IGNIS

En la lóbrega noche sólo se oían el silencio y el crepitar de las hogueras que ardían por todo el pueblo. Decenas de pequeños focos luminosos que  encendían la noche y le otorgaban un aspecto irreal, mágico, fantasmagórico. Era la noche de San Juan, pero ese año no había celebraciones, ni risas, ni sueños. Ese año sólo estaba la  más oscura, fría y aterradora nada. La soledad heladora, la angustia más profunda, la desesperación en estado puro.

Las calles desiertas lloraban ansiando que alguien las pisase de nuevo; el viento gemía desesperado en un grito agónico y desgarrador deseando volver a azotar los rostros de los hombres, y la noche, lóbrega, triste, oscura y fría aullaba a la luna llena ya sin lágrimas que llorar.

Los lobos huían temerosos de arder y los linces, desde la distancia, lo observaban todo con el corazón roto, derramando las lágrimas que ni la noche, ni el tiempo ni nadie iba ya a derramar porque sobre los viejos espíritus recae la más dura condena de todas: la de nunca olvidar y la de vivir eternamente.

El día comenzó a llegar y las hogueras dejaron de arder, el fuego de crepitar y los linces de llorar. Con los primeros rayos de sol la calma volvió a inundar el lugar y con las luces del alba el hechizo de la noche se rompió devolviendo al pueblo su aspecto real: un amasijo de piedra y madera quemado, cubierto de polvo y de maleza, todo arrasado por el fuego que en una noche de San Juan hizo arder todos y cada uno de los cimientos del lugar.

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