Viaje al subconsciente (Parte 3)

Han debido de pasar varias semanas desde que puse un pie en esta locura y hoy, por fin, se presenta una novedad, aunque desconcertante. Sin previo aviso, la siempre presente penumbra se ha tornado negra como la boca de un lobo y, acto seguido, ha comenzado a llover. Tampoco la lluvia es igual que la de mi mundo en este lugar. Son unas enormes gotas que doblan mi tamaño, negras como la tinta que tiznan de color azabache cualquier superficie con la que impactan. Los tubos grises, a los que había considerado rígidos hasta entonces, se doblan cuando las gotas impactan contra ellos como si fueran tallos de flexibles juncos.

Corro mirando al cielo, cubriéndome la cabeza inútilmente pues, de llegar a recibir el impacto de una de esas gotas, de nada serviría tratar de protegerme. Zigzagueo mientras mis pies se mezclan con el barro del suelo y se tiñen de negro, como el resto del paisaje. Según avanzo, el barro parece volverse más denso y se entremezcla con la tinta del cielo hasta hacerme imposible avanzar. Me caigo, me aovillo en el barro mientras mis delicadas alas se impregnan de esa masa negra de la que seguramente no podré desprenderme hasta que salga de allí, si es que salgo alguna vez. Una hora, dos quizá, tarda en pasarse la lluvia y el paisaje vuelve a aclararse levemente. Ninguna luz celeste emana ya de mis alas, ya que ahora se ven atrapadas en un asqueroso fango negruzco. Ya no las noto tan ligeras.  Decido retomar la marcha antes de que el barro se endurezca con mi cuerpo sumergido en su interior y camino, de nuevo camino como una autómata cuyos pensamientos son ahora introspectivos. He perdido toda esperanza de encontrarle y mi motivación por salir de aquí la he lapidado muchos kilómetros atrás.

No obstante, un grito de júbilo se abre paso en mi garganta cuando, en algún incalculable momento, el paisaje cambia. El bosque de tubos rígidos se queda atrás y llego a un claro, un claro en el que, unos pasos más adelante se encuentran unos retorcidos túneles que penetran en la tierra y conectan con una pared de madera que se alza hacia las alturas. Ahora que logro ver el cielo abierto, tengo indómitos deseos de elevarme en el firmamento y volar hasta la luna, desde donde puedo aspirar a encontrar una salida. Pero con mis fangosas alas, es imposible. Hay más luz allí y las sombras del paisaje tienen un deje casi fantasmal. Me siento en uno de aquellos túneles impenetrables y comienzo a limpiar mis alas, con el firme propósito de intentar utilizarlas.

De pronto, sin previo aviso, la melodía maldita comienza a sonar en algún lugar y se me ponen los pelos como escarpias. Temblando, me vuelvo a poner en pie.

–Para, para por favor, ¡para! –Suplico tapándome los oídos.

Y, con gratificante sorpresa, la melodía cesa ante mi petición.

–¿Al hada manchada no le gusta mi voz? –Ríe alguien. Su voz es espeluznante e imposible de ubicar. Resuena como un eco que se oye en todas partes.

¿Hada? ¿Se ha referido a mí como un hada?

–¿Quién eres? –pregunto con un hilo de voz– Por favor, no me hagas daño.

–¿Quién eres? Por favor, no me hagas daño – Repite, burlesco y luego estalla en carcajadas.

–¿Dónde estás? –Me exaspero. Estoy empezando a sustituir el miedo por la impaciencia.

De pronto una figura negra desciende por uno de los tubos rígidos como si fuera un tobogán y se posa de un salto en el suelo.

–¡Ale hop! –Acompaña su maniobra con una sonrisa.

Retrocedo al ver sus facciones, tropiezo y caigo, e incluso en el suelo, sigo retrocediendo.

–¿Hada tiene miedo de un simple sapo? – Se burla.

¿¡Cómo no voy a tener miedo!? Jamás había visto semejante criatura… Es un sapo de mi tamaño, algo más alto y mucho más gordo. Es del color del lodo y sus ojos amarillos son dos enormes pelotas redondas que parpadean de forma desigual. Pese a su feo tono marrón desvaído, se agradece una pizca de color que no solo proceda de mi cuerpo en aquel paisaje en escala de grises.

