y apenas hemos hablado por teléfono, pero no se lo tengo en cuenta, sé que para él soy una decepción, pero él para mí tampoco es un gran hombre, así que supongo que estamos en paz.

Como iba diciendo, mi nombre es Juliet –recordad, sin una a al final- y todos los domingos cojo el mismo tren pero…¿a dónde? Os estaréis preguntando. La respuesta es sencilla, todos los domingos cojo el tren que me lleva desde la ciudad al campo, a un lugar de descanso y retiro llamado “El prado verde” porque está situado en medio de un enorme prado verde. Como veis, en “El prado verde” no son muy originales poniendo nombres.

“El prado verde” es un lugar de descanso para gente con problemas y gente problemática, como yo. Ya en la adolescencia mi padre empezó a ver que algo no iba bien en mí, pero no fue hasta que no llegó Megan, su flamante esposa, que no se le ocurrió pensar que yo no era más que un problema, y entonces me mandaron a “El prado verde”. En estos tres años he superado mi problema de adicción a las drogas, mis trastornos alimenticios y una depresión que hizo que estuviera a punto de suicidarme.

Han sido tres duros años en los que la rutina a la que me he visto sometida ha sido muy intensa, pero ahora  por fin todo ha terminado. Ahora que cojo el tren de domingo por última vez pienso que voy a echar de menos “El prado verde”, pero también pienso que, por primera vez en mucho tiempo, voy a poder coger un tren que me lleve a otro lugar distinto como, por ejemplo, el mar. Mi nuevo tren de domingo me llevará al mar porque, quizá, mi vida está programada para coger un tren cada domingo y así evitar romperme en pedazos.

MK!

#RetoAgosto Día 14. Tren de domingo. (Por Mariana Pospisil)

¿Alguna vez has querido ir de viaje?

¿Alguna vez has querido dar la vuelta al mundo?

¿Alguna vez lo has hecho?

Pues Laura lo ha hecho. ¿Que quién es Laura? Pues ahora mismo lo averiguaremos.

En un pequeño pueblo, en las afueras de Valladolid, vive una niña llamada Laura. Ella está obsesionada con viajar, no piensa en otra cosa desde los seis años, que se fue con su familia a Egipto, le fascinaban tantas pirámides y el cambio que había entre un pequeño pueblo, y un enorme desierto.

Por desgracia, sus padres odian viajar, en las vacaciones a Egipto, decidieron no ir, así que Laura tuvo que estar con sus tíos y sus primos. Laura no para de pedirles a sus padres irse de vacaciones a Canadá, Italia, Estados Unidos y a muchos sitios más, pero no le hacen caso. Un día, mientras se dirigía a la parada del bus escolar, encontró que en vez de un autobús, había un tren. No había raíles, solo una carretera. Laura se frotó los ojos, asombrada, y al abrirlos vio el tren, ahí parado, no había nadie en la acera ni en la carretera. De repente, un maquinista salió de él:

-¿Subes o no, niña?

-No lo sé, ¿este tren lleva a la escuela? -Dijo Laura sin dar crédito a lo que oía.

-Jajaja. Este tren lleva a donde quieres que te lleve. Entonces, ¿montas o no?

-Bueno… si es así, vale, me montaré.

Laura se montó en el tren y observó que era rojo y dorado, parecía uno de esos trenes antiguos, de hecho, se había fijado en la parte exterior y sí que era una locomotora, a Laura le parecía precioso. Se sentó en uno de los asientos y miró por la ventana. Veía como se alejaban tanto que el pueblo se convertía en un pequeño puntito. Laura estaba disfrutando del viaje cuando, de repente,se dio cuenta de que no iban al colegio, que se estaban alejando del pueblo ¿sería aquello un secuestro? Laura se estaba poniendo de los nervios.

-¡Maquinista!

-¿Qué sucede?

-¡A donde me lleva!-Gritaba Laura desesperada.

-Ya te lo dije, a donde quieres ir. – El maquinista le soltó una enorme sonrisa.

-Pero yo quiero ir a la escuela, si no voy, mis padres me matarán. Y encima es viernes, se van a creer que he hecho pellas porque el fin de semana está al caer y pensarán que me dan igual los estudios.

