#RetoAgosto Día 1. La enzima YEHR. Parte 1

Adrien volvía a casa de la universidad escuchando los éxitos del verano en su lista de reproducción cuando todo enmudeció en un instante. Al segundo siguiente, la oscuridad se apoderó de su vista y no sentía su propio cuerpo. Al despertar, solo podía vislumbrar una calle llena de polución y contaminación. En ella, los tenderos tenían puestos improvisados en las ventanas de los pisos bajos de los edificios, algunos incluso en la primera planta. Adrien se preguntó cómo podrían atender los puestos aquellos que estaban en el primer piso de alguna de aquellas construcciones sin reparar ni cuestionarse qué hacía él allí. Comenzó a caminar observando a cada uno de los comerciantes. Uno de ellos comía un gran bocadillo de algo que Adrien no supo identificar, la siguiente estaba intentando clavar una aguja en algo que podría ser un corazón y el gigante del puesto de enfrente lo miraba fijamente. Tenía cada uno de sus tres ojos, uno de ellos biónico, situados de manera aleatoria en su deforme cara. Pero su vista de pronto se centró en un objeto en particular, en el tenderete de la mujer siniestra que aún mantenía la presión sobre el órgano que estaba mutilando. Entre miles de cintas VHS, discos de tres pulgadas y media y cedés, encontró un cinta de radiocasette desgastada. La cogió con expresión de escepticismo, soplándola mientras la volteaba para retirar el polvo de la carcasa y poder leer los éxitos que pudiera contener. Cuál fue su sorpresa que, esperando encontrar grandes hits de los 80 o 90, se topó con un recopilatorio de canciones del año 2026. Su corazón en un principio se desbocó para poco después intentar dar sentido a lo que estaba sucediendo. Era un sueño, o algún objeto freak japonés futurista. Todos aquellos pensamientos se esfumaron cuando notó de nuevo los tres ojos del gigante clavados en su espalda y tomó conciencia de que aquello no podía ser una simple ensoñación o alucinación. Sin saber muy bien qué hacer, agarró con firmeza la cinta entre los dedos índice y corazón y la guardó en un pequeño bolsillo de su chaqueta, mirando de reojo a su observador, que contemplaba la escena con la misma expresión que había mantenido desde que le vio por primera vez y sin ningún atisbo de alertar a su compañera del pequeño hurto que estaba perpetrando. Colocándose la capucha sobre la cabeza y cabizbajo, enfiló su camino calle arriba, resuelto a averiguar por qué estaba allí.

LesterRenard

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