Viaje al subconsciente (Parte 1)

–Adéntrate, muchacha. Rompe con el límite que establece la cordura –Me anima una voz desconocida, carente de significado para mí.

Me quito los cascos, sobresaltada, y me incorporo sobre la cama con rapidez. Seco mis lágrimas en un solo movimiento. Esas lágrimas traviesas que se han hecho demasiado amigas de los recuerdos de aquellos tiempos.

–¿Quién ha dicho eso? –murmuro con la voz desvirtuada y temblorosa.

Nadie responde y, atribuyéndolo por quinta vez a meras imaginaciones, vuelvo a recostarme sobre mi catre de añoranza para ver pasar de nuevo los días. Sitúo otra vez los cascos en mis orejas y subo el volumen de la música hasta casi llegar a ser una tortura para mis tímpanos.

La música no tiene letra. Es un llanto lastimero de sirenas, o quizá aullidos de dolor entregados a la noche o tal vez un siniestro coro de voces blancas entonando el que sabe será su último canto. La música no es melódica, no es bonita y solo inspira desolación y miedo… Y sin embargo me gusta. Quizá por la buena combinación de esos turbios sentimientos con los de mi alma ataviada con prendas de luto.

Encontré aquella canción por casualidad en Internet. Tenía un nombre Italiano al que ningún traductor supo otorgar significado. La primera vez que escuché aquella pieza, sentí cómo mi alma danzaba con ella en un despliegue de grises matices, mientras mi cuerpo parecía volverse más pesado y la realidad, tal como la conocemos, perdía nitidez. Escuchar aquel doloroso canto, por alguna razón, me transportaba a un ambiente gris donde mi cuerpo desaparecía, y mi alma y mi mente entraban en un grotesco debate. La primera bailaba al compás de los sollozos, sumida en la pena. La segunda luchaba con toda su fuerza y voluntad por devolverme a mi realidad y acallar esa música que, por un lado me creaba esa profunda adicción y, por otro, me consumía. Nunca había sido lo bastante osada –o estúpida- como para permanecer el tiempo suficiente bajo el embrujo del fúnebre canto como para dejar a mi cuerpo dormirse del todo, a mi alma fundirse con la pena y a mi mente perder el control. A menudo escuchaba una voz cuando mi cuerpo empezaba a entumecerse; una voz que me incitaba a dejarme llevar, a perder el dominio total sobre mí misma. Cuando ese ente anónimo se manifestaba, por lo general, es cuando arrancaba los auriculares de mis orejas y los arrojaba lejos de mí, asustada. La única vez que escuché y atendí a su mandato, mi propia mente se volvió en mi contra, revelando con ferviente impaciencia todos aquellos momentos almacenados en mi memoria que yo, a duras penas, luchaba por sepultar bajo el olvido. Ah… sus recuerdos.

¿Qué cuál es el motivo de mi intenso estado de pena constante? ¿Que qué hecho pudo marcarme tanto como para sustituir mis ganas de vivir por ser un simple cuerpo desganado y autómata que se retroalimenta en su dolor? Ah, pues su desaparición. Sí, hablo de una persona pero no, no hablo de un sentimiento de amor hacia ella. Fue algo más intenso fue… ¿Qué fue? Nadie comprende qué fue. Solo él, solo yo, y ahora estamos condenados a vagar separados en un mundo que ya no tiene significado para ninguno de los dos. Ah… también vosotros vais a juzgarme. También vosotros vais a tratar de suplantarlo con otras personas. No me toméis por prepotente, pero con justificación rio sarcásticamente ante vuestros intentos. Trataré pues de describirlo: Cuando esa persona aparece, todo el eje de la tierra cambia para ti. La gravedad que te mantiene colindando con el suelo es insignificante en comparación al increíble campo magnético rayano en lo mágico que te ata a esa persona. Todo cobra significado ante su presencia o quizá todo lo pierde, porque tu atención se centra únicamente en su mirada. Sus pupilas son dos pozos infinitos que conducen hasta el laberíntico ático de su alma, del cual sabes el camino porque está iluminado para ti, solo para ti. Su alma es por vez primera tangible para tus manos y perceptible para el resto de tus sentidos que se envuelven en ella experimentando todo tipo de sensaciones que conducen al éxtasis: Su alma huele a vida, calor, felicidad, paz y tranquilidad; su alma sabe a néctar de nubes, agua de luna y polvo estelar; su alma repiquetea como campanas, muchas campanas que revitalizan tu cuerpo con sus gloriosos cantos. Y mientras tú, en un breve intercambio de miradas, te deslizas por el tobogán de su alma; él acaricia la tuya, que ronronea encantada del breve y silencioso encuentro.

