#RetoAgosto día 2. Atrapasueños

Un hombre joven y apuesto caminaba solo junto a la vía del tren a las doce menos cuarto de un dos de agosto. Llegaría en cualquier momento, pero a él no le importaba demasiado. No tenía que coger ningún tren, tampoco se le había ocurrido la posibilidad de ir a ningún sitio. Él mismo decía, si le preguntaban, que era demasiado cobarde como para planteárselo. Es bastante irónico, si uno se para a pensar que había viajado a más países que tú y que yo. Dejar todo, ser libre. ¿Libre de qué? ¿no lo era? Dependía del día. Mientras pegaba patadas patosas a una botella de Pepsi se planteó la pregunta de nuevo, pero se le olvidó a los pocos segundos, duró lo que dura una patada y después vacío, como siempre, como todos, y un dolor frívolo en el pecho o en la garganta, lexatin en vena.

El hombre se sentó en un banco teniendo especial cuidado de alejarse de unas motas sospechosas que cubrían el ala izquierda y cruzó sus piernas imberbes mirando a la señora de al lado <<¿Qué es eso que lleva ahí colgado?>> la voz de la mujer, estridente y sobria, sonó como suena el retorno de una comida fuerte a la boca. En los breves segundos entre lo socialmente aceptado y el silencio incómodo, el varón no supo de qué le estaba hablando. Pasando una mano ligeramente temblorosa por su pelo olor a coco y fritanga, miró hacia su pecho y vio el objeto que trataba de escapar del hueco ajustado entre su piel y el cuello de barco de la camiseta. “Un drim..kacher…un atrapasueños vamos.” Ella apretó sus muslos bajo el vestido beis de franela y él sintió sus ojos en su abdomen y pecho como si  estuvieran dentro de su propio cuerpo, agitándole. La anciana enseñó la dentadura blanca en sabia inocencia al contestarle: hazte con todos, hijo. Escondió el suvenir tras su prenda negra, pegada por el calor del mes a su cuerpo, dejando ver las formas circulares del objeto. A Emma le habría gustado, tenía su habitación decorada con esas historias. Su sobrina era una chica simpática, aunque ahora decía que era gótica y sus padres no estaban muy contentos.  Tenía un buen colchón, proyecto de Barbie los martes y jueves, académica los lunes y gracias por la colaboración, sigue jugando . Ahora que lo pensaba, era bastante estúpida. Había comprado aquel objeto para ella, pero al final había decidido quedárselo.  Quedaría bien en su coche, una bonita foto de Instagram, filtro Valencia, desenfoque radial. Bien sabía él que no dejaría a nadie acariciar sus plumas.

Saboreaba una caña fresquita apoyado en la barra de un bar móvil preparado para el verano mientras un grupo de seis o siete niños hacían cola para comprar helados. Dos de ellos se estaban peleando. Él nunca había pegado a nadie, pensó, le gustaría probarlo, pero ah… a quién puede pegar uno hoy en día. “Deme el periódico, <<¿cuál quiere?>> Cualquiera. Nunca compraba el periódico, se lo metió debajo del brazo y a los dos minutos pasó las páginas rápido, para aparentar que hacía algo, disimulando nervioso, mientras los pasajeros del tren de las doce, que llegaba con cinco minutos de retraso, bajaban alegres y tristes, semienteros. Bajaban los tipos de interés. Los nuevos viajeros comenzaban a subir poco a poco, parecían ovejas, un gran redil multicolor de balones de Nivea, pareos y hasta un sombrero y él, entre la multitud, con un periódico, paseante y anónimo. Vieron sus ojos en un recuerdo de pelo negro canoso una cabeza cabizbaja, como mirándole, pero sin mirar, ¿mirando al suelo? No lo sabía, daba igual. La vio un día y otro, y otro más la vio hablando de trivialidades. También en una carcajada, “Disculpe, no le he visto,” “mire por donde va,” “sí sí.” Seguro que sus piernas olían a vainilla de Madagascar. Patético. Único poseedor de ese conocimiento hecho a medida para el fastidio de cada uno. Se puso los cascos y le entraron ganas de bailar. If I go there will be troubleeeeeee and if I stay there will be doubleeee…pero no somos de piedra ¡nacimos de la erosión! “Está bueno, pero mi gaydar está pitando ahora mismo,” <<¿Está bailando o es cosa mía?>>