–Eres… eres un sapo –Musito señalándolo con una mano trémula sumida en la máxima incredulidad.

–Y Hada una prisionera –apostilla, socarrón.

–¿Vas a capturarme? –Sollozo.

–¿Capturar a una capturada? –Ríe de nuevo con su risa gutural.

–¿Ya estoy capturada? Sí, bueno, en cierto modo es verdad –reflexiono– ¿Conoces alguna forma de salir de aquí?

Sacude su enorme cabezota un par de veces y luego sonríe. ¿Cómo puede ser alguien tan risueño en un lugar como este?

–Nadie sale.

Aquel testimonio me hiela la sangre de las venas y paraliza mi corazón durante un eterno segundo.

–Mientes –mascullo entre dientes. De pronto tengo ganas de pegarlo, una y otra vez hasta que retire esa certeza tan dolorosa.

Se encoge de hombros y tatarea de nuevo la macabra canción.

–¡Cállate! –Estallo y mi voz resuena en todas partes.

–¿Al hada no le gusta su himno? –Me pregunta y luego hace algo asqueroso por primera vez: Croa y la enorme bolsa de aire de su papada casi consigue rozarme. Retrocedo, asqueada.

–¡Ese no es mi himno! ¡No vuelvas a cantar esa estúpida melodía que me trajo hasta aquí!

El sapo parpadea confuso, primero un ojo y luego el otro, y rápidamente me mantiene la mirada.

–El himno no trajo a hada hasta aquí. Hada vino voluntariamente al subyugarse a su señor.

–Yo no me he subyugado a nadie. ¡Maldita sea! ¿Cómo he podido quedarme atrapada dentro de mi mente? –lloriqueo.

–Hada no está atrapada en su mente –De pronto parece noble. Sus facciones se  vuelven amables y su grosería desaparece por completo. Se acerca y, con una de sus extremidades me acaricia la cara–. Hada está en el mundo del señor Nocturno.

Sacudo la cabeza, al borde de las lágrimas.

–Estoy dentro de mi cabeza, soy mi alma. Busco dentro de mí a alguien que ha desaparecido. Intento encontrarle, evocar recuerdos, intento inútilmente traer de vuelta a una persona que sé que se encuentra aquí. ¡Lo echo de menos, lo necesito!

–Hada está confundida. Hada está en el mundo del señor Nocturno –repite ceñudo– Pero si Hada quiere encontrar a alguien, debe ir al oeste, allí se encuentran el resto de prisioneros.

–¿Podrías llevarme al oeste? ¿Podrías darme una brújula? ¿O al menos, podrías decirme en qué punto cardinal me encuentro?

–Sapo no tiene brújula; Sapo tiene su casa en el campo de dientes de león y no puede abandonarla, pero Sapo puede decir a Hada que está en el este y que debe rodear el eucalipto y seguir todo recto. Hada debe tener cuidado con el señor nocturno.

¿Eucalipto? ¿Es que ese enorme muro es un árbol? Ahora que me fijo, los túneles inaccesibles que conectan con la tierra y el tronco, no son sino gruesas raíces. Miro a mi alrededor y me fijo en el campo de tubos que ascienden hasta el cielo. ¿Campo de dientes de león los ha llamado? Pienso también en la lluvia, en esas gotas enormes que hacían zozobrar los tallos de dichas plantas. ¡Dios mío! ¡El sapo no es gigante! ¡Soy yo la que soy diminuta! ¡No solo soy un hada sino que mido como tal! Empiezo a marearme… Son demasiadas emociones fuertes.

Cuando quiero preguntar al sapo las miles de incógnitas que se agolpan en mi cabeza, ha desaparecido. Es increíble lo mucho que me aliviaba la presencia de un ser tan extraño. La soledad vuelve a martillear en mi cabeza.

<<Señor Nocturno… Hada prisionera y diminuta… Mi himno…>> ¿Qué diantres? Nada tiene lógica…

Ah, pero Asier, mi Asier, voy a liberarte.

Rodeo el eucalipto –Lo cual me lleva unos cuantos minutos—y comienzo la marcha hacia el oeste.

(Monique Allan Poe)

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