Sangre

Había llovido durante toda la noche en el campamento Longnight, pero para los niños aquello había sido una gran experiencia y ahora, con las primeras luces del alba, el miedo que habían pasado empezaba a desaparecer para dejar paso a la euforia y a las anécdotas.

La primera cremallera que se abre es la de la tienda que comparten Morgan, Zachary, Joshua y Ryan, los más mayores del campamento y que cuentan con catorce primaveras. Ryan, el más bravucón de todos, anuncia a los cuatro vientos que va a hacer pis, como si fuera algo que todos los acampados debieran saber. Desde la tienda de al lado, la que comparten Lisa, Allison y Julia, se oye un “qué vulgar”, aunque no se distingue quien ha pronunciado las palabras mágicas que hace que entre los chicos comience un festival de eructos y de pronunciar obscenidades hasta que una de las monitoras acude a poner orden.

Mientras desayunan en el pequeño comedor del interior del bungaló de madera que sirve de oficina, sala de reunión de los monitores y habitación, comienza a llover de nuevo, pero esta vez de manera suave e intermitente. Huele a hierba mojada, a limpieza y a algo que aquellos niños de ciudad que nunca antes habían pisado el campo no saben distinguir. Los cuatro monitores, que observan atentos a aquellos niños, hablan en susurros sobre las actividades que pueden hacer durante el día, ya que ir de excursión a los lagos, como tenía previsto, no es factible.

—¡Ojalá estos niños fueran como los del mes pasado! —Exclama Bonita, la más veterana de los monitores mientras niega con la cabeza. —Con ellos podríamos haber ido al fin del mundo aunque estuviese cayendo el diluvio universal, pero con estos niños nos arriesgamos a una denuncia si pillan un simple resfriado. —Los demás monitores asienten, compungidos. El campamento ya no es lo que era, piensan todos.

Joshua comienza una guerra de comida cuando decide tirar las migas de una magdalena sobre el pelo de las chicas, que comienzan a chillar con voces estridentes, de estas que se te meten tan dentro que parece que te van a estallar los tímpanos. Bonita se estremece en un gesto de crispación y respira hondo mientras cuenta hasta diez, recordándose a sí misma que si quieren mantener el campamento abierto necesitan las matrículas desorbitadas que pagan los padres de aquellos niños maleducados y gritones.

—¡Ya está bien! Joshua, estate quieto, dejad de tirar la comida —Bonita apenas ha alzado la voz, pero ha sonado tan autoritaria que enseguida todos se quedan quietos. El pequeño comedor está hecho un desastre, Joshua, que se ha subido sobre la mesa, ha pisado los desayunos a medio comer de sus compañeros, las chicas, en un intento de huir de la lluvia de migas de magdalena, se han puesto en pie y alguna, probablemente Allison, que es la más torpe, ha tirado el mantel, por lo que el suelo está lleno de leche entremezclada con el zumo, las migas y el barro que han arrastrado al no limpiarse los pies en el felpudo de la entrada. Los demás niños, que ríen ante el espectáculo, callan sus risas y agachan la cabeza, sabiéndose cómplices de aquel espectáculo. —Como hoy no vamos a poder ir de excursión, que es lo que habíamos planeado, vais a limpiar todo el comedor —dice, amenazadora, la monitora. Desde atrás, con los brazos cruzados, los otros tres asienten muy serios. Ni siquiera ellos se atreven a desautorizarla. Los niños se quedan quietos, muy quietos. Seguro que ni saben lo que es una fregona, piensa Bonita mientras los desafía con la mirada a que se quejen. Ninguno lo hace. —Vamos, ¿a qué estáis esperando? Empezad ya —ordena.

Los niños comienzan a limpiar aquel desastre con gesto de asco. Lisa coge el envoltorio de una magdalena con dos dedos y lo lleva a la bolsa de basura alejándolo de su cuerpo como si fuera un residuo tóxico. Cuando por fin lo deja caer en el interior de la bolsa, se estremece y respira aliviada, pero todavía quedan muchas magdalenas más que recoger. A sus compañeros no les va mejor. Zachary ha volcado el cubo con agua de la fregona y entonces Lori, una niña de apenas siete años que regresaba de fregar los platos, se ha resbalado y ha caído al suelo. Lori comienza a llorar y, asustados, los monitores se acercan a ella. Mark, que además de monitor es médico, confirma que el brazo derecho de la niña se ha roto, por lo que tendrán que ir a urgencias para que se lo escayolen. Al oír que va a tener que llevar una escayola el resto del verano, la niña comienza a llorar con más fuerza, pero Mark la calma con palabras bonitas y la promesa de unas chucherías a la vuelta.

—Me la llevo al hospital, voy a llamar a sus padres —dice mientras coloca a la niña en el asiento trasero de su coche y le pone el cinto de seguridad. Desde la puerta les observa un niño pecoso, Adam, que es el hermano de Lori. —Adam, ¿quieres venir con nosotros? —Pregunta Mark, enseguida el niño asiente y corre hace ellos, preocupado por su hermana mayor.