-No te preocupes, Laura. Cuando terminemos el viaje, y tu regreses a casa, podrás observar que nadie te habrá echado de menos.

-¿Como es eso posible? -Laura se estaba calmando.

-Veras… este tren te llevará a tus lugares más deseados, cumplirá tus sueños más maravillosos y, cuando termine, te llevará al momento exacto donde te recogimos. Así, nadie se dará cuenta de que te fuiste.

-Y… ¿a donde vamos ahora?

El maquinista la volvió a sonreír.

-Pues ahora tenemos que ir a Canadá.

-¡Eso es genial! ¿A qué esperamos?¡Qué ilusión!

Fue un viaje corto, no tardaron ni media hora en llegar. Allí visitaron reservas naturales, comieron helado, observaron animales que Laura nunca había visto antes y muchas cosas más.

Nunca nadie había visto a Laura tan feliz. Cuando se volvieron a meter en el tren, Laura se dio cuenta de que nadie se fijaba en el tren.

-¿Por qué nadie se fija en nosotros? Yo me daría cuenta de que hay un tren mágico en medio  de la carretera. -Laura empezó a reírse, el maquinista la devolvió la sonrisa.

-Porque, como has dicho, este tren es mágico. Nadie salvo nosotros dos puede verlo. Y  cuando salimos de él, la gente tiene la sensación de que salimos de algún supermercado o de alguna casa o algo por el estilo.

Laura miraba por la ventana del tren todos los hermosos paisajes que pasaban a toda velocidad. Pensaba en lo feliz y en lo afortunada que era al poder cumplir su sueño, pero a la vez sentía tristeza. Sabía que jamás podría volver a hacer un viaje como aquel, sus padres nunca la dejarían. Ante este pensamiento, Laura se sentía pequeña y débil, era su peor pesadilla, de repente, una lágrima rozó su mejilla sonrosada.

-¡No volveré a viajar nunca! No podré. -Se dijo para sus adentros.

El maquinista fue para consolarla:

-Si te sirve de consuelo, antes casi me tropiezo.

-¿Cómo se supone que me tiene que consolar eso?

-No se, pensé que te haría reír. Y… ¿por qué llora mi cliente?

-Porque este día es fantástico, pero temo no volver a hacerlo jamás.

-¡Qué tontería! Pues claro que no vas a  volver a hacer este viaje.

-¡No me consuela!Ya se que no lo voy a repetir, pero al menos podrías tener un poco        de compasión.

-Lo que quiero decir, es que este viaje en tren es único y mágico, pero tus sueños son      ilimitados. No dejes que nadie te diga que no puedes cumplirlos.

-Gracias, eso sí que me consuela.

-Menos mal, porque estamos apunto de llegar a nuestra próxima parada. ¡Italia!

Laura se limpió las lágrimas y la ilusión pudo con el miedo y la tristeza. Canadá, Italia, Estados Unidos, Australia… recorrieron el mundo entero. Fueron de país en país, de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, hasta que, un domingo por la mañana, llegó el momento de su última parada.

-Nunca te olvidaré, maquinista misterioso.- Dijo Laura con emoción.

-Yo tampoco te olvidaré, Laura. No olvides lo que te dije el otro día.

-¿Como que el otro día?

-Es domingo. Cómo pasa el tiempo ¿verdad?

-Entonces, es el tren de domingo, nunca sabes cuando va a parar.- Ambos empezaron      a reír.

El tren se movía.

-Creo que es hora de irse. – Dijo el maquinista.

Ya lejos, el maquinista gritó:

-Yo soy el alma del tren.

Laura comprendió entonces que el maquinista era en realidad el alma del tren, por eso no hacía falta controlarlo, y se movía solo. Laura estaba despidiéndose de él, cuando delante de ella apareció el autobús escolar. Ya se acordaba, era viernes, y tenía que ir al colegio. El conductor abrió la puerta del autobús, pero Laura se fijó en que el autobús era flotante.

-¿Subes o no,niña?

-Si, pero solo si hacemos algo mágico por el camino.

-Entonces, este es tu autobús.

Laura se montó en el bus. Preparada para vivir nuevas aventuras.

