En el Paraíso son Felices V

 

Lo que se ocultaba tras las puertas, lo que estaba reservado para unos pocos, lo que el Primitivo nunca vería, era la exuberancia, el exceso, el jardín del eterno placer. Allí dentro los colores eran más intensos; los olores, más penetrantes, la vida más…vida. El sol no abrasaba, pero tampoco era un sol que engaña, daba calor y luz en su justa medida, respetando la sombra de los árboles: no quemaba sus raíces. La lluvia regaba el vergel cada día con mimo, sin ira, aquel día que a punto estuvo de inundar la fresca hierba estaba ya más que olvidada.

El Renacido sintió una inmensa paz cuando sus pies abandonaron la aridez de la piedra para zambullirse en hierba verde, cuando sus pulmones se llenaron de un aire fresco que no arrastraba polvo y desolación y sus ojos se humedecieron al notar la frescura del ambiente. Mientras caminaba en silencio por aquellos parajes todavía vírgenes, alzó la vista al cielo y agradeció haber podido entrar en ese lugar, pero no sintió pena por el Primitivo, ni siquiera recordó el rostro que le había dado la vida.

Caminó lo que podrían haber sido eternidades, pero en ningún momento sintió que su camino fuese tortuoso. Cuando tenía hambre solo tenía que alargar la mano y coger las frutas frescas y jugosas que los árboles le ofrecían; si tenía sed, el rocío la calmaba y, cuando sus pies comenzaban a fatigarse, solo tenía que parar, sentarse y cerrar los ojos.

Al principio los animales que habitaban en el Paraíso se acercaban, curiosos, a ver a aquel nuevo ser. Lo olían, alguno incluso se atrevió a dormir a su lado y, al ver que no era peligroso, pronto lo aceptaron entre ellos, pero al Renacido todo parecía serle indiferente, sentía que le faltaba algo, que estaba incompleto. A veces miraba al cielo, sobre todo en la noche, que era muy breve, para ver si allí encontraba aquello que le faltaba, pero nunca parecía ver nada. Pero, entonces, una noche, mientras miraba en silencio a las estrellas – que todavía no tenían nombre – vio algo que brillaba y que cruzaba el cielo justo frente a él. El Renacido encontró nuevas fuerzas al interpretar aquello como una señal y corrió hacia el horizonte en el que se había perdido la luz.

Corrió durante toda la noche, corrió como nunca antes ningún ser había corrido, pues no quería perder su guía y, cuando ya no pudo más, se dejó caer junto a un lago. Al volver la vista al cielo, el negro estaba dando paso al azul cerúleo y apenas quedaban rastros de los puntos de luz. Abatido por primera vez, se dejó caer. El chapoteo de sus pies en el agua del lago llamó la atención de algunos animales, que corrieron curiosos a ver qué producía aquel sonido; pero, de entre todos los animales que acudieron, hubo uno que llamó la atención del Renacido, uno que no había visto antes: era más alto que él, caminaba sobre dos piernas y  sus ojos brillaban como la luz que le había guiado hasta allí.

El Renacido se incorporó y caminó despacio hasta el otro ser, que dibujó una sonrisa en su rostro. Una vez frente a frente, se reconocieron como iguales y, sin poder contener el júbilo, se fundieron en un abrazo que duró eternidades.

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En el Paraíso son felices II: Caída

Durante mucho tiempo los seres de barro vivieron en el desierto, felices en un ignorancia, temedores de lo que se abría frente a ellos y desconocedores del futuro. El sol seguía secando su piel, seguía quemando sus rostros y les provocaba sed, pero a ellos no les importaba. Eran fuertes y resistentes y se tenían el uno al otro, no necesitaban nada más. Los pequeños ídolos de barro creados por el primer ser ahora ocupaban un lugar especial bajo la sombra de una triste planta, mustia y marchita, que daba algo de sombra en las horas más calurosas del día. Cuando necesitaban algo lloraban frente a ellos y, a veces, sus súplicas eran oídas. La palabra todavía no había sido inventada y solo salían de sus gargantas sonidos guturales, pero a ellos aquello no parecía importarles.

Y aunque todo era bonito, llegaron las peleas. Una eternidad junto a la misma persona puede ser duro.

Hubo un verano tan caluroso que ni siquiera los ídolos pudieron llevar el agua. La piel de los seres se quebró en mil esquirlas, sus labios se agrietaron y sus ojos quedaron vacíos de todo poder. Los días eran abrasadores y las noches, heladoras. El único momento de descanso que tenían era aquel en el que el sol y la luna se fundían, pero era tan breve que apenas podían saborearlo. Y entonces una chispa se encendió en la mente de uno de los seres: a lo mejor había un lugar mejor en el que vivir.

Discutieron.

El Segundo ser quería irse, ver otros lugares. No podía creer que los ídolos que los habían creado no hubiesen pensando en darles algo mejor. El Primero estaba contento con su vida. Era dura, sí, pero también era tranquila. No quería abandonar su hogar.

Discutieron más.

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La discusión se alargó durante días. Los animalitos que vivían en ese pedregal se congregaron a su alrededor y los observaron curiosos. Y entonces pasó lo inesperable. El Segundo se cansó y rompió los ídolos. Partió en mil pedazos a aquellos seres que lo habían creado. El Primero no supo qué hacer o qué decir, se quedó quieto, bloqueado, con su cara deforme desencajada, con los ojos inyectados en sangre, pero paralizado. Aquellos ídolos lo eran todo para él. Y entonces pasó.

No quedó nada del Primero, pues los animales, al ver el festín, se abalanzaron sobre él. El Segundo, cubierto de sangre, dejó caer la piedra que había utilizado y salió corriendo. El sol abrasador lo observaba inquisidor, lo quemaba con más fuerza que nunca, pero no se detuvo. Corrió hasta que cayó sobre sus rodillas, arañándoselas. Y su sangre se fundió con la del Primero. Pero tampoco eso lo detuvo. Se puso en pie y siguió corriendo. Y volvió a caer. Y volvió a levantarse.

Y así hasta siete veces.

Al alzar el rostro, bañado en sudor y lágrimas por séptima vez, se dio cuenta de que ya no corría sobre un suelo árido y que el sol parecía golpearlo con menos fuerza. Sentía cierto frescor y oía sonidos hasta entonces desconocidos para él. Y se dio cuenta de que no todo era color ocre, sino que había una nueva tonalidad frente a él: el verde

Y con fuerzas renovadas se puso en pie y siguió caminando, pero algo le impedía pasar, como una muralla de vegetación que parecía impenetrable. Siguió caminando, pero no había forma de entrar en ese lugar. Y entonces, con su último aliento, llegó frente a unas puertas que no pudo abrir, porque se necesitaban dos pares de manos para tirar de las argollas.

Y así, a las puertas del Paraíso, sucumbió el Segundo

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Aquí os dejo la segunda parte de la historia que comencé la semana pasada. No sé muy bien a dónde me va a llevar, pero espero que sigáis acompañándome en esta aventura.

