#RetoAgosto Día 11. Dormir hasta tarde (LesterRenard)

Un silencio sepulcral cubría la habitación de esquina a esquina y solo la luz de la televisión iluminaba la estancia. Tres colchones y el sofá servían de cama para todos los invitados. La fiesta no había acabado hasta las 4 de la mañana pero era el único que aún quedaba en pie. Sería como siempre el que más tarde dormiría y el que más madrugaría.

La suave brisa de la playa movía su pelo rubio engastado en su cabellera como preciosos hilos de seda. Estaba sentado, reflexionando, pensando, evadiéndose, perdiéndose. Entrando en un mundo tan grande que se sentía pequeño. A veces sentía que era una hormiga abrasada por la lupa de las circunstancias. Sus ojos verdes se vieron inundados por la impotencia y la rabia. Apretó las manos tan fuerte que se le marcaron las uñas en las palmas. Echó la cabeza hacia atrás sin darse cuenta de que se golpearía con las tablas de surf que estaban apiladas a su espalda.

Se despertó. O quizá también estaba despierto y aprovechó su torpeza como pretexto para no seguir fingiendo. Cuando se incorporó, el pelo que tenía recogido con un coletero se desprendió y cubrió su cara. Se lo apartó con la mano mientras le sonreía y lo miraba.

– Perdona, no quería despertarte. Dijo mientras se ruborizaba ligeramente.

– No te preocupes, si me he despertado no podría estar tan dormido.

Esa sonrisa que siempre tenía y que le mirara de continuo a los labios cuando hablaban le producían sentimientos encontrados. Su estómago daba un vuelco cada vez que lo hacía, pero aumentaba su impotencia de no poder ser quién realmente era y demostrárselo.

– Oye, ¿por qué no bajamos un rato y damos un paseo? No creo que haya mucha gente y así cogemos el sueño.

Su corazón se desbocó. Parecía que iba a salir disparado por la garganta y notaba una fuerte presión en el pecho.

– Cla… claro. Farfulló.- Como quieras.

Él se levantó primero. Luego le tendió la mano para ayudarle. Aún así, volvió a golpear las tablas que seguían en precario equilibrio detrás de él. Él se puso un dedo en la boca a modo de silencio mientras con la otra le agarraba fuertemente para levantarle. Esto hizo que su rubor se generalizará por todo su rostro, cosa que parecía hacerle gracia.

– Venga, vamos. Dijo con un tono cariñoso.

Al salir del portal prácticamente no podía caminar. Sus piernas temblaban y parecían carecer de fuerza mientras que él caminaba con decisión.

– ¿Dónde vamos?

Incapaz de hablar, señaló con un movimiento de cabeza la parte sur del paseo marítimo. La rosácea que padecía se volvió en su contra e instaló aquel tono rojizo en su cara posiblemente para el resto de la noche. Saberlo le ponía más nervioso, lo que agravaba el problema.

No intercambiaron ni una palabra en todo el camino.

– ¿Descansamos un poco aquí?

– Claro.

El silenció continuo aun cuando estaban en el banco. La presión por decir algo, unido a lo cerca que estaban el uno del otro le hizo temblar sobremanera. Quería echarse a llorar y liberar toda la presión que llevaba encima. Quería salir corriendo y esconderse en algún callejón. Quería desaparecer de ese momento y dejar de sentirse tan contrariado. Ensimismado en aquellas dudas, noto su fuerte mano posarse en la suya, algo que le hizo entrar en shock. No era un comportamiento típico de un chico heterosexual, por muy liberal que hubiera demostrado ser desde que lo conoció.

Él era un chico canadiense que acababa de llegar a Australia y que tuvo la suerte de conseguir un nutrido grupo de amigos en poco tiempo, entre ellos, ese chico que le daba la mano en ese instante. Ese chico que conoció gracias a su compañera de posgrado. Esa compañera con la que compartía su vida desde hacía seis años. Cuando la petrificación del shock fue remitiendo, le miró. Él le estaba mirando de aquella forma.

– Artyom, no sé cómo… – Comenzó el australiano
– No, no me digas nada. Lo siento.
– ¿Por qué me pides disculpas?
– No quiero hacerte sentir incómodo en ningún momento, esto no es necesario.
– Claro que lo es, quiero que entiendas una cosa.
– Lo sé, es imposible, lo tengo asumido.- Dijo tímidamente el canadiense, reuniendo el poco valor que podía demandar de la situación.

Un silencio incómodo volvió a apoderarse de su burbuja. Notó que la presión que ejercía con la mano iba desapareciendo, y con ella cualquier remota posibilidad que aún pudiera albergar. Pasaron segundos, quizá un minuto.

De pronto, la mano que yacía lánguida sobre la suya le apretó con fuerza y le volvió a mirar. Él aún cabizbajo intentaba contener las lágrimas que pugnaban por salir con fuerza titánica. Le dio un apretón fuerte y le miró. La duda y la culpa se veían reflejadas en aquel rostro que antes expresaba simpatía. Sacudió la cabeza y espetó:

– Mañana hablaré con Eva, voy a terminar con ella.

Le miró, sin decir nada, sin saber qué decir.

– ¿Estás bien?

Se miraron. Lentamente, la presión que ejercía sobre su mano se convirtió en una atracción hacia sí, entrelazando los dedos, juntando sus manos. El corazón de Artyom latía cada vez más fuerte y tuvo que entreabrir la boca para poder respirar. Empezaron a moverse lentamente el uno hacía el otro hasta que se besaron, lentamente, al son de la tranquilidad que les confería el suave embate de las olas en las rocas de la playa, del silencio de aquel paseo a las cinco de la mañana, incluso al son del titilar del casquillo de una farola, que lucía intermitente presagiando su futuro cambio. Nada había más que aquello.

Volviendo a casa, a dos manzanas del apartamento donde estaban durmiendo los demás, pudieron vislumbrar algo. Eran las rotativas de un coche patrulla.

Eva lo había escuchado todo, lo había visto todo. Ese segundo golpe a las tablas de surf la había despertado a ella. Ya lo intuía antes de aquella noche.

No podía soportarlo, tenía que hacer algo, no podía perderle.

Y de repente se lanzó, sintiéndose libre durante un segundo, que dio paso a otro segundo de arrepentimiento y al fin, a su muerte, empotrada contra el techo del monovolumen negro aparcado delante del apartamento y mirándoles fijamente mientras se acercaban, con una mirada vacía, pero llena de odio a la vez.

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