#RetoAgosto Día 4. Aterrizaje

Las ruedas del carrito de servicio del avión se colaban en la cabeza de Marcos aún cuando se puso los auriculares. El dolor de cabeza no desaparecía y aquel ruido estridente no contribuía a su extinción. Pasó la mano entre el vertedero que había creado en la bandeja adherida al asiento frontal en aquel vuelo de bajo coste. Se elevaban pequeños montículos creados por botellas de Coca-Cola mini ocultas bajo un manto de envoltorios de patatas fritas y otros snacks. Miró a su compañero de fila, un adulto de unos treinta años cuyo olor a cerveza rancia había hecho suponer a Marcos cual había sido su solución a un viaje tan incómodo como aquel. El trayecto del Aeropuerto de Tenerife Norte al Aeropuerto de Barajas se volvía tedioso cuando te veías obligado a realizarlo dos veces por semana, cuando no tres.

Las estrellas parecían más cercanas desde ahí. Dos dragones, uno blanco y otro azul, lo acompañaban en su vuelo. Ardía pero no se quemaba, pues no tenía cuerpo, al menos no como lo conocemos las personas. Empezó a comprender sobre lo humano en su camino hacia una montaña rodeada de abetos en espiral que terminaban en una planicie perpendicular a la cima, con forma disco.

Allí le encontró. Sus poderosos ojos traspasaron lo que quisiera que fuera ya, infundiéndole con una mezcla de miedo y respeto que nunca sería capaz de definir. Su dura voz le hizo alejarse y elevarse de nuevo, notando a su espalda el empuje de un fuerte poder que se clavaba en él como una lluvia de afilados alfileres.

Conforme se desvinculaba de aquello, volvió a notar ese hedor a cerveza añeja que se había instalado en su pituitaria. No había sido más que un sueño necesario inducido por el agotamiento e interrumpido por un codazo de su compañero, al que despertó al intentar volver a acomodarse.

Lo miró y vio sus ojos. Los ojos de él.

De pronto su boca se transformó en algo parecido a un sumidero infinito, sin fondo. Toda la gente a su alrededor empezó a sangrar, por nariz, boca y ojos, regando el rugoso suelo del fuselaje del avión de turbia y oscura tinta roja. Ese sonido volvió a destrozarle los tímpanos, notando como una gota de sangre iba cortando su cara al caer sobre su mejilla.

Sólo pudo entender una frase antes de que sus ojos se inundarán de sangre, mientras su corazón se iba vaciando latido a latido por las múltiples laceraciones que sus propias gotas de sangre iban produciendo en su cuerpo. Una frase que le hizo temer lo que le esperaba después de morir más aún que la muerte en sí misma.

– Yo soy la eternidad y el vacío

El escritor se despertó de nuevo, en su escritorio, en frente de un folio en blanco y los dedos manchados de tinta roja.

LesterRenard

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