Diosa Khalida

Se mecía más sutilmente que las llamas de los candelabros. Su cuerpo zigzagueaba y la sombra que los candiles arrancaban a su silueta se reflejaban en los tapices de las paredes como las olas del mar de Rabat. Su cintura subía, bajaba, se insinuaba entre un surco de suave seda que ocultaba su pecho y su espalda, pero dejaba su perfecto ombligo y su vientre liso y dorado a la intemperie. El vuelo de su falda giraba con ella en hipnóticos movimientos y cada golpe de cadera hacía tintinear las monedas de la misma al compás de la música. Tenía la gracia y la agilidad de un felino en cada movimiento que ejecutaba y su pelo negro, largo, ondulado y salvaje hacía justicia al mismo símil. Sus muñecas y sus dedos adquirían una postura resuelta a la par de imposible y sus brazos acompañaban con total naturalidad al resto de su cuerpo. Una sonrisa picarona se enmarcaba en unos labios tan finos como la línea de un horizonte y su tez morena contrastaba con el verde intenso de sus ojos, atrapado en la celda de sus espesas y oscuras pestañas.

Era la mejor bailarina de su harén. Es más, desde que la conoció solo ella velaba sus noches, ella y sus piernas, su cintura, las mágicas vibraciones de su cadera y los movimientos sinuosos de su pecho.

A diferencia de cómo había sido con el resto, a ella nunca la encamó tras tan irresistible cortejo. A ella nunca se atrevió a tocarla aunque la deseaba, la deseaba más que todas sus tierras arábigas y a todas sus mujeres juntas, y ella lo sabía. Ella no era una esclava, ella era Khalida, su diosa Khalida que, juguetona, cada noche lo sorprendía con un grato y nuevo baile. En ocasiones se presentaba con los crótalos para acompañar el repicar de las monedas plateadas de su falda de aquel tono coral que palidecía al contraste con su piel; otras, escogía el daff para hacerlo chocar contra su cadera y, cuando se volvía osada, robaba la falcata del califa y bailaba con él haciendo refulgir el filo con las llamas de los candiles.

El califa se sentía morir cuando la veía desaparecer tras ese velo y se le iluminaba el alma cuando reaparecía con un gesto tácito, pero sugerente.

Khalida, a diferencia del resto, no estaba esclavizada. Ella podía marcharse si anhelaba otro destino pues ni el más despiadado y poderoso de los califas se vería capaz de cortar las alas de un gorrión que ha nacido para ser libre.

Khadila es leyenda mucho más allá de los muros de Rabat. Hay hombres ebrios que fanfarronean de haberla visto bailar en su lecho y sobrios que sueñan con ello; y niñas que bailan entre risas por las calles ataviadas con telas de colores y se imaginan deslumbrando con sus destrezas a grandes señores al igual que ella.

Es más, dicen que el viento enamorado canta en presencia de Khadila, para que al bailar al son del canto, este pueda enredarse en sus cabellos.

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(MoniqueAllanPoe)

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