En el paraíso todavía son felices

GÉNESIS

Luz. Mucha luz. Un cielo azul y brillante, el arrullo del agua meciéndose y saltando entre las rocas. Animales hace tiempo desaparecidos bebiendo en las orillas, respetando una tregua que nadie ha pactado en medio de una guerra no declarada. Aquello parece el paraíso.

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Pero entonces el cielo se oscurece, al principio ningún ser vivo parece darse cuenta, de lo lento que va pasando. Un viento traicionero arrastra lentamente una pesada nube a punto de dar a luz. La nube se resiste, pero pesa tanto que el viento, que ha ido perdiendo fuerzas, deja de arrastrarla. Cuando el sol se desaparece, los animales alzan la vista y miran sorprendidos a lo que lo oculta: nunca han visto la nube. Cuando el agua empieza a caer se asustan, pero enseguida comprueban que aquello es como lo que han estado bebiendo y pierden el miedo, continuando con su vida. No saben que pronto esta acabará.

Lejos del Paraíso, aunque no tanto como para evitar que el agua de la lluvia llegue, hay un yermo al que los animales apenas se acercan. El suelo es árido y siempre quema, la verde hierba no germina y el seco suelo absorbe toda el agua. No hay un árbol que de sombra, solo grietas que dan cobijo a los pocos que se han atrevido a hacer de ese lugar su hogar. El agua que llega en aquel día no es, ni mucho menos, tan abundante como en el Paraíso, pero sí suficiente para que el suelo se nutra y se forme barro. Los animales se ven obligados a salir de sus grutas y correr hacia el bosque para no morir ahogados, por lo que nadie ve lo que allí sucede.

Cuando las lluvias cesan, el barro permanece. Y entonces comienza a cobrar vida. Se retuerce, forma burbujas que estallan en una horrenda explosión, gime y llora y desgarra el silencio. Como una masa de gusanos devorando un cuerpo putrefacto, comienza a cobrar forma. Es un proceso lento y doloroso, pues el sol ha comenzado a brillar de nuevo y seca el barro, pero este es más fuerte de lo que parece y al final emerge un ser de apariencia endeble. Es más grande que los seres que habitan en el desierto, que lo observan entre temerosos y curiosos. Camina sobre dos piernas, está desnudo y sus ojos reflejan el terror.

Al principio está solo. Se queda quieto sintiendo la mordedura del sol, que va secando su piel, que se resquebraja y cae al suelo, dejando ver una carne blanda que enseguida se enrojece. Y entonces viene el hambre. Es una picadura en el vientre, un dolor lacerante en el costado, un pinchazo en los pulmones. Es todos los males que se pueden experimentar en ese momento y que no sabe cómo paliar. Mira asustado a su alrededor y lanza un rugido que en el Paraíso se oye ahogado. Y entonces comienza la locura.

Cuando descubre cómo paliar ese dolor, llegan otro gran problema: la soledad. Allí, en medio de la nada, se siente solo. Su mente se llena de brumas; sus ojos, de lágrimas; su corazón, de tristeza. Duele. Quema. Abrasa. Entonces intenta hablar con lo que lo rodea, pero solo se encuentra con el silencio más absoluto. Y vuelve a alzar los ojos y suplica para que de la misma tierra de la que él surgió, surja alguien más.

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Y después de muchas lágrimas derramadas, a sus pies se forma un pequeño charco. Y compadeciéndose del ser, el viento arrastra otra nube, que descarga esta vez todo su contenido sobre él, que salta de alegría, que se empapa el rostro con uno de los líquidos de la vida, que chapotea feliz y que moldea con sus manos pequeñas representaciones de él mismo, todas burdas y deformes, todas sin vida. Y cuando cree que ya no va a poder remediar su soledad, aparece otro ser. Se parecen mucho, pero no son iguales, sus rostros, su anatomía, es distinta, pero dentro de los dos late el mismo corazón. Se ven. Se abrazan y lloran, y entonces aparece, por vez primera, el impulso sexual. Llega de manera suave y culmina con un grito de guerra, con el agua inundando una vez más el barro y con el surgimiento de un ser más perfecto aún, porque ha nacido de otro barro.

En el Paraíso todavía son felices.

 

 

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Parece ser que la inspiración vuelve poco a poco mí, y aunque últimamente me he centrado mucho en las reseñas y en los retos de escritura, me apetece volver a retomar los relatos. No sé con qué frecuencia los actualizaré, intentaré que sea con bastante, pero no quiero forzar la máquina.

La idea sobre lo que quiero escribir está clara, esto ha sido solo un principio de algo que espero que me acompañe durante mucho tiempo. Espero que vosotros también me acompañéis en esta nueva aventura en la que me embarco.

¡Hasta la próxima!

El gran dios marciano

¡Feliz año a todos!

No hice un post de despedida, ni os hablé de las mejores lecturas del 2017 ni lo que espero del 2018, pero por una buena razón. El año pasado sufrí un bloqueo lector bastante importante, además, me pasé varios meses sin poder leer apenas o leyendo los mismos libros en bucle debido a mis estudios (mi TFM giró en torno a la literatura de terror japonesa), pero este año ha venido cargado de nuevos propósitos y nuevas lecturas y, sobre todo, de nuevas ilusiones.

Dos de los propósitos que incumben al blog son los siguientes:

  1. Quiero variar mis lecturas. Es decir, dejar de atormentaros con la literatura de terror y con la literatura japonesa. Leer más literatura española, por ejemplo, porque reconozco que leo poca, meterme en la ciencia ficción, leer algo más de poesía, más clásicos, algunas sagas míticas que no he leído y que creo que debería leer…En fin, salirme un poco de mi zona de confort. Por supuesto, acepto sugerencias en los comentarios 😉
  2. El segundo propósito es retomar la escritura. En este año no es que haya dejado de escribir, pero sí que creo que mi calidad ha bajado y que me cuesta más sentarme y ponerme a ello. Por ahora, en los cuatro días de año que vamos, la cosa ha ido bien, a ver cómo sigue. Y con relación a este propósito va la entrada de hoy, ya que os traigo mi primer relato del año.

Os juro que ya os dejo con el relato, pero creo que tengo que aclararos alguna cosilla. Este relato lo concebí como algo breve, pocas palabras y con un final muy claro, pero mientras lo desarrollaba, se me ocurrió que podía tener otro final, y quiero saber cuál os gusta más. Hoy os traigo la parte común a los dos relatos y en días posteriores os daré los dos finales. Espero vuestras críticas (siempre constructivas, por favor, que para criticas rompedoras ya me tengo a mí misma,) y que os guste el relato que he titulado:

EL GRAN DIOS MARCIANO

Santiago se levantó, como cada día, a las 6:20 de la mañana. A su lado, su mujer todavía dormía. Apagó el despertador y salió de la cama, se puso sus pantuflas y salió de la habitación sin hacer ruido. Mientras se preparaba el café, oyó el timbre de la bicicleta de David, el repartidor de periódicos. Santiago miró el reloj y sonrió complacido, eran las 6:30, la hora exacta en la que se debía llevar a cabo la entrega; la cafetera comenzó a emitir un silbido alarmante y Santiago la retiró del fuego. Mientras esperaba que el café se enfriase, fue a por el periódico, lo recogió y contempló la silenciosa calle durante, exactamente, un minuto. Cuando regresó a la cocina, abrió el periódico y lo leyó mientras bebía el café. Cuando acabó ese proceso eran las 6:45, lo que le dejaba un margen de quince minutos para asearse, vestirse y salir de casa. Mientras se lavaba los dientes, escuchó la puerta de su habitación abrirse y cerrarse de nuevo, sonrió interiormente.

