#RetodeAgosto Día 17: Dos helados navegantes.

A lo lejos suena un piano, ¿un piano? ¿Cómo es posible, si estamos en medio del mar? Me inclino un poco y la inestable barca en la que viajamos se tambalea, pero yo no me doy cuenta de ello, sólo sé que oigo un piano. Mi compañero abre los ojos y gruñe algo, pero ya no tiene fuerzas para hacer nada. Miro en todas las direcciones, pero sólo veo la oscuridad y, agotado, me dejó caer en el interior de la barca. ¿Cuántos días llevamos vagando a la deriva en aquel inmenso y helado mar? Ya no lo recuerdo, pero hay tantas cosas que ya no soy capaz de recordar, por ejemplo, el azul del cielo en un día soleado, los rayos de sol sobre mi piel, la arena entre mis dedos, el rostro de mi enamorada e incluso mi nombre. Sí, he olvidado mi nombre.

Voy a decirle algo a mi compañero, algo que sirva para romper la monotonía del murmullo del mar, pero no me responde. Se habrá dormido, pienso, aunque sé muy bien que una vez que te duermes, ya difícilmente vuelves a despertar, pero no quiero pensar que está muerto. Aceptar que mi amigo está muerto es aceptar que yo soy el último y que mi muerte también está cercana, por lo que me hago un ovillo en el mojado suelo de la barca, me tapo con mi pesado y empapado abrigo de marinero, me recoloco la gorra y comienzo a hablar tratando de recordar mi nombre, pero no soy capaz. Después de un largo intentándolo, me doy por vencido y me tumbo bocarriba, contemplando el cielo. A lo mejor nunca he tenido un nombre. Mi voz suena rara, está ronca, sin fuerza casi, me duele la garganta al articular cada palabra, pero no me importa, mis oídos necesitan escuchar algo que les haga seguir funcionando.

Me niego a morir sin un nombre. Me niego a morir cayendo en el olvido de la eternidad. ¿Por qué de, entre todo lo que podía olvidar, he tenido que olvidar mi nombre? Un nombre lo es todo, sin nombre, las cosas serían aterradoras y nada tendría sentido, y yo quiero que mi muerte tenga algún sentido.

A lo mejor he olvidado mi nombre porque el nombre que me dieron mis padres no me gustaba, a lo mejor era un nombre vacío y carente de vida, a lo mejor no era un nombre adecuado para mí. Sí, tiene que ser eso, el nombre que me dieron al nacer no era el nombre que, por derecho, me corresponde pero, ¿qué nombre me corresponde? No tengo mucho tiempo para pensarlo, dentro de poco comenzaré a vagar por la eternidad, y vagar por la eternidad sin un nombre no creo que sea algo agradable.

Mientras pienso en un nombre para mí me viene a la mente la historia de un antiguo héroe que se libró de una muerte segura diciendo que su nombre era Nemo, que en su lengua quería decir Nadie. Rememorando aquellas aventuras que de niño mi abuela me contaba, decidí que Nemo era un buen nombre para pasar toda la eternidad. Después de decidir que ese sería mi nombre, se lo comuniqué a mi compañero, que no respondió, y me senté a su lado, cerré los ojos y empecé a contarle las aventuras del héroe hasta que el frío me lo impidió.

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