Viaje al subconsciente (Parte 4)

De nuevo fango, de nuevo una masa negra que ahora abarca miles de hectáreas. Estoy en una huera ciénaga que huele a putrefacción. El olor es insoportable y me veo tentada a volver al campo de dientes de león, pero Asier, tú estás en el oeste. Motivada, incremento mis pasos y alcanzo una marcha constante y dinámica. No ceso ante el aburrimiento ni sucumbo a la desesperación: Sigo durante días hasta que, de repente, se me doblan las rodillas por tercera vez.

<<¿Qué ocurre?>> intento decir, pero no me salen las palabras. <<No estoy cansada y… sin embargo, estoy desfallecida>> pienso.

Una bruma negra se expande por mi cuerpo y nubla mis pupilas. Y, luego, pierdo el conocimiento.

–Despierta, vamos, despierta –Alguien me exige quién sabe cuánto tiempo después. Se trata de una voz masculina, una voz humana. No me esfuerzo en detallar si conozco al portador, simplemente me regocijo al suponer que todo ha sido un sueño, que estoy en mi cama, que me he quedado dormida escuchando la dichosa música y ahora, por fin, despierto.

Abro los ojos luchando contra la pesadez de mis párpados, pero no consigo ver con nitidez nada de lo que ocurre a mi alrededor. Siento una mano sujetándome la  barbilla y tirando de ella hasta que mis labios se separan y luego noto descender un líquido frío por mi garganta. Aquel líquido insípido me reconforta, me calma, pero no me sacia del todo.

–Más –exijo más que suplico, y mis brazos luchan por volver a acercar esa mano a mi barbilla.

El líquido vuelve a descender por mi garganta hasta que realmente me siento rebosar. Toso y escupo el último trago y, a continuación, noto que la mano se desliza firme bajo mi nuca y me incorpora. Mis ojos responden ante el cambio de posición y, sentada sobre el fango, termino de cerciorarme que no ha sido solo un sueño, aunque esta vez recibo la noticia más escéptica que acongojada. Luego dirijo el foco de la mirada a mi salvador, excitada al imaginarme a Asier, pero la decepción me invade por completo cuando me encuentro a un joven de mi edad y mi tamaño, pero que poco tiene que ver con mi tan anhelado amigo.

Lo observo casi descaradamente: Su pelo es negro y muy rizado, sus ojos marrones y su tez tan pálida como la mía. Unas espesas y largas pestañas enmarcan su dulce mirada y una pronunciada nariz hace de puente de unión entre esa dulce mirada y unos bonitos labios gruesos. Su rostro es ovalado, ligeramente picudo en la zona de la barbilla que es salpicada un ligero resquicio de barba. Es alto y delgado, aunque fuerte. Es tan humano como yo, pero no tiene alas.

–¿Cuántos días llevas sin beber o comer algo? –Me regaña con severidad, aunque noto un deje de dulzura en sus palabras que casi se vuelve sobreprotector.

–No siento hambre ni sed, ¿por qué iba a beber? –Mi intervención me parece estúpida y, por si fuera poco, mi voz suena rota, como si hablara una caja de música cuyo motor esta oxidado desde hace demasiado tiempo.

–¡Solo es un truco! ¡Dios mío, estás tan delgada!

Siento impulsos de contestar un improperio, pero antes miro mi cuerpo y me aterrorizo. Mis huesos pueden verse con facilidad a través de mi desvaída piel. Se me marcan las costillas y mis brazos y piernas han adelgazado sobremanera. Jadeo con los ojos como platos, incrédula ante tal desgarradora escena. Vuelvo a sentir esa estúpida bruma negra y concentro toda mi atención en mantenerme despierta.

El joven desconocido busca con rapidez algo en el zurrón que cuelga de su hombro y me tiende un fruto blanco y redondo. Lo cojo entre mis manos temblorosas y lo muerdo. Un horrible sabor se extiende por mi boca y apunto estoy de escupirlo pero su mirada exigente y recriminatoria, me incita a tragarlo. Lo siento descender por mi estómago y, aunque su sabor dista mucho de ser agradable, me reconforta casi al instante.

