En el Paraíso todavía son felices IV

BÚSQUEDA

Cuando las puertas del Paraíso se cerraron para siempre para el Primitivo, comenzó a llorar. El Paraíso, aquello con lo que siempre había soñado, ahora le estaba vetado porque había cometido un pecado que ni sus dioses de barro podían perdonar. Pasó mucho tiempo en el suelo, llorando, pensando en lo que había hecho y en qué camino tomar. Cansado como estaba y sin esperanzas, solo podía esperar que la Muerte Eterna fuera a por él. Pero los dioses no iban a ser tan compasivos.

Una noche, cuando el sol abrasador se escondió y apareció la benevolente luna, el Primitivo cerró los ojos y se acurrucó sobre sí mismo. Estaba cansado y pensaba que aquella noche sería la última. Se equivocaba. Durmió durante muchos días. El sol y la luna cuidaron su cuerpo inerte día tras días, noche tras noche; mientras tanto, los dioses que lo había creado y que ahora lo odiaban, le dijeron lo que tenía que hacer si quería entrar al Paraíso, le dijeron cómo podía expiar sus pecados. El Primitivo aceptó y ellos curaron su cuerpo enfermo; rejuvenecieron sus doloridos miembros y cubrieron su piel para que las inclemencias del tiempo no lo torturasen.

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Cuando el ser Primitivo abrió los ojos, estos no parpadearon ni se sorprendieron de la luz del sol que, por primera vez, no le hizo daño. Se puso en pie y sintió que sus energías estaban renovadas, incluso parte de la tristeza había desaparecido. Tocó la puerta del Paraíso una vez más y, sin mirar atrás, reemprendió el camino, deshaciendo los pasos que le habían llevado hasta allí.

A su alrededor, todo era desierto. Los seres que una vez fueron sus amigos huían despavoridos, pero a él no le importaba. Solo tenía una cosa que hacer: encontrar al ser que había nacido de la sangre de su compañero muerto y devolverlo al Paraíso, al lugar al que pertenecía. Quizá, si lograba cumplir ese objetivo, él también podría entrar a la Tierra de la Fertilidad y olvidar todo el dolor que había sentido.

Quizá…

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Aren’t we…?

Once upon a time there was a flame. She was tiny, colorful, gorgeous indeed. Every day she woke up and sat on the same place beside the window with her minuscule legs dangling off the edge, lost in her mind, looking blankly to the horizon. Her heart was made of fire and her brain struggled for existence; there was a huge hole never fulfilled.

Routine mixed up with vacuum, even absence of mankind

Beauty never regarded

One day the flame was there no more. The wind had blown her out. She was diminished without leaving any remains, neither physical nor sentimental. She faded out completely.

This little story of the flame may seem quite rare in the eyes of the reader, but if you stop for a while and think about it, aren’t we minute flames exposed to the world’s fury? Aren’t we subjected to the love of our fellow-men? And therefore, when there is nothing left and everything has been lost, aren’t we alone?