—Buenos días, cariño – le dijo su esposa cuando él entró de nuevo en la cocina. Santiago no respondió.

A las siete en punto estaba montado en su coche escuchando las noticias que, como cada día, no podían ser mejores. Sin dejar de sonreír condujo durante, aproximadamente, diecisiete minutos, lo que le dejaba trece minutos libres antes de fichar. Esos trece minutos los usó para tomar su segundo café en el bar que había junto a la oficina. A las 7:30 entró y fichó. Jessica, la secretaria, le saludó amablemente, pero él le dirigió un lacónico “hola” y subió a su despacho. Aquel día no tenía mucho trabajo, por lo que a las 10:30 se permitió hacer un pequeño descanso para comer algo.

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Regresó al trabajo y siguió en su puesto hasta las 13:00, momento en el que llamó a casa para hablar con su esposa, que iba a comenzar a hacer la comida. Después de comprobar que todo fuese bien en casa, fue a la sala de descanso, que a esa hora estaba vacía, fue al frigorífico y sacó la comida: la calentó en el microondas y ocupó su silla favorita, desde la que se veía la ventana y el parque que había enfrente del edificio. Comió en silencio degustando al comida antes de volver al trabajo.

A las 6:00 su turno acabó, Santiago recogió y salió de la oficina; Jessica ya no estaba en su mesa, había sido sustituida por Mercedes, mucho mayor que Jessica y, en opinión de Santiago, mucho más profesional.

De nuevo, Santiago condujo durante veinte minutos hasta llegar a un lugar alejado del bullicio de la ciudad…

Libertad

Puede que hace tiempo que haya perdido la sonrisa. Puede que hace tiempo que ya nada sea igual. Pero todo en esta vida suma y lo que no te mata te hace más fuerte. Y yo me siento invencible.

Dicen que después de la tormenta siempre llega la calma, pero cuando vives en el ojo del huracán nada se ve tan claro. Cuando estás inmerso en una vorágine de locura, de desquiciamiento, cuando no sabes lo que es arriba y abajo, cuando no distingues norte y sur, todo parece dar igual.

Que si tengo el corazón de piedra no es porque yo lo quiera, es porque el mundo me ha obligado. Pero eh, que tener el corazón tocado por Medusa no es tan malo, ahora ve el mundo de otra manera.

El cielo es más azul y el sol calienta más, cuando sonrío es porque quiero hacerlo de verdad y la lluvia me refresca, no me envenena. Incluso la luna, cuando brilla llena, es más hermosa.

Y que si ser de piedra significa ser libre, no me importa no volver a sentir.

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#RETOCITAURA y #DearDiary

¡Hola, hola! En primer lugar, quería pediros perdón por la tardanza, este ha sido un mes un poco de locura y por eso el retraso.

Bueno, hechas las disculpas, tanto Sara (de letras en el aire) como yo queremos comunicaros unos pequeños cambios en la iniciativa que creo que servirán para mejorarla y para que todos estemos más a gusto: resulta que este año está siendo un poco complicado para las dos, por eso coordinar los dos retos a veces se nos hace cuesta arriba, así que hemos pensado en la siguiente solución: ir alternando los retos y hacer uno cada mes. En el mes de mayo tendríais que mandar Querido Diario, en junio Citaura, en julio querido diario de nuevo….y así sucesivamente.

Como en los demás meses, podéis participar en uno o en los dos retos siempre que queráis.

Y ahora sí que sí, sin más dilación, comencemos con la recopilación del #RETOCITAURA de este mes. Os recuerdo que la cita era: “Ella es la muerte o la vida, la destrucción o la resurrección, el orden o el caos. Todo depende de cómo se mire.” (Bautismo de fuego).

En primer lugar, mi propuesta es la siguiente:

TINIEBLAS

Dentro de su pequeña cabeza la niebla lo envuelve todo, sus pensamientos, sus ideas, sus sentimientos y sus propias brumas. Acurrucada en el infecto suelo de una cloaca la niña solloza porque la niebla le aterra, pero su lamento queda ahogado por el goteo incesante del agua y por el susurrar de los animales que, ciegos, corren en la oscuridad.

Un fuerte golpe hace que la niebla comience a disiparse y que la niña levante la cabeza. Una luz fosforescente la ciega unos segundos y ella se cubre los ojos con el brazo, pero un nuevo golpe hace que se ponga en pie; su vestido, mugriento y desgastado por el paso del tiempo, demasiado grande para ella, ondea tras ella como una bruma fantasmal.

La locura de los ojos de la niña se va disipando para dar paso a algo más aterrador, algo mucho más violento y desquiciado, algo demasiado grande para el pequeño cuerpo de la niña.

Los ruidos producidos por el golpe se mantienen en el aire, vibrando como viejas campanas, pero ella avanza flotando por la inmundicia como un ser espectral hasta que, por fin, se encuentra con una aberración tan antigua como el propio mundo, quizá una de las últimas supervivientes. Pero ella no lo teme porque sabe que su poder es mayor.

—No te tengo miedo —dice con un susurro. La aberración responde con un siseo que se corta cuando la niña avanza hacia él.

¿Quién eres tú? Se oye en la mente de la niña, que esboza una macabra sonrisa mientras avanza hacia la aberración. Con cada paso que da todo lo que la rodea se convierte en la sombra más oscura y terrible. ¿Quién eres tú? repite, aterrada, la aberración.

—Yo soy la vida —la dulce voz de la niña suena cavernosa y antigua, ancestral, poderosa, terrible y grandiosa a la vez—. Yo soy la muerte, la destrucción o la resurrección, el orden o el caos…todo depende de cómo se mire. —Sus últimas palabras quedan ahogadas por el grito de terror de la aberración, que cae al suelo inerte, con sus múltiples ojos abiertos y mirando a la nada…

Agotada, la niña cae al suelo y se arrastra lastimeramente hacia el ser, se abraza a una de sus rugosas patas y llora amargamente dejando que la bruma vuelva a envolver su mente.

 

El siguiente relato se titula “La Madriguera” de Irene (podéis visitar su blog

LA MADRIGUERA

Se sentía como Alicia cayendo por la madriguera del conejo. Era un descenso lento y largo, casi cómodo, durante el cual podía hacer toda clase de cosas. Contemplaba el mundo pasar a su alrededor como si fuera una película. Una sucesión de imágenes que a veces no tenían mucho sentido, pero aun así era hermosa, como solo puede serlo un misterio encantador.

