La parte oscura del Yin Yang

Su caída era previsible, pero nadie era capaz de imaginar que sería desde tanta altura. La ostia fue impresionante. Su cuerpo quedó intacto, y su mentalidad materialista y superficial resopló de alivio. No obstante, sus pilares se destruyeron junto con sus valores, con sus sueños, con su futuro.

Ah… Era como un famoso que tras ser lanzado al estrellato toca techo y desciende todo de golpe. Bien podría darse a las drogas, a la bebida o incluso suicidarse, como alguno de esos artistas. Pero no, él vive consumido en su dolor, en su guarida. Sigue haciendo lo que le gusta, aunque ya no hay aplausos desde las gradas y el foco se niega a apuntarle a él. Ya no hay vítores ni aplausos y toda su puesta en escena es pasto del abandono. Ahora actúa solo para sí mismo y es completamente consciente de que hacerlo es un sinsentido.

Sí, es consciente, claro que lo es; claro que le consume y nubla su alma tal situación; claro que tiene ganas de llorar y gritar, y tirarse de los pelos y clavarse sus propias cadenas en la piel, sumido en la frustración. Pero el orgullo no le permite hacer nada de eso. Sus pensamientos son introspectivos, su dolor también lo es. Y, hoy en día, tiene la cabeza mucho más alta que su autoestima.

Ahora su alma habita en una catedral en ruinas que nunca llegó a terminarse, donde la hiedra y el musgo se adhieren a las paredes y la humedad cava túneles en la piedra. Vive en aquel lugar melancólico aislado de todo contacto con la sociedad, sentándose a recordar o a imaginar. Cuando recuerda su alma se llena de dicha y odio a la vez. Cuando imagina, busca un futuro, una alternativa que sabe que ya no existe.

Un día de aquellos muchos de gloria, recuerdo que le advertí acerca de la fórmula de la inmortalidad, de que las huellas que realmente se impriman no se hacen sobre papel, sino sobre los corazones de las personas a las que queremos. Recuerdo que le dije que las personas son personas y no etapas, que la gente siente con la misma intensidad con que él lo hace, que nosotros lo hacemos. Pero tras la caída comprendí que la lección no debería ser para él, sino para mí: Una chiquilla no puede cambiar el mundo, ni tampoco curar las profundas llagas del pasado de un niño que ha sufrido tanto y cuyo sufrimiento le llevaría inevitablemente a convertirse en la persona desolada que hoy es.

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Y ahora yo soy la estúpida parte del yin yang que se ha llevado toda la felicidad.

(MoniqueAllanPoe)

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