Le hubiera gustado decirles algo. Había apagado la música y estaba enfadado, su ceño fruncido se bañaba en dos gotas de sudor-concretamente dos. Les hablaría de su pelo negro canoso y de los ojos que no le miraban y probablemente también de su voz y de qué, aunque la mayoría la odiaban, él ahora mismo les estaba hablando de ella. Le dieron ganas de subir un tweet hater, pero se contuvo, acababa de acordarse de que nunca había usado Twitter. Se resignaría a un poco de silencio y astucia. El metal de la cinta de rayos x brillaba nuevo al sol que se colaba furtivo por los hierros contorsionistas del techo renovado en 2012. Se respiraba la impaciencia en el ambiente y parecía oírse el rugido mudo de la multitud. Miraba sus caras hambrientas y sudorosas, bellas bajo la luz del verano. Un golpe de plástico le empujó bruscamente hacia la pareja de delante. Colonia de Nenuco, dolor de pituitaria. Las chicas de atrás movían una colchoneta hinchable naranja al ritmo de una risa espeluznante; él también quería una.

Se fijó en la pareja, nunca le habían gustado las bolsas de playa que daban con las cremas, pero echó un vistazo al contenido: toallas conjuntadas, aceite para el sol, unas palas y un ejemplar de 10 claves para la felicidad; trató de mirar que había debajo pero no pudo, las claves le tapaban la vista.  El joven, temblando, metió de sopetón el atrapasueños bajo el libro. El brazo de él reposaba en el hombro derecho de ella, demasiado morena para ser verdad. Se les imaginó en su destino vacacional, en la indulgencia paradisiaca del buffet, la decoración de la habitación del Barceló y ese olor a agua que invadía los pasillos abovedados vestidos de arcos y fuentes. Imaginó, o predijo, el momento en el que se sentaban en una de aquellas tumbonas codiciadas y ella pedía que le echase crema en la espalda con la clave de la felicidad en la mano. Y la noche, con restos de arena en la piel húmeda y aceitosa, una mirando hacia la ventana de la derecha, expresión neutra, su cuello y cabeza ejerciendo cierta presión sobre la almohada y el otro entre suspiros de tenista, los codos clavados en el colchón de cuatro estrellas y la mirada arrugada hacia el pelo de ella en un ritmo mecánico que le hacía encorvar la espalda de forma similar a los hierros del techo de la estación.  Sintió ganas de vomitar, pero llegó su turno y como su equipaje no podía pasar por el detector, solo tuvo que dejar el teléfono en una bandejita gris. Piiiiii, un hombre enguantado le acariciaba los bolsillos con ansia y sintió cierta presión en la zona central norte de sus bermudas de mezclilla. Miró furtivo a la puerta del tren, los últimos pasajeros corrían, el corría con ellos, uno más, corría, llegó a la puerta y subió.

Mismo pasillo, misma mesa, mismo tiesto, misma luz y esa foto con un hombre. Los ojos acechaban, pero no le miraban <<¿puede usted querer a alguien que conoce sin conocer del todo?>> Espetó al hombre agarrado al portaequipajes <<¿mande?>>. Sí, no hay pecado en las marcas incipientes de sus manos y de su cuello, lo bello es lo bello, poesía natural del curso de la vida, díselo, grítalo, le cruzará la cara por el atrevimiento, pero jódanse vosotros ustedes con sus prejuicios. Dio un codazo al plástico naranja que se interponía en su camino y a las doce y diez bajó del tren para verlo alejarse un minuto más tarde. Alejarse, lento y luego rápido, rápido, rápido, rápido, más rápido, ah..! Cada vez más rápido, para no volver. Lo más triste de todo, pensó, es que encima no soy feo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s