A menudo se entretenía tanto que por un momento olvidaba su situación, pero había ocasiones en las que afloraba en ella la desesperación y trataba de hallar en vano un asidero mientras el aire parecía negarse a llenar sus pulmones y sentía que empequeñecía. Sin embargo, por alguna razón inexplicable, aquella ansiedad se detenía, aunque unas veces durara más tiempo que otras.

Al final solo le quedaba una verdad imperturbable: hiciera lo que hiciera, terminaría tocando el fondo.

Claudia, del blog sentimiento y juego nos envía este microrrelato:

¿Y ahora qué?
Cuando cumplí treinta años comencé a entender un poco mejor de qué se trata el tiempo o debería decir, su opresivo paso. ¿Qué ocurre cuando no tienes ‘una carrera‘?, sí, esa cosa con la cual todo ser humano actual se debería sentir ultra realizado. Sólo veo relojes avanzando y escucho un sin fin de preguntas, por eso me he aislado a nivel social, para no enfrentar esa disección que quieren hacer de mi persona. Cada día que pasa voy perdiendo más la confianza en quienes se supone aún son cercanos en mi vida, es una profunda vergüenza la que siento ante ellos, mi fracaso como mujer ‘moderna’ es demasiado fuerte, no soy capaz de mirarlos a los ojos.
He leído sobre grupos de personas para las cuales el tiempo, tal y como lo concebimos nosotros, no existe, a lo mucho prestan atención al día y a la noche. Los más arraigados a la civilización pueden concebir la ausencia del reloj como un acto de barbarie, pero tal vez destruir las horas, los minutos y los segundos sea lo más sabio o lo más revolucionario (o ambos a la vez) que se puede hacer.
(Un golpe … segundo golpe … tercer golpe, silencio)
Luego del ruido sólo pude ver los trozos de vidrio dispersados en el suelo, tanto la aguja que marcaba los minutos como la que indicaba los segundos se hallaban desprendidas. Sentí un dolor en el pecho, como si hubiese dañado a un ser vivo en lugar de a un objeto.
El silencio decretó de que en esta habitación el tiempo ha dejado de existir. Sentada en un rincón, con la espalda apoyada contra la pared hago lo único que sé hacer,  escribo:  ¿Y ahora qué?
Eréndida, que ya ha participado otros meses y cuyo blog podéis visitar aquí, nos envía este maravilloso relato:
ELLA
Su perfecta sonrisa se enanchó, mostrándome sus hermosos dientes color perla. No eran blancos y relucientes como los de los comerciales de cremas dentales, pero su sonrisa era mucho más radiante que todas las sonrisas del mundo.
 
—Bien —dijo quitando algunas lágrimas que la risa le arrancó—, debo irme, aunque en serio me encantaría quedarme mucho más. —terminó haciendo un puchero que me encantaba.
 
—Vuelve pronto —pedí sonriendo, moviendo mi mano en señal de despedida.
 
—Tanto como pueda —aseguró caminando en reversa—. Ouch —se quejó llevando su mano a la parte trasera de su rodilla, por ir caminando de espaldas no se percató que había una jardinera en la que terminó sentada cuando chocó con ella.
 
—¿Estás bien? —pregunté y ella sonrió, sacudiendo su trasero lleno de hierbajos después de levantarse.
 
—Sí —dijo—, esto es, ya sabes, normal —y agachó la mirada ocultándome su sonrisa nerviosa, otra parte de ella que adoraba, aunque para ser completamente honesto de ella me encantaba absolutamente todo—. Nos vemos —dijo y caminó, tropezando con un bordito que le hizo dar un par de descoordinados brinquitos para poder recuperar el equilibrio.
 
Se quedó de pie, volviendo la mirada a mi dirección. Dije adiós con mi mano, de nuevo, y sonriendo hizo lo mismo, entonces volvió la vista al frente negando con la cabeza, y siguió su camino.
 
Aunque muchos pensarían que era torpe y descuidada, para mí ella era la perfección andando, era despistada e impulsiva, la combinación perfecta para ser una linda zona de accidentes, una divertida zona de accidentes que quería siempre proteger y cuidar.
 
Ella es la muerte o la vida, la destrucción o la resurrección, el orden o el caos. Todo depende de cómo se mire. Y yo la miraba con los ojos del amor, por eso era perfecta, llena de vida, capaz de despertar hasta los sentimientos declarados muertos, y un perfecto caos que siempre amaría.
Y ahora, después de #Citaura, toca #DearDiary:
Carla nos envía su relato titulado “A mitad de camino” y que además podéis leer aquí
Querido diario:
Están pasando cosas muy extrañas. Desde ayer todo tiene una atmósfera como paranormal. A ver si me explico:
Anoche me senté a cenar a la mesa junto con mi esposa y mis hijos. Para mi sorpresa, no me pusieron ningún plato, pero no tenía hambre así que no rechisté. Todos estaban cabizbajos, por lo que les conté un chiste, pero no les hizo ni pizca de gracia, ninguno dijo nada, ni me miraron siquiera. La cena fue la más silenciosa que había presenciado nunca.
Me fui a leer a mi despacho y como todas las noches, cuando terminé, me acosté en la cama y abracé a mi mujer. Ella estaba tan caliente que no pude evitar tocarle la frente, estaba ardiendo, pero a causa de mi abrazo le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, e incluso se acomodó bajo las sábanas inconscientemente. Decidí dejarla tranquila porque, ya sabes cómo es ella, no hay cosa que le enfade más que la despierten.
Lo peor fue por la mañana. Mi despertador no había sonado y cuando abrí los ojos eran las 10 de la mañana. Llegaba tarde al trabajo y supuse que ella había llevado los niños al colegio. Me desperecé y fui al baño. Entonces me miré en el espejo y no vi nada. El espejo no me devolvía mi reflejo. Cogí un cepillo de dientes y lo levanté, y para mi asombro, el cepillo se reflejaba y parecía que estaba volando. Me toqué la cara y estaba allí, era real. Cogí el espejo y miré por detrás pero no encontré nada extraño. Estuve un rato enseñándole objetos y todos aparecían en el otro lado, a excepción de mí.
Rápidamente cogí el teléfono y llamé a mi esposa. Ella respondió con un “dígame y le contesté con un “¡cariño! Soy yo, ¿me oyes?. Al otro lado no se escuchaba su voz, hasta que, al cabo de unos segundos, me respondió: “¿hola?. “Hola” le dije. Y colgó.
¿Qué estaba pasando? ¿Acaso no me oía? ¿Por qué no me reflejaba en el espejo? ¿Por qué todo el mundo me ignoraba?
He encontrado la respuesta.
Estoy muerto.
No recuerdo cómo pasó, ni cuándo, ni por qué. Ahora lo importante es averiguar qué tengo que hacer y cómo paso al otro lado. Porque dicen que hay otro lado ¿verdad? ¿Dónde busco la salida? ¿A quién le pregunto qué debo hacer? En la biblioteca no hay ningún libro que explique qué hacer después de la muerte, ni ningún teléfono al que llamar en caso de pérdida entre el aquí y el más allá. No quiero quedarme en este sitio para siempre.
Si alguien encuentra el diario y lee estas lineas. Por favor. ¡AYÚDAME!
Roxana nos envía “Reflejos”, espero que os guste tanto como a mí:
Querido diario:
Hoy tampoco he logrado reconocer al tipo que está en el espejo. Se supone que soy yo ¿Quién más podría ser si estoy en una habitación vacía? Aun así, no puedo verme como esa persona. Es una estupidez ¡no reconocerse a sí mismo debe ser la confirmación de mi locura!
He decidido dejar de ver al loquero. Al final, no me ha ayudado en nada, para él, todo es normal por mi condición ¿Cuál es mi condición? No hace nada, nada. Hablo y hablo y hablo y no tengo una solución a nada. Tampoco ha querido recomendarme un psiquiatra, dice que la medicación no solucionará nada. Y si él tampoco va a solucionar nada, no lo necesito. Estoy escribiendo esto ahora mismo y es tan sólo como si fuera un ente que ve todo desde afuera. Si no lo estuviera haciendo ahora mismo, estaría dudando de que he escrito esto. Aun cuando veo las páginas anteriores, no parece mi letra. No parezco yo ¡y es tonto porque soy yo!
Estoy roto. Estoy destrozado.
Me miró la mano, está ahí, al final de mi brazo y sin embargo…
Llamé al sujeto de la corbata. Es extranjero, un lutier. Le pedí que llevará una de sus guitarras, quiero que conozca un lugar, un lugar que es especial para mí: detrás de la fábrica de cerámicos. Es un sitio común, corriente, pero bajo las papayas, se puede ver el cerro y el horizonte. He descubierto que es el único lugar donde formo parte de la realidad, donde me vuelvo un actor, cuando mi cuerpo va de la mano con mi mente y mis sentidos. Él ha dicho que tocará algo para mí y quiero estar en todos mis sentidos, aun si no puedo hacerlo el resto del tiempo, esa conexión sucederá. De alguna manera, por todos los cielos… espero suceda…
Y hasta aquí la recopilación de relato del mes. Os recuerdo que el mes que viene solo será de #DearDiary.
Muchas gracias por participar a todas 🙂
MK!
 