 

 

#RetoAgosto Día 11. Dormir hasta tarde (LesterRenard)

Un silencio sepulcral cubría la habitación de esquina a esquina y solo la luz de la televisión iluminaba la estancia. Tres colchones y el sofá servían de cama para todos los invitados. La fiesta no había acabado hasta las 4 de la mañana pero era el único que aún quedaba en pie. Sería como siempre el que más tarde dormiría y el que más madrugaría.

La suave brisa de la playa movía su pelo rubio engastado en su cabellera como preciosos hilos de seda. Estaba sentado, reflexionando, pensando, evadiéndose, perdiéndose. Entrando en un mundo tan grande que se sentía pequeño. A veces sentía que era una hormiga abrasada por la lupa de las circunstancias. Sus ojos verdes se vieron inundados por la impotencia y la rabia. Apretó las manos tan fuerte que se le marcaron las uñas en las palmas. Echó la cabeza hacia atrás sin darse cuenta de que se golpearía con las tablas de surf que estaban apiladas a su espalda.

Se despertó. O quizá también estaba despierto y aprovechó su torpeza como pretexto para no seguir fingiendo. Cuando se incorporó, el pelo que tenía recogido con un coletero se desprendió y cubrió su cara. Se lo apartó con la mano mientras le sonreía y lo miraba.

– Perdona, no quería despertarte. Dijo mientras se ruborizaba ligeramente.

– No te preocupes, si me he despertado no podría estar tan dormido.

Esa sonrisa que siempre tenía y que le mirara de continuo a los labios cuando hablaban le producían sentimientos encontrados. Su estómago daba un vuelco cada vez que lo hacía, pero aumentaba su impotencia de no poder ser quién realmente era y demostrárselo.

– Oye, ¿por qué no bajamos un rato y damos un paseo? No creo que haya mucha gente y así cogemos el sueño.

Su corazón se desbocó. Parecía que iba a salir disparado por la garganta y notaba una fuerte presión en el pecho.

– Cla… claro. Farfulló.- Como quieras.

Él se levantó primero. Luego le tendió la mano para ayudarle. Aún así, volvió a golpear las tablas que seguían en precario equilibrio detrás de él. Él se puso un dedo en la boca a modo de silencio mientras con la otra le agarraba fuertemente para levantarle. Esto hizo que su rubor se generalizará por todo su rostro, cosa que parecía hacerle gracia.

– Venga, vamos. Dijo con un tono cariñoso.

Al salir del portal prácticamente no podía caminar. Sus piernas temblaban y parecían carecer de fuerza mientras que él caminaba con decisión.

– ¿Dónde vamos?

Incapaz de hablar, señaló con un movimiento de cabeza la parte sur del paseo marítimo. La rosácea que padecía se volvió en su contra e instaló aquel tono rojizo en su cara posiblemente para el resto de la noche. Saberlo le ponía más nervioso, lo que agravaba el problema.

No intercambiaron ni una palabra en todo el camino.

– ¿Descansamos un poco aquí?

– Claro.

El silenció continuo aun cuando estaban en el banco. La presión por decir algo, unido a lo cerca que estaban el uno del otro le hizo temblar sobremanera. Quería echarse a llorar y liberar toda la presión que llevaba encima. Quería salir corriendo y esconderse en algún callejón. Quería desaparecer de ese momento y dejar de sentirse tan contrariado. Ensimismado en aquellas dudas, noto su fuerte mano posarse en la suya, algo que le hizo entrar en shock. No era un comportamiento típico de un chico heterosexual, por muy liberal que hubiera demostrado ser desde que lo conoció.

Él era un chico canadiense que acababa de llegar a Australia y que tuvo la suerte de conseguir un nutrido grupo de amigos en poco tiempo, entre ellos, ese chico que le daba la mano en ese instante. Ese chico que conoció gracias a su compañera de posgrado. Esa compañera con la que compartía su vida desde hacía seis años. Cuando la petrificación del shock fue remitiendo, le miró. Él le estaba mirando de aquella forma.

– Artyom, no sé cómo… – Comenzó el australiano
– No, no me digas nada. Lo siento.
– ¿Por qué me pides disculpas?
– No quiero hacerte sentir incómodo en ningún momento, esto no es necesario.
– Claro que lo es, quiero que entiendas una cosa.
– Lo sé, es imposible, lo tengo asumido.- Dijo tímidamente el canadiense, reuniendo el poco valor que podía demandar de la situación.

