Los malditos

Nadie sabe de donde llegaron ni quienes eran. Eran una familia grande y parecía bien avenida o, al menos, dio esa sensación cuando compraron y arreglaron la vieja mansión victoriana. Era, como ya hemos dicho antes, una familia numerosa. Rose, la madre, era una rubia cuarentona que parecía tenía veinte y que siempre vestía traje de falda y chaqueta con unos tacones grises y que no encajaba con la gente del pueblo, se notaba que a ella no le gustaba vivir en un pueblo de mala muerte, que ella era de ir a la gran ciudad de compras por tiendas caras y por donde pudiera lucir su hermoso descapotable. Terry, su marido, era mucho más joven que ella, su cara era cuadrada con unos penetrantes ojos marrones, labios finos y barba de dos o tres días, siempre vestido de traje y corbata, apenas se le veía. Ellos sólo tenían una hija, Sindy, una adolescente de largas piernas bronceadas y larga cabellera rubia. Ella si se dejaba ver por el pueblo, solía vestir pantalones cortos y zapatos con tacones de vértigo, siempre con gafas de sol rojas por lo que nadie sabía de que color tenía los ojos. La otra “cosa” que siempre acompañaba a Sindy era Godric, su perro, un haskie de perro blanco con unos andares esbeltos, como los de su dueña.

Luego estaban los mellizos, Becky y Robio, sobrinos de Rose y Terrry, eran veinteañeros que siempre vestían de negro. Ella era rubia y el moreno, de labios carnosos que por la noche paseaban por los bosques, siempre de la mano y en silencio.

El resto de la familia eran Hank, el hermano de Terry y un poco amargado, el único que parecía contento de estar en ese pueblo; Esther, la hermana mayor de Rose, a la que no se parecía nada, ella era una cincuentona solterona de pelo negro y rizado, muy seria. Por último estaba Mario, el padre de Terry.

Eran una familia muy rara, nunca se les veía a todos juntos y, salvo Hank, todos los demás andaban por el pueblo como si fuera suyo. Todos notaban que la familia era muy rara, pero no sabían cuánto.

Cuando se cumplía un mes de su llegada, un brutal asesinato conmovió a todo el pueblo. La asesinada era Melani, una de las sirvientas de la casa y que apareció muerta violentamente en el bosque. El asesino había sido Ted, el mayordomo de la familia que fue encontrado al lado del cadáver en un estado deplorable. Sus elegantes ropas de trabajo estaban rotas y llenas de sangre y barro y estaba enajenado mentalmente. Durante los interrogatorios posteriores no se pudo sacar nada en claro, pues solo repetía una letanía en un idioma extraño.

El caso de Melani y Ted no fue el único. Muchos más hombres y mujeres fueron asesinados y, los asesinos, encontrados posteriormente en el mismo estado de enajenación. La policía comenzó a investigar y descubrieron algo muy inquietante, siempre que alguien aparecía asesinado, asesino y víctima habían estado cerca de alguien de esa extraña familia, a la que investigaron y de la que no descubrieron nada.

La familia no tenía historia, no estaba registrada en ningún sitio, no existían y, sin embargo, allí estaban.

La locura en el pueblo se había extendido, no quedaba nadie cuerdo. Cuando nadie les veía se les quedaban los ojos en blanco y oían voces, por lo que, los que no acababan muertos, acababan en un psiquiátrico.

Dalmont, un detective privado contratado por la familia de uno de los locos, descubrió el misterio: Rose, Terry y el resto de la familia estaban malditos por hacer tratos con el demonio. Parecían personas normal, es más, actuaban como tales, pero no lo eran, no tenían alma, por dentro estaban vacíos…

MK!

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