Sangre

Había llovido durante toda la noche en el campamento Longnight, pero para los niños aquello había sido una gran experiencia y ahora, con las primeras luces del alba, el miedo que habían pasado empezaba a desaparecer para dejar paso a la euforia y a las anécdotas.

La primera cremallera que se abre es la de la tienda que comparten Morgan, Zachary, Joshua y Ryan, los más mayores del campamento y que cuentan con catorce primaveras. Ryan, el más bravucón de todos, anuncia a los cuatro vientos que va a hacer pis, como si fuera algo que todos los acampados debieran saber. Desde la tienda de al lado, la que comparten Lisa, Allison y Julia, se oye un “qué vulgar”, aunque no se distingue quien ha pronunciado las palabras mágicas que hace que entre los chicos comience un festival de eructos y de pronunciar obscenidades hasta que una de las monitoras acude a poner orden.

Mientras desayunan en el pequeño comedor del interior del bungaló de madera que sirve de oficina, sala de reunión de los monitores y habitación, comienza a llover de nuevo, pero esta vez de manera suave e intermitente. Huele a hierba mojada, a limpieza y a algo que aquellos niños de ciudad que nunca antes habían pisado el campo no saben distinguir. Los cuatro monitores, que observan atentos a aquellos niños, hablan en susurros sobre las actividades que pueden hacer durante el día, ya que ir de excursión a los lagos, como tenía previsto, no es factible.

—¡Ojalá estos niños fueran como los del mes pasado! —Exclama Bonita, la más veterana de los monitores mientras niega con la cabeza. —Con ellos podríamos haber ido al fin del mundo aunque estuviese cayendo el diluvio universal, pero con estos niños nos arriesgamos a una denuncia si pillan un simple resfriado. —Los demás monitores asienten, compungidos. El campamento ya no es lo que era, piensan todos.

Joshua comienza una guerra de comida cuando decide tirar las migas de una magdalena sobre el pelo de las chicas, que comienzan a chillar con voces estridentes, de estas que se te meten tan dentro que parece que te van a estallar los tímpanos. Bonita se estremece en un gesto de crispación y respira hondo mientras cuenta hasta diez, recordándose a sí misma que si quieren mantener el campamento abierto necesitan las matrículas desorbitadas que pagan los padres de aquellos niños maleducados y gritones.

—¡Ya está bien! Joshua, estate quieto, dejad de tirar la comida —Bonita apenas ha alzado la voz, pero ha sonado tan autoritaria que enseguida todos se quedan quietos. El pequeño comedor está hecho un desastre, Joshua, que se ha subido sobre la mesa, ha pisado los desayunos a medio comer de sus compañeros, las chicas, en un intento de huir de la lluvia de migas de magdalena, se han puesto en pie y alguna, probablemente Allison, que es la más torpe, ha tirado el mantel, por lo que el suelo está lleno de leche entremezclada con el zumo, las migas y el barro que han arrastrado al no limpiarse los pies en el felpudo de la entrada. Los demás niños, que ríen ante el espectáculo, callan sus risas y agachan la cabeza, sabiéndose cómplices de aquel espectáculo. —Como hoy no vamos a poder ir de excursión, que es lo que habíamos planeado, vais a limpiar todo el comedor —dice, amenazadora, la monitora. Desde atrás, con los brazos cruzados, los otros tres asienten muy serios. Ni siquiera ellos se atreven a desautorizarla. Los niños se quedan quietos, muy quietos. Seguro que ni saben lo que es una fregona, piensa Bonita mientras los desafía con la mirada a que se quejen. Ninguno lo hace. —Vamos, ¿a qué estáis esperando? Empezad ya —ordena.

Los niños comienzan a limpiar aquel desastre con gesto de asco. Lisa coge el envoltorio de una magdalena con dos dedos y lo lleva a la bolsa de basura alejándolo de su cuerpo como si fuera un residuo tóxico. Cuando por fin lo deja caer en el interior de la bolsa, se estremece y respira aliviada, pero todavía quedan muchas magdalenas más que recoger. A sus compañeros no les va mejor. Zachary ha volcado el cubo con agua de la fregona y entonces Lori, una niña de apenas siete años que regresaba de fregar los platos, se ha resbalado y ha caído al suelo. Lori comienza a llorar y, asustados, los monitores se acercan a ella. Mark, que además de monitor es médico, confirma que el brazo derecho de la niña se ha roto, por lo que tendrán que ir a urgencias para que se lo escayolen. Al oír que va a tener que llevar una escayola el resto del verano, la niña comienza a llorar con más fuerza, pero Mark la calma con palabras bonitas y la promesa de unas chucherías a la vuelta.

—Me la llevo al hospital, voy a llamar a sus padres —dice mientras coloca a la niña en el asiento trasero de su coche y le pone el cinto de seguridad. Desde la puerta les observa un niño pecoso, Adam, que es el hermano de Lori. —Adam, ¿quieres venir con nosotros? —Pregunta Mark, enseguida el niño asiente y corre hace ellos, preocupado por su hermana mayor.