Un silencio incómodo volvió a apoderarse de su burbuja. Notó que la presión que ejercía con la mano iba desapareciendo, y con ella cualquier remota posibilidad que aún pudiera albergar. Pasaron segundos, quizá un minuto.

De pronto, la mano que yacía lánguida sobre la suya le apretó con fuerza y le volvió a mirar. Él aún cabizbajo intentaba contener las lágrimas que pugnaban por salir con fuerza titánica. Le dio un apretón fuerte y le miró. La duda y la culpa se veían reflejadas en aquel rostro que antes expresaba simpatía. Sacudió la cabeza y espetó:

– Mañana hablaré con Eva, voy a terminar con ella.

Le miró, sin decir nada, sin saber qué decir.

– ¿Estás bien?

Se miraron. Lentamente, la presión que ejercía sobre su mano se convirtió en una atracción hacia sí, entrelazando los dedos, juntando sus manos. El corazón de Artyom latía cada vez más fuerte y tuvo que entreabrir la boca para poder respirar. Empezaron a moverse lentamente el uno hacía el otro hasta que se besaron, lentamente, al son de la tranquilidad que les confería el suave embate de las olas en las rocas de la playa, del silencio de aquel paseo a las cinco de la mañana, incluso al son del titilar del casquillo de una farola, que lucía intermitente presagiando su futuro cambio. Nada había más que aquello.

Volviendo a casa, a dos manzanas del apartamento donde estaban durmiendo los demás, pudieron vislumbrar algo. Eran las rotativas de un coche patrulla.

Eva lo había escuchado todo, lo había visto todo. Ese segundo golpe a las tablas de surf la había despertado a ella. Ya lo intuía antes de aquella noche.

No podía soportarlo, tenía que hacer algo, no podía perderle.

Y de repente se lanzó, sintiéndose libre durante un segundo, que dio paso a otro segundo de arrepentimiento y al fin, a su muerte, empotrada contra el techo del monovolumen negro aparcado delante del apartamento y mirándoles fijamente mientras se acercaban, con una mirada vacía, pero llena de odio a la vez.

#RetoAgosto Día 11. Dormir hasta tarde. (Por Mariana Pospisil)

¡Qué tarde se me ha hecho!

Eran las doce de la noche, la luna brillaba con tal intensidad que iluminaba incluso la esquina más oscura de la casa. Los  padres de Carlos se habían ido de viaje y le tuvieron que dejar solo en casa dos  noches y dos días.

Echaban su serie preferida, quería quedarse a verla toda la noche, pero el sueño pudo con él. Se durmió en el sofa del salón, tan blandito que se le hacía imposible no dormirse ahí. A las cuatro de la mañana el despertador empezó a sonar, ¿qué hacía sonando a tales horas? Lo apagó, y se volvió a meter en la cama. No paraba de dar vueltas y vueltas, se puso la manta, se la quitó, se colocó de mil maneras diferentes pero nada, no se podía dormir. Como le era imposible dormirse, se levantó, preparó un vaso de leche caliente, y empezó a ver la televisión.

Bebió el contenido del vaso, despacio, como  si fuese té relajante en una tarde calurosa de verano, pasaba los canales que echaban en la televisión sin importarle ninguno, hasta que vio uno que pareció interesarle.

-¿Quiere dormir pero no puede?-decía el tipo del programa.- Si está viendo esto seguro que sí. Aquí le enseñamos varias cosas para que concilie el sueño sin ningún problema.

Carlos estaba asombrado, era justo lo que le pasaba, ese señor era la solución a sus problemas.

-Primero, puede intentar meterse en la cama, cerrar los ojos, y hacer uso de su imaginación pensando lo que te gustaría soñar cuando estés durmiendo plácidamente. Si eso no funciona, cuente ovejas, eso es lo que siempre hago yo.