 

—Mark sigue sin contestar —Bonita parece preocupada. Ya ha anochecido y no han tenido señales del monitor y los niños en todo el día.

—No te preocupes, si hubiese pasado algo ya nos hubiésemos enterado. A lo mejor se ha quedado sin batería. Vamos a reunir a los niños, es hora de que se vayan a dormir.

Los niños parecen intranquilos, una densa niebla ha envuelto el campamento en una especie de manto macabro que no les gusta y aunque todos tienen miedo, solo los más pequeños se atreven a expresarlo, pero en voz baja y por las espaldas, para que los mayores no se rían de ellos. Después de un último juego, los niños se van a dormir.

 

—Eh, Lisa, somos nosotros, ¿podemos entrar? —Un susurro al otro lado de la cremallera que cierra la tienda sobresalta a las chicas. Lisa cree reconocer la voz de Morgan. Las chicas se miran y Julia, la más decidida, asiente mientras les abre y les deja pasar. La tienda es pequeña y se tienen que apretujar para poder estar los siete. Alguien propone jugar a las cartas, pero la idea enseguida es desechada, para hacerlo deberían encender una linterna y la luz alertaría a los monitores, por lo que comienzan a hablar en susurros.

—¿Sabéis que hay una leyenda en torno a este lugar? —Pregunta Joshua sacando pecho. Los demás le miran sorprendidos. —Lo busqué en internet antes de venir. ¿Queréis que os la cuente? —Las chicas dicen que no, tienen miedo, pero alentado por sus amigos, Joshua cuenta la historia del campamento Longnight.- Cuentan que hacen muchos años, cuando nuestros padres tenían más o menos nuestra edad, crearon este campamento para los niños del pueblo y sus alrededores. Había tanta gente que quería venir que hacían actividades durante todo el verano e incuso en invierno, pero entonces, un año, ocurrió una desgracia terrible. Uno de los monitores se emborrachó una noche y mató a sus compañeros degollándolos con una botella rota para, después, hacer lo mismo con los acampados. Entró en una tienda, y mató a sus ocupantes, pero entonces un niño que había salido a hacer pis en mitad de la noche, le vio y comenzó a gritar, despertando a todos sus compañeros que, asustados, salieron de la tienda. Al ver lo que había pasado, el monitor corrió detrás del niño, pero los demás se pusieron en su camino y, tirándole piedras y golpeándole con palos, lo mataron. Ahora dicen que su espíritu sigue vagando por aquí, sediento de sangre —la última palabra, sangre, flota en el aire durante unos segundos, como una premonición de lo que se les viene encima. Allison, que aprieta la mano de Julia con fuerza mientras deja escapar un grito ahogado, pero entonces Joshua rompe a reír —. No me digas que te lo has creído.

—Idiota, no me gustan las historias de miedo —lloriquea la chica. Lisa, enfadada, le reprende por su comportamiento y decide dar por finalizada la conversación, echándolos de la tienda. Ellos se despiden y salen uno a uno de aquella tertulia improvisada.

La niebla se hace cada vez más y más densa. Los picos de las tiendas de campaña parecen cimas de montañas tan altas que ni la nieve quiere posarse sobre ellas. Hace frío, demasiado frío para época en la que están. Los niños se juntan, de manera inconsciente, unos a otro, se arropan con sus sacos de dormir – de última tecnología, eso sí- y duermen tranquilamente.

En una tienda, una cremallera comienza a bajarse lentamente. Muy lentamente, tanto que su movimiento apenas se percibe con la oscuridad. No hace ruido. Un niño se remueve en sueños y otro deja escapar palabras incomprensibles de su boca infantil, quizá está soñando con caramelos o, más posiblemente, con el videojuego que le espera en casa a su regreso. Pero ese niño no va a regresar. Ni él, ni ninguno de los demás.

La cremallera ha llegado al final, y entonces un destello verdoso ilumina la tienda que, de pronto, se llena de sangre. Nadie grita, nadie llora. No les ha dado tiempo. A la mañana siguiente, cuando Mark regresa con Lori y Adam, no encuentran a nadie. Les sorprende, ya deberían estar desayunando. Mark pide a los niños que no salgan del coche y él baja a ver lo que pasa. Sobre sus camas dentro del bungaló, Bonita, Josh y Jordana yacen inertes sobre sábanas teñidas de rojo. Mark se queda paralizado. Ha visto a mucha gente morir, mucha gente ha muerto en sus manos, no en vano es médico, pero nunca antes había visto tanta crueldad. Se le revuelve el estómago y sale fuera del bungaló para vomitar. Llama a los niños. Ninguno responde. Un escalofrío recorre su espalda y corre hacia el coche. Lori se ha dormido sobre el hombro de Adam, que se mira las manos sin levantar la vista. Mark entra en el coche, sonríe y arranca, deben huir.

Nunca descubrieron al autor de tan terrible matanza.

 

MK!

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