 

—Mark sigue sin contestar —Bonita parece preocupada. Ya ha anochecido y no han tenido señales del monitor y los niños en todo el día.

—No te preocupes, si hubiese pasado algo ya nos hubiésemos enterado. A lo mejor se ha quedado sin batería. Vamos a reunir a los niños, es hora de que se vayan a dormir.

Los niños parecen intranquilos, una densa niebla ha envuelto el campamento en una especie de manto macabro que no les gusta y aunque todos tienen miedo, solo los más pequeños se atreven a expresarlo, pero en voz baja y por las espaldas, para que los mayores no se rían de ellos. Después de un último juego, los niños se van a dormir.

 

—Eh, Lisa, somos nosotros, ¿podemos entrar? —Un susurro al otro lado de la cremallera que cierra la tienda sobresalta a las chicas. Lisa cree reconocer la voz de Morgan. Las chicas se miran y Julia, la más decidida, asiente mientras les abre y les deja pasar. La tienda es pequeña y se tienen que apretujar para poder estar los siete. Alguien propone jugar a las cartas, pero la idea enseguida es desechada, para hacerlo deberían encender una linterna y la luz alertaría a los monitores, por lo que comienzan a hablar en susurros.

—¿Sabéis que hay una leyenda en torno a este lugar? —Pregunta Joshua sacando pecho. Los demás le miran sorprendidos. —Lo busqué en internet antes de venir. ¿Queréis que os la cuente? —Las chicas dicen que no, tienen miedo, pero alentado por sus amigos, Joshua cuenta la historia del campamento Longnight.- Cuentan que hacen muchos años, cuando nuestros padres tenían más o menos nuestra edad, crearon este campamento para los niños del pueblo y sus alrededores. Había tanta gente que quería venir que hacían actividades durante todo el verano e incuso en invierno, pero entonces, un año, ocurrió una desgracia terrible. Uno de los monitores se emborrachó una noche y mató a sus compañeros degollándolos con una botella rota para, después, hacer lo mismo con los acampados. Entró en una tienda, y mató a sus ocupantes, pero entonces un niño que había salido a hacer pis en mitad de la noche, le vio y comenzó a gritar, despertando a todos sus compañeros que, asustados, salieron de la tienda. Al ver lo que había pasado, el monitor corrió detrás del niño, pero los demás se pusieron en su camino y, tirándole piedras y golpeándole con palos, lo mataron. Ahora dicen que su espíritu sigue vagando por aquí, sediento de sangre —la última palabra, sangre, flota en el aire durante unos segundos, como una premonición de lo que se les viene encima. Allison, que aprieta la mano de Julia con fuerza mientras deja escapar un grito ahogado, pero entonces Joshua rompe a reír —. No me digas que te lo has creído.

—Idiota, no me gustan las historias de miedo —lloriquea la chica. Lisa, enfadada, le reprende por su comportamiento y decide dar por finalizada la conversación, echándolos de la tienda. Ellos se despiden y salen uno a uno de aquella tertulia improvisada.

La niebla se hace cada vez más y más densa. Los picos de las tiendas de campaña parecen cimas de montañas tan altas que ni la nieve quiere posarse sobre ellas. Hace frío, demasiado frío para época en la que están. Los niños se juntan, de manera inconsciente, unos a otro, se arropan con sus sacos de dormir – de última tecnología, eso sí- y duermen tranquilamente.

En una tienda, una cremallera comienza a bajarse lentamente. Muy lentamente, tanto que su movimiento apenas se percibe con la oscuridad. No hace ruido. Un niño se remueve en sueños y otro deja escapar palabras incomprensibles de su boca infantil, quizá está soñando con caramelos o, más posiblemente, con el videojuego que le espera en casa a su regreso. Pero ese niño no va a regresar. Ni él, ni ninguno de los demás.

La cremallera ha llegado al final, y entonces un destello verdoso ilumina la tienda que, de pronto, se llena de sangre. Nadie grita, nadie llora. No les ha dado tiempo. A la mañana siguiente, cuando Mark regresa con Lori y Adam, no encuentran a nadie. Les sorprende, ya deberían estar desayunando. Mark pide a los niños que no salgan del coche y él baja a ver lo que pasa. Sobre sus camas dentro del bungaló, Bonita, Josh y Jordana yacen inertes sobre sábanas teñidas de rojo. Mark se queda paralizado. Ha visto a mucha gente morir, mucha gente ha muerto en sus manos, no en vano es médico, pero nunca antes había visto tanta crueldad. Se le revuelve el estómago y sale fuera del bungaló para vomitar. Llama a los niños. Ninguno responde. Un escalofrío recorre su espalda y corre hacia el coche. Lori se ha dormido sobre el hombro de Adam, que se mira las manos sin levantar la vista. Mark entra en el coche, sonríe y arranca, deben huir.

Nunca descubrieron al autor de tan terrible matanza.

 

MK!

#RetodeAgosto Día 14, Tren de Domingo.

Último tren

Todos los domingos desde hace tres años cojo el mismo tren, me siento en el mismo asiento y observo a los mismos pasajeros. Diría que, además, todos los domingos contemplo el mismo paisaje, pero eso no sería cierto, el paisaje no es siempre el mismo, cambia de semana en semana, con el paso del tiempo y de las estaciones, lo que veo al otro lado del cristal no es siempre lo mismo. A veces el cielo es de un azul tan prístino y puro que parece artificial, otras veces es negro y está cubierto de espesas nubes que hacen que en mi corazón se instale la pena y en ocasiones, solo en ocasiones, no veo el cielo porque duermo.

Pero hoy es un domingo especial, es un domingo distinto, no es un domingo como otro cualquiera porque este domingo es el último en el que cojo el tren. Esta vez, al montar y ocupar mi asiento, he sonreído pensando que ya nunca más tendré que volver a coger este maldito cacharro y que nunca más volveré a contemplar los parajes que se suceden como borrones de tinta tras los cristales. Tras tres años, por fin todo va a terminar. ¿Queréis conoces mi historia? Pues entonces acompañadme en este último trayecto en tren.

Mi nombre es Juliet, sin una a al final como todo el mundo piensa. El nombre me lo puso mi padre después de que mi madre muriera tras darme a luz, nunca supe por qué eligió ese nombre porque nunca se lo pregunté. Mi padre es un hombre especial, no hablamos mucho, en estos tres años, por ejemplo, nos habremos visto solo cuatro o cinco veces, y apenas hemos hablado por teléfono, pero no se lo tengo en cuenta, sé que para él soy una decepción, pero él para mí tampoco es un gran hombre, así que supongo que estamos en paz.

Como iba diciendo, mi nombre es Juliet –recordad, sin una a al final- y todos los domingos cojo el mismo tren pero…¿a dónde? Os estaréis preguntando. La respuesta es sencilla, todos los domingos cojo el tren que me lleva desde la ciudad al campo, a un lugar de descanso y retiro llamado “El prado verde” porque está situado en medio de un enorme prado verde. Como veis, en “El prado verde” no son muy originales poniendo nombres.