Carlos probó lo que le dijo el tipo del anuncio. Estuvo una hora entera pensando en lo quería soñar, y media hora más contando ovejas. Al final acabó durmiéndose a las 6 de la mañana. 9 horas más tarde se despertó, se sentía descansado. Cuando quiso darse cuenta eran las tres de la tarde, había perdido toda la mañana y parte de la tarde. También se había saltado la comida más importante del día, el desayuno, se perdió las series de la mañana, hablar con el cartero, jugar con sus amigos y acariciar al perro de la vecina cuando ésta le  sacaba de paseo.

¡Cuantas cosas se había saltado! No sabía qué hacer, estaba acostumbrado a su rutina diaria y perfecta, ¡le faltaba algo!

Pasó el día como pudo, todo lo que hacía se le hacía extraño, estaba atrasado.

Cuando llegó la noche, le dieron las diez, pensó en quedarse a ver su programa pero… no quería volver a retrasarse, al fin y al cabo, era un niño y tenía que dormir sus horas y jugar sus otras. Se fue a  dormir y nada interrumpió su descanso. Al despertarse, hizo toda su rutina diaria con una sonrisa enorme.Cuando volvieron sus padres, le peguntaron:

-Y bueno Carlos, ¿a qué hora te has ido a dormir hoy? Que siempre insistes en quedarte más tiempo de lo debido, sé sincero y dime a qué horas te fuiste.

Carlos estaba un poco avergonzado.

-Veréis, la primera noche me fui muy tarde, porque quería ver mi canal de televisión, pero aprendí que tengo que dormir para que en el día tenga energías y poder aprovechar la mañana y la tarde sin ningún problema, por eso, la segunda noche, me dormí temprano, y me lo pasé genial todo el día siguiente ¡No volveré a dormir hasta tarde ni a quedarme despierto más de lo debido!

#Retodeagosto Día 9. Farolillos chinos 2. (Por Jorge Pospisil)

-¡Café con leche por aquí!

-¡Que sean dos!

-Un segundo, esta señora va primero.

-Vale, vale. Pero luego los dos con leche por aquí cuando puedas.

Y así todos los días, de lunes a viernes. Un trajín de cafés, infusiones, raciones de tortilla de patata, chocolates, churros, chocolate con churros y montaditos de jamón que llenaban los armaritos de la barra de madera de pino pulida. Los taburetes, hechos de roble, tenían los asientos ya gastados del uso. Habían soportado el peso de miles de historias, algunas tristes, otras alegres y algunas hasta dignas de ser contadas.

La música suena de fondo. Por las mañana siempre suena Serrat, aunque cuesta oírle con el acompañamiento que suele llevar. Una banda de vasos y platos que chocan entre sí acompañados del silbo de los barriles de cerveza al acabarse y de las botellas de vino al descorcharse. Por las tardes suenan Los Suaves, estos ya con más calma y sin tanto ruido con el único coro de los amigos que beben cervezas y que brindan por ellos mismos y, cuando algún pícaro aparece, por las camareras.

Cristina y Paula se enfrentan a las siempre puntuales hordas ansiosas del café de las mañanas. La estrategia lo es todo, es una guerra en la que todo vale, menos colarse. Muy temprano por la mañana preparan el campo de batalla en el que se convertirá la barra conforme pasan las horas. Colocan a la fiel infantería formada por los pequeños platos del café en formación perfecta, cada uno de ellos armado con su sobre de azúcar y su cucharilla plateada de aluminio barato que se calienta cuando alguno intenta el truco de doblar la cuchara con la mente y que, como siempre, nunca sale. No todos somos Geller. Los cañones que escupen cerveza están preparados y cargados y las torres que forman los armarios acristalados ya tienen la guarnición de tortillas, sándwiches y montaditos preparadas para el combate. El campo está listo, la barra preparada. Una vez más a la brecha, amigas mías, una vez más.

