#RetoAgosto Día 5. Camino de Santiago

Papá

Dime Santiago.

¿Me llevará el abuelo a Santiago?

Pregúntale a tu padre.

La arena le llamaba y le decía ven, písame, pisa un poco más profundo y verás tus pies ahogarse entre mis brazos y los de mi amante, ven, dijo, y él fue. El viento rozaba sus orejillas de jabato. Sabía que sus zapatillas nuevas no aguantarían la fricción de las rocas. La mujer había insistido en que combinaban con los pantalones cortos caquis de bolsillos y la camiseta de fui a Santiago y me acordé de ti. El niño la llevaba con orgullo, rozaba el mundo de lo invisible con ella. Se había hecho un arañazo y la culpa caería sobre el viejo en unas horas. No pasaba nada, adentrarse en el agua salada, fría y después caliente, helada, eso era vida. A su hijo nunca le había gustado la playa, nunca le había acompañado a pescar, al fin y al cabo ”eso es de brutos,” prefería mearse en la piscina. El niño era propiedad suya, un alquiler breve. Había contado los días hasta que bajó con su tez rojiza y los mofletes de haber llorado del Volkswagen de seis plazas.

Fran había cogido tripa, su yerno no le caía del todo mal, pero tampoco pisaba más allá de la zona de arena blanda de la playa. <<¡Un cangrejo!>> Un alevín. El viejo sujetó al animal, aún blanquecino, por la parte de atrás para enseñárselo. Santiago también quería cogerlo; Santiago quería cogerlo todo. No lo hacía mal, una voz metálica le indicaba los pasos desde su bolsillo. Dejó el bicho en la arena con la lengua entre los dientes por el esfuerzo; a los tres minutos corría hacia la siguiente piedra. “Cuidado,” gritó, y la marea se llevó unas gotitas de saliva reducidas al coñac. Estaba en la edad en la que las cosas malas le pasaban a los críos del telediario, pero el viejo sabía que las rocas, como el mar, tenían su genio.

Cuatro pies mojados apuntaban hacia el cielo negro y los calcetines colgaban derrotados junto a un fuego vanidoso y fatuo, olían a queso rancio y aguas estancadas. No le agradaban esas nuevas hogueras que habían construido. La luz de la luna iluminaba el plano que caía desde el monte taimado hacia la playa sin prisa pero sin pausa. Tres lucían orgullosas (salvo una de ellas que rezagada se agitaba inquieta) en tres entramados de acero inoxidable parecían gritar ¡Chillida! ¡Chillida! al son de la discusión de los propietarios de la hoguera más occidental. La pareja, sin ropa y untados en un mejunje de lodo y arena parecían unir unas frases con las otras en un regateo de primera división mientras una belleza adolescente les miraba. 2pac le contaba al oído lo que a ella le hubiera gustado decirles. Nuestro hombre soñaría con las regiones oscurecidas en una mezcla de pelo, lodo y salitre, brillantes y expuestas. No pasaría frío aquella noche. “Esa es la osa mayor,” <<¿Quién te ha enseñado eso?>> “Siri y Fran.” Tenía pinta de ser una tipa simpática. Al pronunciar el nombre del segundo, dueño de un Volkswagen gris de seis plazas, un trozo de lubina salió disparado de su boca hacia el fuego, lo que produjo una carcajada en ambos, niño y abuelo, bañada por una lluvia de pescado asado. El niño miraba fijamente la cara de su mayor, entornaba los ojos y abría la boca para decir algo pero volvía a mirar hacia los troncos apilados moviendo la cabeza sonriente. “No me gustan tus arrugas,” y el viejo le advirtió que llegarían, siempre llegaban, pero aún le quedaba mucho para eso. Santiago, como santo que obra un milagro, jamás tuvo una en su cara de pecas Normandas. Las arrugas son como las marcas harmónicas de los árboles, su estética es compleja y su secreto solo lo conocen unos pocos, pero aprendes a amarlas, las veneras, las acaricias y te sorprendes bajo su tacto, pero tus dedos no se retiran. Perdido en la reflexión, que le había parecido muy profunda, miró el viejo lobo las zapatillas del niño por segunda vez y unas luces intermitentes le deslumbraron en la oscuridad de la noche, definitivamente no le gustaban.

La mañana clareaba y al abrir los ojos, el hombre cansado vio cómo Santiago se alzaba digno hacia el noreste, cerca del sol bajo del amanecer lucense. Se había propuesto enseñarle el secreto de la vida, mentirle vilmente, traicionarle con esa información que no había descubierto. Gruñendo, se limpió las legañas y bebió un trago de una elegante petaca. Vamos, vamos abito, los demás ya se han ido hace mil años. Le gustaba esa energía, aún le quedaba un poco a él mismo de la misma medicina, y con ese pensamiento se subió la cremallera del pantalón tras descargar los excesos de la noche. Aaah, los placeres del amanecer en el campo a cielo abierto, expuestos a los ojos del voyeur, donde uno se cree refugiado del pin pan pun, pin pan pun pi pi pi pon chis pun de la vida real. Le sabía la boca a patatas, la lubina había muerto entre ellas, el anciano astuto también sabía que debería haber metido una o dos naranjas en la mochila, otra tragedia para añadir a la lista que cargaba sobre sus hombros cada minuto y diecisiete segundos.<<¡revisión de ruta!>> “10 kilómetros siguiendo mi camino, siguiente parada en postal,” “de acuerdo, dormiremos pues en una agradable postal”.

Recordaba cuando las subidas le gustaban. Subir y bajar era a fin de cuentas el mantra de la vida, tanto como meter y sacar, reír y llorar, pero bajar se había convertido en lo más fácil y cómodo. Aun así hacía un buen día, la humedad no era demasiado agobiante y el viento soplaba de cara. “Abito, sé que no vamos hacia Santiago.” Era listo. Fue a decir algo pero la voz metalizada le interrumpió informando de que les quedaban tres kilómetros para llegar a su destino; Santiago le dio la mano a su abuelo y le regaló otra sonrisa. No tenía muy claro quién de los dos había mantenido el espíritu secreto de la aventura. Sujetó al niño con la palma de sus manos cubriendo sus mejillas pecosas y fresquitas y le miró a los ojos. Le había cazado con el dedo bien dentro, regocijándose en su blandiblú verde lechoso. El nieto se escurrió entre sus manos y fue trotanto feliz hacia la valla que les separaba del siguiente repecho, donde las vacas pastaban tranquilamente. El crío las miro fascinado, haciendo ruidos mientras examinaba los límites de aquella frontera que se extendía kilómetros hacia a derecha y cincuenta metros a la izquierda para desembocar en la ladera rocosa, víctima o verdugo del embate de las olas. Si eran marrones no eran vacas. El abuelo explicó el plan a su alquiler a corto plazo invadido por un sentimiento juvenil de gamberro. Él mismo pasaría la valla por encima con cuidado de no cortarse y luego auparía al pequeñajo; y así procedieron. Su pierna no le daba tregua. Al levantar la mirada el plano oeste rezaba la paz y el silencio de la soledad. Sus rodillas cansadas golpearon el suelo tras volver a cruzar la valla y observar el vacío de la lejanía, había caído en el engaño. O Hospital vería unas luces intermitentes en su niebla escarpada al son de las campanas de Ribadeo, que marcarían los pasos menguantes del abuelo, caminando siempre hacia Santiago.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s