–Nada de lo que aquí crece es apetecible –Se excusa– Los prisioneros del oeste hacemos lo que podemos por plantar cosas comestibles con las que mantenernos.

–¿Del oeste? Estás muy lejos de tu casa, entonces. ¿Qué haces aquí?

–Buscar a los nuevos prisioneros. Gente extraviada al igual que tú que descuida su cuerpo o simplemente muere por el miedo o la desesperación. Cuando los encuentro los llevo al oeste, junto con el resto. Eso hago habitualmente, aunque esta vez mi objetivo era encontrarte a ti.

–¿A mí? –Me señalo, estupefacta– Yo… no te conozco.

–Ni yo a ti, pero en el oeste todo el mundo habla de ti. Los prisioneros que te conocían hacían apuestas sobre cuando llegarías. Eres famosa allí.

–¿Lo soy? –Sonrío– Tengo una ligera idea de por qué puede ser eso.

Es la primera noticia que tengo de Asier, aunque no directamente. Seguro que él está atrapado aquí, ya no hay ninguna duda. Seguro que él ha hablado de mí al resto de gente del oeste, de nuestra relación especial. Seguro que, incluso atrapado, no ha dejado de pensar en mí, como yo en él.

–¿La tienes? –Me pregunta el chico enarcando una ceja.

Asiento con convicción.

–Estoy buscando a alguien. Quizá tú puedas llevarme hasta él, sino es molestia.

–Tengo que llevarte al oeste de todas formas. Allí estará la persona a la que buscas. Todos estamos allí –Me devuelve la sonrisa y luego me tiende otros cuantos frutos.

Ya estoy lo suficientemente animada como para preocuparme por mí misma y curiosear acerca de las peculiaridades de este lugar.

–¿Por qué no siento hambre? –pregunto con la boca llena por otro de los frutos– ¿Por qué tampoco tengo frío, sueño o sed?

–Es un truco del Señor Nocturno. Elimina todas las distracciones de tu cuerpo para que solo puedas experimentar dolor pero, sin embargo, las necesidades físicas siguen presentes. Tú eres la más obvia prueba de ello. Estabas deshidratada cuando te encontré y has tardado bastante en despertar. He estado suministrándote agua cada poco rato, deseando que no fuera demasiado tarde…

–¿Por qué el Señor Nocturno hace cosas tan horribles? –Me aterrorizo.

–Porque es cruel –Me responde con sencillez.

–¿Y si nos lo encontramos…? –De pronto toda mi preocupación se centra en eso. Vamos a recorrer el mundo de una punta a otra. ¿Y si ese tal Señor Nocturno se topa con nosotros? ¿O nosotros con él?

–Él vive en un lóbrego torreón  situado en el centro de este mundo que… levita. Nadie sabe qué fuerzas lo mantienen en el cielo, pero allí está –Se encoge de hombros– No deberíamos preocuparnos porque nunca sale de ahí y tampoco tenemos forma de acceder al torreón. Aunque, ¿quién querría hacerlo?

–No hay forma de acceder al torreón… –Repito– ¿Y qué hay de las alas?

Conforme hablo, hago zumbar mis alas cubiertas de barro, que responden al movimiento con torpeza. El joven desvía la mirada al suelo y comienza a invadirme una intrigante y desagradable sospecha.

 –¿Es que nadie más tiene alas? –Me sobrecojo.

–Se está haciendo tarde, Indoh, y aún tenemos mucho camino por recorrer hasta el oeste –Se pone en pie y comienza a andar hacia el sur.

Ha pronunciado mi mote como si tal cosa, como si me conociera de toda la vida. Me estremezco por alguna razón; en parte por tanto secretismo y en parte por el inevitable silogismo: Torreón que levita al que nadie puede acceder. Alas de mariposa que nadie más que yo en este mundo posee…

Sea cual sea la razón… el Señor Nocturno me quiere cerca.

 

(MoniqueAllanPoe)

torre

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