Viaje al subconsciente (Parte 2)

Me siento ligera, me siento ágil y rápida nada más apoyar el pie en el mundo desconocido que se encuentra tras la pared gris. No cargo con el peso de un cuerpo, porque ahora soy un alma. Un alma extrañamente tangible, opaca, que es capaz de apreciar sus manos, sus piernas y el resto de su cuerpo tal y como es en la vida real. Pero, sin embargo, no me acompañan las sensaciones de hambre, frío o sed. No estoy atada a las necesidades físicas… porque soy mi alma en este momento. Me pregunto por mi apariencia en aquella nada producto de mi mente. ¿Tendré mis rasgos habituales? Inicio un reconocimiento de mí misma antes de mirar a mi alrededor. Muevo mis pies ante mis ojos y hago danzar mis manos por el aire, en un vaivén de torpes movimientos. Me toco el pelo con ellas y reconozco su textura, su longitud y su color. Sin duda tengo mi apariencia habitual. Pero hay algo que no encaja, un nuevo peso en la espalda y una extraña luz de un tono celeste que procede de ella y que es capaz de iluminar todo, aunque no con demasiada intensidad. Giro cuanto puedo la cabeza hacia atrás y chillo al descubrir dos pequeñas alas azules que emiten un fascinante halo de luz azulenca. ¡Tengo alas! Me esfuerzo por mover los nuevos músculos que se sitúan entre mis omoplatos y, con dificultad, abro esas alas de mariposa hasta que sus extremos se hacen fácilmente visibles para mí. Toco con cuidado la izquierda. Es una finísima membrana casi transparente de apenas unos milímetros de grosor. ¿Cómo va a poder eso elevarme del suelo? Ah, pero tampoco tengo intención de hacerlo. ¡Volar! Es de locos. Cuando me canso de juguetear con las alas y mi fascinación va perdiendo intensidad en ellas, presto por primera vez atención al entorno y dejo escapar un jadeo de desolación. Al parecer, no tengo necesidades físicas pero el miedo sigue allí presente y el pesimismo me embarga por completo. No hay ni una pizca de color en aquel paisaje hastío y árido, aunque la verdad, no sé si se puede considerar paisaje a tal extravagante escena. Son tubos. Unos tubos grises y lisos de alturas imposibles que me impiden ver tanto el horizonte, como el cielo. Tubos del grosor de  enormes edificios que se trenzan entre sí y brotan del suelo como si fueran árboles hasta cubrir el cielo por completo. La única luz procede de mis alas, una luz que ahora se vuelve titilante conforme mis emociones de júbilo se apagan.

La soledad quema en mi pecho y soy por primera vez consciente de que estoy atrapada. Embisto contra la pared gris para regresar, pero lo único que recibo por respuesta es un golpe en la frente. La pared ahora es una barrera inexpugnable. Estoy atrapada en mi subconsciente. La idea me horroriza hasta tal punto que mis ojos se anegan en lágrimas y la luz de mis alas se apaga casi por completo. Pronuncio su nombre con un hilo de voz, el nombre de la persona que he venido a buscar. Ese nombre que un día sonó como un canto de ángeles para mis oídos, ahora arde en mi garganta y me dobla las rodillas. Me caigo y me aovillo en el suelo, todavía aturdida por el golpe en la frente y el dolor de la soledad y el miedo. Permanezco en el suelo el tiempo suficiente como para perder la noción del mismo y nada pasa durante todo ese tiempo. Tengo tanto miedo y me siento tan sola que comienzo a tararear una nana dulce para mí misma, con el fin de calmarme. Sigo cantando durante largos minutos, con los ojos cerrados hasta que la melodía procedente de mis labios se torna, involuntariamente, en la canción siniestra que me trajo hasta aquí. Al descubrirme cantándola grito y me llevo las manos a la cabeza, que estiran mi pelo mientras mi cuerpo se dedica a temblar.

–Voy a enloquecer. Voy a volverme loca – Susurro en voz alta, con la voz quebrada de puro pavor.

Mi voz se pierde en un eco lejano y, pese a que no siento frío externo, estoy congelada en mi interior.

Es difícil dilucidar cuanto tiempo permanecí en aquella posición pues, sin ninguna necesidad física como comer o dormir, las horas fácilmente pudieron enlazarse. Puede que pasaran días, o eso me pareció, sin embargo no hubo ningún rastro del sol, la luna, o cualquier otro indicio que esclareciese su transcurso. En algún momento también tomé la decisión de levantarme y explorar, aunque ha transcurrido bastante hasta que lo he hecho. Siento las piernas entumecidas y mi autoestima está por los suelos. Avanzo cabizbaja entre aquellos tubos grises que ascienden hasta el firmamento y durante mucho, mucho tiempo encuentro el mismo paisaje repetido una y otra vez durante kilómetros. Tanta es mi desesperación, que en ocasiones siento que no hago más que dar vueltas en un mismo recorrido.

Andar sin cansarte es desesperante, aunque no lo creáis. Es como estar congelada en el tiempo sin indicios del paso de este, sin hambre o sueño que te guíe en los horarios y sin un cambio de paisaje que te amenice la marcha. A veces hablo sola, porque temo volver a cantar y que esa música maldita que abra paso entre mis cuerdas vocales; a veces corro en vez de andar, cuando me impaciento y otras… otras lloro en silencio.

–Voy a volverme loca –Me repito, con un tono de voz tan desvirtuado que me hace pensar que ya lo estoy…

(MoniqueAllanPoe)

hada azul

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