Si eso ocurre al establecer contacto visual, imaginad lo que supone su roce, imaginad lo que supone un abrazo…

Discutidme si me equivoco, pero el amor en esta relación juega un papel secundario. Es un sencillo complemento quizá, ergo no es amor.

Nunca he encontrado a nadie que haya llegado a sentir lo mismo por otra persona por lo que llegué a desarrollar muchas teorías, a cual más irreal. El noventa por ciento de las mismas, barajaba la idea de que no fuera humano pero, fuera como fuese, daba igual. Mi vida había establecido como prioridad mantenerlo cerca de mí. ¿Cómo llegó a desaparecer? Es algo que no comprendo todavía. ¿Murió? No lo sé. Lo cierto es que, al despertar una fría mañana de invierno, todo rastro de su existencia había desaparecido. Aquellas personas que lo ataban al mundo terrenal se habían ido con él a un paradero desconocido, sin dejar rastro. Los lugares que protagonizaron nuestros encuentros habían cambiado demasiado rápido, tanto que se convirtieron en zonas totalmente diferentes que no hacían justicia a mis recuerdos. Mis amigos, mi familia, no recordaban si quiera su nombre, su físico o su personalidad y me tomaron por loca.

¿Quizá fue un sueño? Sí, tuvo que serlo. Pero, ¿es acaso capaz mi subconsciente de crear sentimientos tan vívidos y momentos tan precisos, lugares que no sabía de su existencia sino por él y concentrar años de amistad en una fase REM que escasamente dura veinte minutos?

No, él no fue un sueño. Él está atrapado en algún lugar como yo lo estoy de mi dolor. ¡Ah, si pudiera ir a buscarte! Dos gruesas lágrimas corean mis pensamientos y se funden con las ya fosilizadas en mi rostro. Me acurruco todavía más y muevo la cabeza con los ojos cerrados, al compás de una música que ni siquiera puede considerarse como tal. Por vez primera deseo morir, si es que estás muerto. Te evoco de nuevo, y una siniestra sonrisa se abre paso en mis facciones. ¿Y si me dejara llevar por la música? ¿Hasta qué punto podría ser malo ser partícipe de mi destrucción?

En el entorno gris que visualizo desde que el primer aullido suena en la canción, estalla una carcajada que se superpone a mis pensamientos. Por primera vez, aquella nada grisácea se altera. Una rama marrón y esquelética traspasa con facilidad una de las paredes de la nueva realidad que solo parece acontecer en mi cabeza. Esa rama que brota de una de las paredes abre y cierra sus cinco pequeños ramales y luego, estirando uno de ellos, acaricia el contorno de mi mandíbula. En la vida real, trato de quitarme los auriculares y me juro y perjuro a mí misma no volver a usarlos jamás con aquella canción, presa del pánico. Ah, pero no puedo. Mi cuerpo ya se ha dormido en la vida real. Mi mente está atrapada en la nada gris, donde mi nuevo cuerpo recibe una azarosa invitación a un mundo desconocido.

–Adéntrate, muchacha. Rompe con el límite que establece la cordura  –Repite aquella voz y, conforme habla, la rama en forma de mano gesticula con soltura sus palabras.

¿Qué es lo peor que podría pasarme? ¿Morir? ¿Es acaso peor que mi estado?

Cierro los ojos y traspaso la barrera gris de mi subconsciente…

(MoniqueAllanPoe)

 R

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