#RetoDeAgosto Día 24. Ukelele.

Era pequeño cuando veraneaba en la casa de mis abuelos, pero aún recuerdo el desván.  Un desván cuyos ventanales dejaban pasar la luz como un filtro de fotografía anaranjado.  Un desván que guardaba recuerdos y secretos de varias generaciones. Recuerdo sentarme en el suelo de los tablones de madera y que en función del ímpetu con que lo hiciera, era mayor o menor la nube de polvo que ascendía.

Recuerdo el sabor del yogurt casero de mi abuela, con un deje agrio, que comía cucharada tras cucharada observando, en medio del habitáculo, las muy recargadas paredes de madera. Solían decirme que no subiera allí, que había arañas y probablemente ratones, que solo encontraría cacharros viejos, que el polvo me haría estornudar. Yo desobedecía de forma casi sistemática. No por rebeldía, sino porque aquel desván me atraía de forma magnética, como si yo fuera el polo opuesto del imán que allí moraba.

Y allí, sin más, contemplaba. No es que fuera un niño asocial, rarito o padeciera alguna clase de anomalía que me impidiera jugar como los demás niños del pueblo. Tengo vívidos recuerdos de mi tiempo allí: Mis partidos de fútbol con los gemelos y mi hermano; las carreras de bicicletas con este último; las excursiones por las eras con mi padre;  y la hija de la vecina que me daba guisantes crudos para comer y tenía gallinas y que me gustaba más de lo que reconocía (La hija, no la vecina). Y sin embargo, si vuelvo a mi infancia, vuelvo a aquel trastero. Vuelvo a las cortinas floreadas que bailaban con la brisa, vuelvo a los discos de vinilo, a las fotos en blanco y negro de plazas de toros y corridas, vuelvo al sombrero de paja de mi abuela, a los ramilletes secos de tomillo, al olor a naftalina y… a aquel ukelele.

Nunca he desvelado el misterio de por qué guardaban ese instrumento allí mis abuelos. Ninguno de los dos ha tocado un instrumento en su vida y, sin embargo, allí reposaba, en una esquina, dejándose acariciar por la fantasmagórica luz nácar, que arrancaba destellos irisados a las cuerdas.

Si vuelvo al recuerdo del desván, vuelvo al ulular de sus cuerdas, al tacto de mis dedos pasar una sola vez, una tímida vez, por sus vetustas entrañas.

 

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