Lluvia, recuerdos, música

Y llega la lluvia cuando parecía que nada podría empeorar y se funde con las lágrimas de su rostro descompuesto por la incertidumbre. No obstante, las gotas enredándose en su pelo y besando con delicadeza su rostro no son demasiado importantes para ella o, si lo son, no lo suficiente como para interrumpir su lento y pesaroso paso que recorre indistintamente callejuelas, plazoletas o pasadizos de la ciudad. Su fin es apartar la mente de todo cuanto le rodea pero, por más que lo intenta, no logra más que evocar buenos momentos a su lado. Momentos en los que se descubrieron el uno al otro y desnudaron su mente, cuerpo y corazón. Aún latía su último beso en los labios que ahora temblaban al compás de los sollozos. Esbozó una media sonrisa una vez, solo una vez, al pasar por el lugar donde comenzó todo. Una sonrisa amarga y llena de pesar. Ahora los recuerdos manaban por todas partes dentro de ella hasta casi llegar a desbordarla. Se llevó las manos a la cabeza y cerró los puños en torno a sus sienes deseando que todo aquello acabara y, acto seguido, inició una carrera tratando de escapar inútilmente pues aquello que la oprimía no estaba en ningún sitio sino en su interior. Corrió hasta que sus piernas se lo permitieron y luego se dejó caer en el recodo de una calle que no llevaba a ninguna parte. También aquel lugar la sonaba y, maldiciendo su situación, se preguntó cómo habría sido tan insensata al volver a aquel lugar.

–He cambiado, para ti he cambiado…– dijo en voz alta a sabiendas de que nadie la escuchaba– No, lo cierto es que en sí, he cambiado para todo el mundo, contexto o situación. Ya no soy la misma que conociste aquel día y eso parece ser una dificultad muy obvia para ti.

Hizo una pausa para secarse las lágrimas con su chaqueta igualmente empapada por la lluvia y, sin intención de levantarse del suelo, continuó hablando para sí:

–Lo que no sabes es que he vuelto a ser la misma, no es que haya cambiado. La misma que era, la chica alegre y despreocupada que yo solía ser antes de que el destino tejiese mis días con una mala racha que tú y yo conocemos demasiado bien. Solo era la sombra de lo que soy, solo pasaba desapercibida por el miedo a hablar, solo parecía desinteresada por el miedo a querer más allá de lo que estaba establecido, solo era yo más un millón de cadenas… y esa yo te gustaba más –Cerró con tanta fuerza los puños que llegó a hacerse daño en los nudillos.

Se le quebró la voz de nuevo y se aovilló en mitad de aquel callejón sin otra salida que por la que había venido, totalmente empapada. Esperó, no sabe cuanto ni por qué hasta que un portón de madera situado a su derecha se abrió con estrépito.

–Mierda, está lloviendo y no tengo paraguas –dijo alguien a viva voz. Montones de voces corearon la primera con protestas y alguna victoriosa que sobresalía anunciando que él había sido más inteligente y sí tenía un método para protegerse de la lluvia.

Salieron al tropel, unos corriendo para no mojarse y otros para cubrirse con el primer soportal que estuviera a su alcance con la intención de esperar a que amainara. Ella fue pasto de los murmullos entre aquellos que, protegidos con capuchas o paraguas salieron del recinto a un paso más lento y la prestaron atención: un bulto mojado con la cabeza hundida entre las rodillas y el pelo castaño y enmarañado reposaba a pocos metros de sus clases.

Se quedó muy quieta, sin atrever a moverse, tratando de ser invisible. Se preguntó cómo su propia mente me habría jugado aquella mala pasada y, una vez que se aseguró de que todos se habían ido, se atrevió a levantarse sin percatarse de que aún quedaba gente por salir. Lo hizo cuando una mano se posó en su hombro y se giró  sorprendida y asustada. Sus pensamientos se colapsaron al ver que era él. Leyó el desconcierto en todas y cada una de sus facciones y luego un ápice de miedo al ver sus ojos enrojecidos por el llanto.

–¿Qué haces tú aquí? –murmuró entre sorprendido y disgustado.

Quiso contestar pero no le salía la voz. Se alejó corriendo y escuchó cómo intentaba ponerse a su alcance. Pasó por delante del primer soportal donde ahora todo el mundo la prestaba exclusiva atención pero ellos no la importaban, la importaba el hecho de que él corría más que ella aunque estuviera cargado con tantas cosas por lo que aprovechó la ventaja para desaparecer entre las calles más recónditas hasta lograr despistarlo. Comenzó a sonar su móvil y no lo atendió ya que sabía de quién se trataba. Aún la quedaban unas cuatro horas en aquel lugar y decidió pasarlas en aquella calle estrecha y empinada. Se había perdido pero no le buscaría allí. Nadie lo haría.

Maldijo su imprudencia hasta que dejó de llover.

<<¿Qué habrá pensado de mí?>> No podía dejar de preguntárselo…

MoniqueAllanPoe.

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