Cada uno viene a su hora, cuando puede o cuando quiere. Los funcionarios vienen a primera hora, y a segunda, y a tercera. Se quejan de la vida en general y del trabajo en particular. Su jefe de sección es un incompetente por mandarles tanto trabajo, sus subordinados son unos incompetentes porque no hacen lo que se les pide, el concejal es un prepotente porque se cree que está por encima y el alcalde es el peor por creerse que está por encima de mí, el concejal. El de urbanismo siempre se lleva la peor parte, nadie sabe por qué. En lo más acre y duro de sus quejas aparecen los policías, testigos de los horrores y virtudes de una ciudad vibrante que tiene sus claros y oscuros. Paran a tomar café, todos menos Francisco que prefiere una Fanta, que no duerme por las noches sino. Bueno, ayuda el haber estado los últimos ocho años en homicidios y su carácter depresivo. Caspe es el más joven, el novato, el más alegre y el que se pide el americano y pincho de tortilla siempre que va. Paula ya lo tiene fichado y le sirve siempre una sonrisa de guarnición.

Marchan los funcionarios y aparecen Miguel, Carlos y Pedro. Llevan la guerrera roja, el polo blanco y el pantalón gris de la Cruz Roja. De complemento llevan un talkie enganchado a la cintura y desde el que no paran de oírse voces distorsionadas que hablan a toda velocidad. Llevan cuatro horas de servicio y ya han visto dos accidentes de tráfico y uno al que se le ha parado el corazón. Una mañana movida. A Carlos y a Pedro se les ve cansados pero lo disimulan lo mejor que pueden delante de Miguel, a quien se le ve orgulloso. Los primeros no llegan a los 20 años, acaban de entrar a las ambulancias porque era eso o irse a hacer la “mili” a Chafarinas con la legión. Miguel es el mayor de los 3: 50 años y 30 conduciendo ambulancias. Miguel, que no es tonto y nota su cansancio, les consuela diciéndoles que sí, que en la “mili” aprenden a ser hombres, pero aquí aprenderían lo que vale la vida. Los muchachos se animan con las batallitas que les cuenta Miguel, en las que hasta el incidente más trágico puede ir acompañado de una anécdota graciosa. Toman café, dos con leche y uno solo con sacarina, que a mi edad me tengo que vigilar la tensión. Una voz que sale del talkie los llama.

-Alfa nueve-doce, alfa nueve-doce de central. Prioritario. Mujer ha roto aguas, calle Canalejas de Castilla. ¿Me confirma está disponible?

-Afirmativo sierra, alfa nueve-doce disponible y de camino.

La voz al otro lado sigue hablando pero no es para ellos. Apuran el café y marchan a toda velocidad. Caspe y Francisco, que oyen la conversación, se animan y marchan con ellos.

De fondo Serrat canta al Mediterráneo y Félix, estudiante de Filosofía, debate con su compañero sobre la guerra, la paz y el mundo en general con la confianza y el conocimiento con la que habla un muchacho de 18 años que va a la universidad. Hablan de Yugoslavia, de la guerra que está en el patio trasero del continente y de los refugiados. Lo ven en las noticias y debaten sobre lo que tiene que hacer la UE, la ONU y la OTAN a la que recién nos acabamos de incorporar. Félix arregla el mundo con un café con leche, su amigo con una caña de la mano y ambos resuelven que la joven unión de países europeos frenará la guerra y aprenderemos de ello para que en el futuro evitemos el sufrimiento de las víctimas y sellan sus palabras dando un trago a sus respectivos vasos. Félix en el fondo no escucha demasiado, su mente está con Paula. La de su amigo también. La de Paula en Caspe. La de Caspe en Puig, su vecino, pero luego se da cuenta de que es imposible, del qué dirán en el cuerpo y se entristece. Mientras ellos piensan en el amor, dos comentan las olimpiadas que echan por la televisión del bar.

-Lo de encender la antorcha con una flecha ha sido increíble ¿no? –dice Jesús.

-Bah, tampoco es para tanto. Han lanzado un chorro de gas hacia arriba y cuando ha pasado la flecha se ha encendido. Eso lo podría haber hecho yo. –dice el marido de la hermana de Jesús.

-Ya, bueno. ¿Cuántas medallas crees que ganaremos? Yo creo que al menos veinte, lo de participar en casa motiva mucho.

-¿Veinte? ¡Ni de coña! No pasaremos de 4 mal contadas. Te lo digo yo que entiendo de estas cosas.

Historias así miles. María viene a última hora por no ver a su marido llegar del trabajo, Jesús pasa el divorcio de su mujer tomando café y cervezas mientras piensa qué hizo mal. Un joven aspirante a escritor debate con otro aspirante a músico sobre ir a Madrid a ver qué es lo que se cuece y, con suerte, triunfar en lo suyo.

