#RetoAgosto día 3. Tormenta de verano.

Amelia se tumbó en su mullida cama y se la antojó tan suave como la consistencia del algodón de azúcar que venden en la feria o el aleteo de aquella osada mariposa que una vez rozó su mejilla, justo antes de estremecerse, plegar las alas, y por alguna razón, dejarse caer. Se estiró luego cuanto pudo para asomarse por el alféizar de la ventana, con esta entreabierta, para permitir el paso a la corriente y, todo sea dicho, para que también que el olor a ozono característico de las tormentas de verano invadiese su habitación y despejase sus pensamientos.
El día había estado bochornoso, pegajoso y especialmente húmedo. Eso la agobiaba un poco. Tampoco ayudaba que, en días como aquel, su vecindario se revolucionara por completo y pareciera ponerse de acuerdo para invitar a sus familiares y amigos a su pequeño pueblo de vacaciones aun con los riesgos que ello implicaba. Hace tiempo que sabía que su pueblo no era un lugar seguro, no mientras siguiera habiendo desapariciones mensuales. Mas, sin embargo, permanecía impotente contemplando cómo la población,  en días bochornosos como aquel, incrementaba hasta casi duplicarse. Esto sumía a la niña en un bucle de agobio y desesperación. Por si todo ello fuera poco, además de su irascible y extraño humor en esos días, también sentía su cuerpo más pesado e indolente.

Así que allí estaba Amelia en sus vacaciones de verano y, como temía que sucediese, ese estado de incómodo letargo, dio paso a la nostalgia. Amelia se empezó a acordar de aquellos amigos y conocidos a los que no había vuelto a ver, cuyo recuerdo era dolorosamente más difuso conforme avanzaban los días.
Quiso escapar y soñó entonces. Soñó, como tantas otras veces, que abandonaba aquel lugar; que volaba; que huía del peligro de la acusada delincuencia de su hogar; que se reunía en cierto modo con sus seres queridos… Y, conforme lo hacía, se sintió liviana como una pluma y libre como el viento (que por cierto, había acrecentado para entonces su agradable olor a ozono).  Con los ojos cerrados, se dejó llevar a merced de su imaginación con una sonrisa casi fosilizada en su rostro mientras sobrevolaba mentalmente todo cuanto conocía.
Solía hacer esos viajes a menudo, pero algo había en aquel viaje fuera como fuere inusual. Al abrir los ojos, su habitación se había visto reemplazada por una densa y extraña neblina que le trajo de golpe a la realidad. Caía, caía de verdad. El pánico la hizo rebelarse en el aire, lanzando patadas y tratando de asirse a cualquier cosa, aun a sabiendas de que era inútil. Quién sabe cuánto tiempo estuvo cayendo Amelia en aquella tormenta de verano, antes de empezar a disfrutar de la caída. Estiró los brazos y se sintió como aquella mariposa que tras rozarla inundó sus alas y comenzó a caer en picado. Se supo al fin libre de ataduras, dueña de su destino y, al fin, encontró su lugar justo antes de impactar contra el suelo de esa gran ciudad de la que ella nunca antes había oído hablar, salpicándolo todo.

Amelia solo era una gotita más –ahora libre– que había abandonado su nube…

…En una tormenta de verano.

(Ahora te invito a volver a leer el relato, sabiendo la verdadera naturaleza de Amelia:) )

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