#RetodeAgosto Día 18: Zapatillas de agua y canela

La habitación olía a canela, un olor familiar y agradable para Tess que, sin embargo, siempre había molestado a Lara. Ahora, tumbada en la enorme cama que tiempo atrás ambas habían compartido, Tess se sentía sola y vacía, como si le hubieran arrancado una parte del corazón. Días atrás Lara se había marchado para no volver y aunque había intentado hacerla cambiar de idea, la chica era testadura y, con su maleta en la mano, había desaparecido para siempre de la ciudad y de su vida.

Tess se puso en pie y las frías baldosas hicieron que un escalofrío recorriese su espina dorsal. Antes ahí había unas zapatillas de agua, de estas de plástico azul que se iba poniendo amarillo con el paso del tiempo. Lara se las había comprado en sus primeras vacaciones juntas porque ella las había olvidado en su casa y en el balneario al que habían acudido no te dejaban entrar si no llevabas zapatillas. Tess sonrió recordando aquellas vacaciones.

Descalza y con la canela impregnándose en su piel como melaza, se acercó a la ventana de la habitación, una ventana pequeña que no iba en consonancia con el resto de la habitación en la que todo, desde los techos hasta el sofá, era gigantesco. Aquella sala no había sido nunca concebida como una habitación, sino más bien como un desván o un trastero, pero nada más verla Lara se había enamorado de ella y había decidido que allí tenían que montar su dormitorio. Tess no puso objeciones, a ella le daba igual dormir en un sitio que en otro, aunque a su familia no le hizo demasiada gracia, la casa era lo suficientemente grande como para que pudiesen ocupar una habitación que les permitiese cierta intimidad, no había necesidad de arreglar aquel viejo desván.

Lara y Tess, solas, habían limpiado gran parte de la habitación, habían metido todo en cajas, habían rescatado algunas cosas que les podían servir, habían pintado las paredes, cambiado los suelos y abierto aquella ventana que, sin embargo, era demasiado pequeña. Frente a la ventana había una pequeña mesa con un par de tazas de té que nadie se había molestado en recoger. Una de las tazas todavía tenía algo de líquido en su interior pero la otra estaba vacía, vacía como su corazón. Furiosa, Tess cogió la taza en la que todavía quedaba té  y la lanzó contra la pared. Enseguida una enorme mancha  comenzó a esparcirse, las esquirlas de la taza saltaban en todas direcciones y el olor a canela se intensificó. Tess se dejó caer en el suelo con los ojos anegados en lágrimas y pensando, una vez más, que ojalá Lara no se hubiera llevado sus zapatillas, porque ahora, seguramente, se clavaría los pequeños trozos de porcelana en los pies.

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