Podría estar aquí horas contando lo que se ve ahora mismo en esta barra y las historias que se cruzan, pero no quiero aburriros. Historias hay miles y son tan efímeras como el vuelo de los farolillos chinos, que se encienden e iluminan el cielo con sus luces de diferentes colores pero que, más tarde o más temprano, se apagan y dan paso a otros. Id a una barra cualquiera, poned el oído, agudizad la vista y veréis lo mucho que llegan a brillar todas estas historias. Yo, de momento seguiré viendo la televisión, Fermín Cacho corre los 1500 metros y creo que se va a llevar el oro. No me lo pierdo por nada.

#Retodeagosto Día 9. Farolillos chinos.

– ¡Vuelve a contarlo, papá! –dijo saltando sobre los cojines y aterrizando sobre la cama de su hermana melliza, donde continuó saltando. Sus trenzas castañas bailoteaban al ritmo de los brincos.

– Otra vez Rapunzel no, Olivia. ¡La leyenda del rey Arturo en Camelot! –Rebatió la otra niña cogiendo el globo alargado de la feria que descansaba apoyado en la pizarra. Lo enarboló en el aire como un mosquetero en sus años de decadencia – ¡Excalibur, al poder!

–Pareces un chico, Elvi –Sentenció su hermana justo antes de dar una voltereta lateral que, de no ser por la intervención de su padre, hubiera acabado en el suelo. Tras atrapar a Olivia al vuelo y dejarla en su propia cama, su padre negó con la cabeza.

–Mañana nos vamos de vacaciones temprano. Dijimos que solo una historia…

– ¡Pero siempre elige Olivia, papá! –Protestó Elvira frunciendo el ceño, arrojando el globo al suelo, y cruzándose de brazos.

–Piri simpri iligi Ilivii, pipí –Se burló la aludida con desdén.

–Se lo voy a decir a mamá –Elvira se levantó de la cama y, con paso resuelto, se dirigió a la puerta.

–De eso nada, jovencita –Esta vez fue a ella a la que recogió en brazos y arropó –Buenas noches a ambas –Y, sin opción a réplica, apagó la luz y salió de su cuarto.

–Eres tonta –murmuró Elvira minutos después, tratando de vislumbrar la reacción de su hermana a sus hirientes palabras en la casi total penumbra.

–Bueno, pero soy una chica.

–Yo también soy una chica.

– ¿Ah sí? ¡Excalibur al poder! –Repitió Olivia con sorna y agravando la voz tanto como le podían permitir las cuerdas vocales de una niña de siete años.

–Es que soy una valiente guerrera. Al menos no soy la loca de los farolillos mágicos, no como tú –Se defendió.

–Es que soy una princesa –declaró con una sonrisa–. Y, cuando todos se den cuenta de que lo soy, lanzarán miles de farolillos chinos voladores al cielo, como en el cumpleaños de Rapunzel.

–Las princesas no se tiran pedos.

–Tú también te tiras pedos y huelen peor.

–Yo no soy una princesa. Además, las princesas no dicen la palabra “pedo”.

–Pedo, pedo, pedo, pedo, pedo…

– ¡Cállate ya, Olivia!

–Pedo, pedo, pedo, pedo, pedo…

Elvira, como siempre, terminó por ceder y esperar a que su hermana se agotase. Olivia no tardó en hacerlo y ella no tardó en dormirse. Ah, pero Olivia no podía dormir tan fácilmente. Realmente se imaginó asomándose al balcón principal de un ebúrneo castillo. La hiedra y el musgo treparían zigzagueantes como serpientes por la torre que la recluía y una vez al año… ––No, ¡cada noche, mejor!–, los habitantes de su reino lanzarían al firmamento miles de farolillos chinos de colores, en honor a su princesa, Oli. Aquella idea la reconfortaba y llenaba de optimismo.

Antes de rendirse a un sueño tan acaparador como inevitable, escuchó la tranquila respiración de su hermana y, aunque puede que nunca lo reconociera, pensó que en su reino, jamás existiría una mejor guerrera que su valiente hermana, Elvira.

