Viuda negra

Ha pasado mucho tiempo, pero aquí estoy, como me prometí en un lejano capítulo de mi vida si las cosas se torcían hasta tal punto de volverme tan escéptica e indiferente que poco me importara abrir viejas heridas del pasado, porque ya no se considerarían como tales. De modo que aquí estoy, en un no demasiado lluvioso abril, aunque con un cielo que presagia tormenta. Ando un poco perdida en este lugar. Lo cierto es que nunca antes había venido ni, hasta hace poco, tenía pensado hacerlo. Camino leyendo los buzones de casas bajas, buscando su nombre o su apellido, sin esas mariposas en el estómago que un día revoloteaban dentro de mí con solo imaginarme a su lado. Camino sin prisa, con aire pesado y taciturno, con la mente bifurcada en senderos que llevan a mundos imposibles, de idílica felicidad. Me recorro así toda la zona, parando a la hora de comer en una bocatería y una hora después en una terracita para disfrutar de un café y relajar las piernas. Por primera vez, miro el reloj plateado de mi muñeca y me empiezo a impacientar… A este paso no se producirá nunca el encuentro. Tengo un tren de regreso a casa de madrugada, y tenía intenciones de no tener que buscar un hostal yo sola. Y ya son las ocho. Tamborileo la pierna y opto por llevar a cabo el plan B. Me acerco a la barra del bar y pregunto por él al camarero, que resulta ser un hombre de tupé, camisa planchada y buena presencia. Como suponía, no tiene ni idea. Esto es demasiado grande, será como encontrar una aguja en un pajar. Ah, pero yo nunca me rindo.

Me recojo mi pelo rojizo en un moño improvisado y, con aire más diligente, me recorro calles y plazoletas empedradas preguntando por su nombre. Eran las nueve cuando, asimilando ya que iba a ser tarea imposible, una entrañable viejecita parece conocer al chico que busco. Me analiza a través de sus párpados poblados de arrugas y, sin dejar de sonreír, me da una dirección. La apunto mentalmente en mi cabeza y, excitada por la primera pista útil, echo a correr siguiendo sus indicaciones. Por fin, a las nueve y cuarto llego a un gran chalet de ladrillos marrones y tejado bermellón, con un pequeño jardín y un pasillo empedrado hasta la puerta. Está cercado por una verja blanca que sostiene un buzón con cuatro nombres. Leo el suyo y me pongo más nerviosa de lo que pensaba. Toda mi sangre se concentra en mi pecho y mi estómago, manteniendo calientes mis puntos vitales y olvidándose de mis manos, que adquieren una temperatura y palidez cadavéricas. ¿Se acordará de mí? ¿Tendrá pareja? ¿Habrá cambiado mucho? Todas esas preguntas se agolpan en mi cabeza impidiéndome pensar. ¡Mierda! ¿Dónde estaba toda mi seguridad? ¿Dónde había quedado todo mi pragmatismo? Me voy, definitivamente me voy. ¿Por qué me habré gastado dinero en esta locura? Iba a darme la vuelta justo cuando la puerta del chalet se abre de par en par. Me quedo muda, congelada en el sitio, olvidándome de respirar. Allí está. Después de tantos años allí está. No ha cambiado demasiado; quizá haya cogido algo de peso y tenga el pelo un poco más alborotado, pero nada más. Al verme, deja caer los cartones de pizza vacíos que tenía en la mano. Vaya, parece que se acuerda.

    –Tú… –comienza.

Me deshago en un solo movimiento el moño y mi pelo anaranjado se precipita sobre mis hombros. El pelo suelto siempre me ha dado más seguridad. Luego abro la verja blanca y avanzo hacia él manifestando menos miedo del que tengo. Me pongo de puntillas y robo un cálido y rápido beso de sus labios. Ni si quiera un beso… aquello no puede considerarse más que un roce. Me separa, estupefacto. Masculla entre dientes que por qué coño he hecho eso y luego, en voz un tanto más clara, me pregunta qué hago allí.

    –¿Tienes novia? –Es mi única respuesta.

Agacha la cabeza, pensativo. Ese gesto me dice que, si no tiene, cuenta con algo bastante similar.

    –Da igual, nunca te ha importado. ¿A que no? –Sonrío con malicia. Él sí parece notarme cambiada. Ahora tengo curvas de mujer, estoy más desarrollada y sé maquillarme y vestirme. Sé sacarme el máximo partido.

Esboza una leve media sonrisa y de pronto tengo ganas de revolver su pelo castaño, abrazarlo y decir cuánto lo he echado de menos en tantas ocasiones, pero no. No puedo hacer eso porque rompe totalmente con mi descabellada idea de convertirme en la chica mala. Ignorando el primer rechazo, sostengo ahora su rostro entre mis manos y lo beso con urgencia y con dulzura al mismo tiempo. Compruebo, orgullosa, que al cabo de unos segundos, sus labios se amoldan a los míos por propia voluntad. Me rodea por la cintura y me hace ponerme de puntillas de nuevo.

De repente me siento ruin, casi cruel. He vuelto solo para limpiar mi nombre, borrar toda aquella inocencia de aquellos días, borrar tanta esclavitud voluntaria pues subyugada estaba a su nombre y ahora… ahora que no me ata ningún lazo sentimental he vuelto, consciente de que soy capaz de enamorar a cualquier hombre con mis labios y mi perfume de diosa. Tengo ganas de reír. El miedo ha sido suplido por la justicia. Él se enamorará de mí ahora que tengo experiencia en el amor, heridas de guerra y besos recientes en la piel. Ah, y cuando lo haga me cogeré un tren de vuelta, como él hizo una vez. De vuelta sin retorno, sin mirar atrás.

     –¿Estás solo en casa?

Abre los ojos como platos. Es mi tercera intervención y la tercera vez que se escandaliza. ¿Tanto he cambiado? Me alegra pensar que sí.

Asiente y la sonrisa que llevaba tiempo queriendo aflorar dentro de mí, se torna casi prepotente. Lo empujo hasta su propia casa, cierro la puerta con el talón y me aferro a su cuello pegando un pequeño salto y dejando que me recoja entre sus brazos.

Horas después amanezco en aquella habitación desconocida y me visto en silencio, mientras él duerme todavía. Salgo a hurtadillas y desciendo las escaleras con suavidad y, cuando ya estoy fuera y esa verja blanca se cierra tras de mí, dejo escapar un silencioso grito de júbilo. Aquel hombre no me volverá a ver, pues ya ha cicatrizado. Me alejo para bailar con el horizonte en un despliegue de sonrisas ahora que he saldado una de las deudas de mi alma.

mifirma

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