#RetodeAgosto Día 18: No hay faro en esta playa

El viejo marinero caminaba, triste y solo, por las viejas arenas de un viejo mar. Todo a su alrededor, desde las conchas que la marea había arrastrado hasta el aire que respiraba, parecía viejo y cansado. Sus botas de goma se deslizaban entre las dunas con delicadeza, dejando huellas húmedas que el mar se dedicaba a borrar meticulosamente.

Los hombros hundidos, la cabeza gacha, los ojos azules de ver tanto mar…Aquel hombre era un superviviente. Habría sobrevivido a los piratas, a los dioses y a las tormentas y, sin embargo, ahora iba a morir por una enfermedad de hombres.

Ojalá el mar me hubiese llevado con él pensaba mientras apretaba los puños dentro de su chubasquero amarillo. Oportunidades ha tenido, he sobrevivido a las peores tormentas del mundo, he vagado en balsas sin apenas agua ni comida durante días, incluso pasé un año en una isla desierta esperando a que me rescatasen y, sin embargo, voy a morir deteriorándome poco a poco. Así no es como mueren los héroes. Desde pequeño el viejo marinero había querido ser un héroe, había querido llevar a cabo hazañas increíbles, ver paisajes de ensueño y besar los labios de todas las mujeres del mundo. Y casi lo había conseguido. Rememorando todas las mujeres a las que había besado, todas las camas en las que había dormido y todos los atardeceres que su rostro había contemplado, llegó a su destino, una pequeña cala apartada y alejada de las miradas indiscretas. Mientras se quitaba el chubasquero amarillo y las botas de goma, pensaba que en aquella playa por la que tantas veces había paseado había algo antinatural, algo extraño que, sin embargo, no conseguía identificar.

Después de quitarse las botas y el chubasquero, se quitó el viejo jersey que había perdido el color después de tantos lavados, la camisa con los puños descosidos y el pantalón que le venía grande, quedándose solo con los calcetines y la ropa interior. Apesadumbrado, el hombre se miró los pies y, después de pensárselo, se quitó los calcetines. Las cosas había que hacerlas bien o, si no, no se hacían.

El frío aire con olor a sal le golpeó con violencia, pero en peores condiciones había navegado, por lo que no le dio importancia, sino que abrió los brazos y se llenó los pulmones de aquel familiar olor. Sonrió y una pequeña lágrima cayó rodando por su mejilla, pero él no se la limpio. Después de tantos años había aprendido a no avergonzarse de llorar, además, no había nadie que pudiera verle.

Cuando sintió que su piel empezaba a entumecerse, respiró hondo y caminó hacia las aguas salobres del mar, dejó que las olas mordiesen sus tobillos primero, sus artríticas rodillas después, sus pantorrillas, su vientre, su pecho, su rostro. Dejó que el mar devorase su cuerpo, dejó que la sal llenase sus pulmones y que el agua emborronase su visión. Y cuando ya estaba a punto de exhalar su último suspiro, se dio cuenta de qué era lo raro en aquella playa: no había faro.

 

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