#RetodeAgosto Día 8. Acampada.

“La lluvia sobre el cristal”

La tormenta va ganando intensidad, poco a poco se hace más y más fuerte, los rayos hienden el cielo tejiendo un manto de colores escabrosos que hace que se me pongan los pelos de punta. El repiqueteo del agua contra los cristales es aterrador, suena como un goteo mortal, como un goteo que indica que nuestro fin está cerca. El exterior parece la boca de un lobo y el viento golpeando la vieja cabaña en la que nos encontramos produce un sonido delirante que va a terminar conmigo.

Sólo yo estoy despierta, los demás duermen con tranquilidad. Ninguno se mueve, ninguno emite ningún ruido, es como si la tormenta hubiese bajado el volumen al resto del mundo. No entiendo su tranquilidad, deberían tener miedo, estamos solos en medio de la nada, nadie nos puede oír, nadie puede venir a por nosotros.

No sé cómo me convencieron para venir a este lugar. Todos decían que iba a hacer mal tiempo, pero Deborah dijo que no nos preocupásemos, que si llovía mucho había una vieja cabaña de pastores en la que podíamos refugiarnos. Los dos primeros días fue divertido, encendíamos un fuego y charlábamos, pero ahora la leña se ha terminado y apenas nos queda comida. Y además está el inquietante chop, chop, chop de la lluvia golpeando los viejos cristales de la cabaña. No puedo más, no lo aguanto.

Necesito hablar con alguien, necesito escuchar mi voz una vez más, parece que hace eternidades que no hablo con nadie, por lo que me acerco a Walker, él es el único que parece no haber perdido su buen humor con este tiempo desquiciante. Walker duerme acurrucado junto a las brasas del fuego, con su sudadera a modo de almohada. Su rostro parece tranquilo y sosegado, transmite tanta paz que, de algún modo, me calma un poco. Mis manos tiemblan cuando enredo mis dedos en sus rizos de azabache, pero no se despierta. Zarandeo su pesado cuerpo suavemente mientras susurro su nombre, pero no se despierta. Chasqueó la lengua y abro la cremallera de su saco para meterme dentro, sus abrazos de oso siempre hacen que me sienta un poco mejor pero, al hacerlo, un grito acude a mi garganta. El cuerpo de Walker está cubierto de sangre, de su propia sangre. La sangre está medio seca, brilla bajo la luz de la tormenta en tonos negros, púrpuras y escarlatas. Observó bien la herida y me doy cuenta de que no es una herida reciente, es una herida de días, ¿cómo no nos hemos dado cuenta de que Walker yace, muerto, junto a nosotros? Grito y trato de despertar a los demás, pero nadie me responde.

Mis manos tiemblan mientras me acerco uno a uno a ver a mis amigos. Todos están muertos. Deborah tiene la garganta cortada y de las muñecas de Stephen todavía gotean pequeñas perlas escarlatas. Grito y me llevo las manos a la cabeza, ¿cómo ha podido pasar? ¿Qué es lo que estoy viendo? Un miedo atroz invade mi cuerpo, retrocedo un par de pasos y choco contra una mesa, algo cae al suelo con un ruido seco al que yo no presto atención. Un rayo ilumina aquella macabra escena y me doy cuenta de que las paredes están pintadas con la sangre de mis amigos, grito una vez más con tanta fuerza que me hago daño en las cuerdas vocales, pero no puedo dejar de gritar.

De pronto miro al suelo, al objeto que ha caído cuando he golpeado la mesa. Es un enorme cuchillo manchado de sangre, el arma homicida, el arma que ha terminado con la vida de todos mis amigos. Temblando, miro a mi alrededor buscando al culpable, entonces lo encuentro y, lo que veo, me hiela la sangre: un enorme espejo me devuelve la imagen de mi rostro, pálido, salpicado de sangre, la mirada desenfocada y desquiciada. Lloro. Las lágrimas se mezclan con la sangre de mis mejillas. Sin parar de temblar cojo el cuchillo y, sin mirarme, decido acabar con mi vida. Mientras la vida se escapa poco a poco de mi pienso “esta ha sido la peor acampada de toda mi vida”.

Después, todo se vuelve negro.

MK!