#RetoAgosto, día 6: Medusa

“Te salvaré, Perseo”.

La luna titilaba sobre un espejo salado mientras por la seda de la playa dos pares de huellas dejaban su marca. Pequeñas conchas se clavaban en los pies que rompían aquel lienzo como castigo por su atrevimiento, pero el dolor era tan nimio que casi hasta resultaba agradable, como un cosquilleo susurrante.

En los oídos de los dueños de los pies resonaban las baladas furiosas del mar, el canto de las sirenas que trataban de hechizarlos y el grito desesperado de los marineros atrapados en sus redes. Pero para ellos todo esto era ajeno y el romper de las olas contra sus pantorrillas no era más que una melodía divertida que, de vez en cuando, les hacía dar pequeños gritos de sorpresa.

Como venganza, el dios del mar mandaba borrar las huellas para que nunca nadie recordase a aquellos rebeldes que se atrevían a turbar la paz de su reino, pero para ellos aquello no era más que un juego de niños y pasar a la posteridad no era su objetivo, por lo que el dios podría borrar los vestigios de su existencia, las huellas de sus pasos, el aire que devolvían al mundo que, mientras estuvieran juntos, todo lo demás no tendría importancia.

El dios cada vez se enfadaba más y más, ya no porque se atrevieran a romper la pintura que con tanto esmero había dibujado, sino porque decidieron sumergirse en la ambrosía de los dioses sin serlo. Los dos rebeldes dejaron sus ropas un poco alejadas de la orilla, donde la furia de Neptuno no llegaba, y corrieron, desafiantes, como los soldados de Leónidas ante el enemigo. Sus gritos hicieron callar a las sirenas que, temerosas de la furia de su padre, recogieron sus redes con los marineros dentro y se sumergieron en el fondo del océano, arrastrando los gritos de auxilio con ellas a las profundidades, acallándolos para siempre y haciendo que su recuerdo se perdiera en los fríos abismos marinos.

Como un héroe clásico, él tomó la blancura de su acompañante en brazos mientras la sal se pegaba a sus pieles. Unos dedos largos y finos, como esculpidos por el cincel de Michelangelo Buonarroti, se enredador en unos rizos de fantasía del color del cielo a la medianoche, cuando la luna está alta, redonda y brillante. Sus voces resonaban ajenas en medio de aquella soledad como ecos o susurros fuera de lugar. Unos labios sobre otros sellaron las palabras que devolvieron la calma y la paz al mar, pero entonces el dios culminó su venganza y un pequeño ser, oculto por el susurro de las olas y por la oscuridad en la que parecía haberse sumido el mundo, golpeó con su aguijón el tobillo del héroe, que inmediatamente se convirtió en piedra para alejarse mecida por el vaivén de las olas con delicadeza.

Un grito atronador rompió la noche y un chapoteo volvió a romper el silencio. Los dedos de Michelangelo rozaron el rostro pétreo de quien le había sostenido en brazos, y con la voz rota por el dolor y la furia brillando en sus ojos de cristal, hizo una promesa:

—Te salvaré, Perseo.

MK!

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