“El prado verde” es un lugar de descanso para gente con problemas y gente problemática, como yo. Ya en la adolescencia mi padre empezó a ver que algo no iba bien en mí, pero no fue hasta que no llegó Megan, su flamante esposa, que no se le ocurrió pensar que yo no era más que un problema, y entonces me mandaron a “El prado verde”. En estos tres años he superado mi problema de adicción a las drogas, mis trastornos alimenticios y una depresión que hizo que estuviera a punto de suicidarme.

Han sido tres duros años en los que la rutina a la que me he visto sometida ha sido muy intensa, pero ahora  por fin todo ha terminado. Ahora que cojo el tren de domingo por última vez pienso que voy a echar de menos “El prado verde”, pero también pienso que, por primera vez en mucho tiempo, voy a poder coger un tren que me lleve a otro lugar distinto como, por ejemplo, el mar. Mi nuevo tren de domingo me llevará al mar porque, quizá, mi vida está programada para coger un tren cada domingo y así evitar romperme en pedazos.

MK!

#RetoAgosto Día 14. Tren de domingo. (Por Mariana Pospisil)

¿Alguna vez has querido ir de viaje?

¿Alguna vez has querido dar la vuelta al mundo?

¿Alguna vez lo has hecho?

Pues Laura lo ha hecho. ¿Que quién es Laura? Pues ahora mismo lo averiguaremos.

En un pequeño pueblo, en las afueras de Valladolid, vive una niña llamada Laura. Ella está obsesionada con viajar, no piensa en otra cosa desde los seis años, que se fue con su familia a Egipto, le fascinaban tantas pirámides y el cambio que había entre un pequeño pueblo, y un enorme desierto.

Por desgracia, sus padres odian viajar, en las vacaciones a Egipto, decidieron no ir, así que Laura tuvo que estar con sus tíos y sus primos. Laura no para de pedirles a sus padres irse de vacaciones a Canadá, Italia, Estados Unidos y a muchos sitios más, pero no le hacen caso. Un día, mientras se dirigía a la parada del bus escolar, encontró que en vez de un autobús, había un tren. No había raíles, solo una carretera. Laura se frotó los ojos, asombrada, y al abrirlos vio el tren, ahí parado, no había nadie en la acera ni en la carretera. De repente, un maquinista salió de él:

-¿Subes o no, niña?

-No lo sé, ¿este tren lleva a la escuela? -Dijo Laura sin dar crédito a lo que oía.

-Jajaja. Este tren lleva a donde quieres que te lleve. Entonces, ¿montas o no?

-Bueno… si es así, vale, me montaré.

Laura se montó en el tren y observó que era rojo y dorado, parecía uno de esos trenes antiguos, de hecho, se había fijado en la parte exterior y sí que era una locomotora, a Laura le parecía precioso. Se sentó en uno de los asientos y miró por la ventana. Veía como se alejaban tanto que el pueblo se convertía en un pequeño puntito. Laura estaba disfrutando del viaje cuando, de repente,se dio cuenta de que no iban al colegio, que se estaban alejando del pueblo ¿sería aquello un secuestro? Laura se estaba poniendo de los nervios.

-¡Maquinista!

-¿Qué sucede?

-¡A donde me lleva!-Gritaba Laura desesperada.

-Ya te lo dije, a donde quieres ir. – El maquinista le soltó una enorme sonrisa.

-Pero yo quiero ir a la escuela, si no voy, mis padres me matarán. Y encima es viernes, se van a creer que he hecho pellas porque el fin de semana está al caer y pensarán que me dan igual los estudios.

-No te preocupes, Laura. Cuando terminemos el viaje, y tu regreses a casa, podrás observar que nadie te habrá echado de menos.

-¿Como es eso posible? -Laura se estaba calmando.

-Veras… este tren te llevará a tus lugares más deseados, cumplirá tus sueños más maravillosos y, cuando termine, te llevará al momento exacto donde te recogimos. Así, nadie se dará cuenta de que te fuiste.

-Y… ¿a donde vamos ahora?

El maquinista la volvió a sonreír.

-Pues ahora tenemos que ir a Canadá.

-¡Eso es genial! ¿A qué esperamos?¡Qué ilusión!

Fue un viaje corto, no tardaron ni media hora en llegar. Allí visitaron reservas naturales, comieron helado, observaron animales que Laura nunca había visto antes y muchas cosas más.

Nunca nadie había visto a Laura tan feliz. Cuando se volvieron a meter en el tren, Laura se dio cuenta de que nadie se fijaba en el tren.

-¿Por qué nadie se fija en nosotros? Yo me daría cuenta de que hay un tren mágico en medio  de la carretera. -Laura empezó a reírse, el maquinista la devolvió la sonrisa.

-Porque, como has dicho, este tren es mágico. Nadie salvo nosotros dos puede verlo. Y  cuando salimos de él, la gente tiene la sensación de que salimos de algún supermercado o de alguna casa o algo por el estilo.

Laura miraba por la ventana del tren todos los hermosos paisajes que pasaban a toda velocidad. Pensaba en lo feliz y en lo afortunada que era al poder cumplir su sueño, pero a la vez sentía tristeza. Sabía que jamás podría volver a hacer un viaje como aquel, sus padres nunca la dejarían. Ante este pensamiento, Laura se sentía pequeña y débil, era su peor pesadilla, de repente, una lágrima rozó su mejilla sonrosada.

-¡No volveré a viajar nunca! No podré. -Se dijo para sus adentros.

El maquinista fue para consolarla:

-Si te sirve de consuelo, antes casi me tropiezo.

-¿Cómo se supone que me tiene que consolar eso?

-No se, pensé que te haría reír. Y… ¿por qué llora mi cliente?

-Porque este día es fantástico, pero temo no volver a hacerlo jamás.

-¡Qué tontería! Pues claro que no vas a  volver a hacer este viaje.

-¡No me consuela!Ya se que no lo voy a repetir, pero al menos podrías tener un poco        de compasión.

-Lo que quiero decir, es que este viaje en tren es único y mágico, pero tus sueños son      ilimitados. No dejes que nadie te diga que no puedes cumplirlos.

-Gracias, eso sí que me consuela.

-Menos mal, porque estamos apunto de llegar a nuestra próxima parada. ¡Italia!

Laura se limpió las lágrimas y la ilusión pudo con el miedo y la tristeza. Canadá, Italia, Estados Unidos, Australia… recorrieron el mundo entero. Fueron de país en país, de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, hasta que, un domingo por la mañana, llegó el momento de su última parada.

-Nunca te olvidaré, maquinista misterioso.- Dijo Laura con emoción.

-Yo tampoco te olvidaré, Laura. No olvides lo que te dije el otro día.

-¿Como que el otro día?

-Es domingo. Cómo pasa el tiempo ¿verdad?

-Entonces, es el tren de domingo, nunca sabes cuando va a parar.- Ambos empezaron      a reír.

El tren se movía.

-Creo que es hora de irse. – Dijo el maquinista.

Ya lejos, el maquinista gritó:

-Yo soy el alma del tren.

Laura comprendió entonces que el maquinista era en realidad el alma del tren, por eso no hacía falta controlarlo, y se movía solo. Laura estaba despidiéndose de él, cuando delante de ella apareció el autobús escolar. Ya se acordaba, era viernes, y tenía que ir al colegio. El conductor abrió la puerta del autobús, pero Laura se fijó en que el autobús era flotante.

-¿Subes o no,niña?

-Si, pero solo si hacemos algo mágico por el camino.

-Entonces, este es tu autobús.

Laura se montó en el bus. Preparada para vivir nuevas aventuras.

 

 

#RetoAgosto Día 11. Dormir hasta tarde (LesterRenard)

Un silencio sepulcral cubría la habitación de esquina a esquina y solo la luz de la televisión iluminaba la estancia. Tres colchones y el sofá servían de cama para todos los invitados. La fiesta no había acabado hasta las 4 de la mañana pero era el único que aún quedaba en pie. Sería como siempre el que más tarde dormiría y el que más madrugaría.

La suave brisa de la playa movía su pelo rubio engastado en su cabellera como preciosos hilos de seda. Estaba sentado, reflexionando, pensando, evadiéndose, perdiéndose. Entrando en un mundo tan grande que se sentía pequeño. A veces sentía que era una hormiga abrasada por la lupa de las circunstancias. Sus ojos verdes se vieron inundados por la impotencia y la rabia. Apretó las manos tan fuerte que se le marcaron las uñas en las palmas. Echó la cabeza hacia atrás sin darse cuenta de que se golpearía con las tablas de surf que estaban apiladas a su espalda.

Se despertó. O quizá también estaba despierto y aprovechó su torpeza como pretexto para no seguir fingiendo. Cuando se incorporó, el pelo que tenía recogido con un coletero se desprendió y cubrió su cara. Se lo apartó con la mano mientras le sonreía y lo miraba.

– Perdona, no quería despertarte. Dijo mientras se ruborizaba ligeramente.

– No te preocupes, si me he despertado no podría estar tan dormido.

Esa sonrisa que siempre tenía y que le mirara de continuo a los labios cuando hablaban le producían sentimientos encontrados. Su estómago daba un vuelco cada vez que lo hacía, pero aumentaba su impotencia de no poder ser quién realmente era y demostrárselo.

– Oye, ¿por qué no bajamos un rato y damos un paseo? No creo que haya mucha gente y así cogemos el sueño.

Su corazón se desbocó. Parecía que iba a salir disparado por la garganta y notaba una fuerte presión en el pecho.

– Cla… claro. Farfulló.- Como quieras.

Él se levantó primero. Luego le tendió la mano para ayudarle. Aún así, volvió a golpear las tablas que seguían en precario equilibrio detrás de él. Él se puso un dedo en la boca a modo de silencio mientras con la otra le agarraba fuertemente para levantarle. Esto hizo que su rubor se generalizará por todo su rostro, cosa que parecía hacerle gracia.

– Venga, vamos. Dijo con un tono cariñoso.

Al salir del portal prácticamente no podía caminar. Sus piernas temblaban y parecían carecer de fuerza mientras que él caminaba con decisión.

– ¿Dónde vamos?

Incapaz de hablar, señaló con un movimiento de cabeza la parte sur del paseo marítimo. La rosácea que padecía se volvió en su contra e instaló aquel tono rojizo en su cara posiblemente para el resto de la noche. Saberlo le ponía más nervioso, lo que agravaba el problema.

No intercambiaron ni una palabra en todo el camino.

– ¿Descansamos un poco aquí?

– Claro.

El silenció continuo aun cuando estaban en el banco. La presión por decir algo, unido a lo cerca que estaban el uno del otro le hizo temblar sobremanera. Quería echarse a llorar y liberar toda la presión que llevaba encima. Quería salir corriendo y esconderse en algún callejón. Quería desaparecer de ese momento y dejar de sentirse tan contrariado. Ensimismado en aquellas dudas, noto su fuerte mano posarse en la suya, algo que le hizo entrar en shock. No era un comportamiento típico de un chico heterosexual, por muy liberal que hubiera demostrado ser desde que lo conoció.

Él era un chico canadiense que acababa de llegar a Australia y que tuvo la suerte de conseguir un nutrido grupo de amigos en poco tiempo, entre ellos, ese chico que le daba la mano en ese instante. Ese chico que conoció gracias a su compañera de posgrado. Esa compañera con la que compartía su vida desde hacía seis años. Cuando la petrificación del shock fue remitiendo, le miró. Él le estaba mirando de aquella forma.

– Artyom, no sé cómo… – Comenzó el australiano
– No, no me digas nada. Lo siento.
– ¿Por qué me pides disculpas?
– No quiero hacerte sentir incómodo en ningún momento, esto no es necesario.
– Claro que lo es, quiero que entiendas una cosa.
– Lo sé, es imposible, lo tengo asumido.- Dijo tímidamente el canadiense, reuniendo el poco valor que podía demandar de la situación.

Un silencio incómodo volvió a apoderarse de su burbuja. Notó que la presión que ejercía con la mano iba desapareciendo, y con ella cualquier remota posibilidad que aún pudiera albergar. Pasaron segundos, quizá un minuto.

De pronto, la mano que yacía lánguida sobre la suya le apretó con fuerza y le volvió a mirar. Él aún cabizbajo intentaba contener las lágrimas que pugnaban por salir con fuerza titánica. Le dio un apretón fuerte y le miró. La duda y la culpa se veían reflejadas en aquel rostro que antes expresaba simpatía. Sacudió la cabeza y espetó:

– Mañana hablaré con Eva, voy a terminar con ella.

Le miró, sin decir nada, sin saber qué decir.

– ¿Estás bien?

Se miraron. Lentamente, la presión que ejercía sobre su mano se convirtió en una atracción hacia sí, entrelazando los dedos, juntando sus manos. El corazón de Artyom latía cada vez más fuerte y tuvo que entreabrir la boca para poder respirar. Empezaron a moverse lentamente el uno hacía el otro hasta que se besaron, lentamente, al son de la tranquilidad que les confería el suave embate de las olas en las rocas de la playa, del silencio de aquel paseo a las cinco de la mañana, incluso al son del titilar del casquillo de una farola, que lucía intermitente presagiando su futuro cambio. Nada había más que aquello.

Volviendo a casa, a dos manzanas del apartamento donde estaban durmiendo los demás, pudieron vislumbrar algo. Eran las rotativas de un coche patrulla.

Eva lo había escuchado todo, lo había visto todo. Ese segundo golpe a las tablas de surf la había despertado a ella. Ya lo intuía antes de aquella noche.

No podía soportarlo, tenía que hacer algo, no podía perderle.

Y de repente se lanzó, sintiéndose libre durante un segundo, que dio paso a otro segundo de arrepentimiento y al fin, a su muerte, empotrada contra el techo del monovolumen negro aparcado delante del apartamento y mirándoles fijamente mientras se acercaban, con una mirada vacía, pero llena de odio a la vez.