Mis días en Bérgamo

Fueron pocos, apenas seis los días que pasé en aquel maravilloso lugar pese a que los recuerdos que logro evocar de aquellas jornadas son infinitos. Recuerdo que se dividía en Bérgamo alto y Bérgamo bajo y se pasaba de una a otra través de un funicular cuyas vías estaban situadas en una pronunciada pendiente y limitaban con grandes y simétricos arbustos.

En el Bérgamo bajo se situaba la zona más urbana: casas, negocios, carreteras, comercios, centros comerciales…  Recuerdo el olor a pizza, la mejor que he probado en mi vida, cortada en aquellos rectángulos enormes y con todos aquellos ingredientes caseros y tan bien elaborados. También sonrío al rememorar mi ya premeditada frase, mis únicos conocimientos de italiano, cada vez que pedía un helado de avellana: “un piccolo gelato di nocciola.” Los helados… Otra de las cosas que me hacían suspirar.

Ah, pero mi debilidad estaba en la zona alta. Era el perfecto símil de escenario de cuento de hadas: Callejuelas estrechas, puestos antiquísimos con valiosas reliquias, plazoletas empedradas, monumentos históricos… En cierto modo me recordaba al Callejón Diagon de Harry Potter salvo por algún otro souvenir que me traía de vuelva a la realidad, de muy mala gana. Desde la zona alta, lo más espectacular eran las vistas: La vegetación, muy abundante, parecía querer predominar sobre las casas, que parecían diminutos puntos en la lejanía.

Pero quizá, el mejor recuerdo que logro evocar de mis días en Bérgamo, fue aquel en el que opté perderme yo sola en la zona alta. Pasear con aquel tigre de peluche que decidí comprar para ti bajo la luz de la luna, que no quitaba ningún protagonismo a las luminosas estrellas aquella noche. Vagar sin rumbo con tu collar al cuello en una zona en la que no entendía las conversaciones de los transeúntes, en la que ninguna de aquellas personas sabía de nuestra existencia. Puede que estuviera sugestionada por la ciudad del amor, por aquellas parejas que predicaban su cariño en cada rincón tiñendo de magia la ciudad, o puede que únicamente fuera lo mucho que dolía tu añoranza pero, arropada por la noche y la soledad, te eché de menos por primera vez, deseando únicamente tu compañía, tan difícil de conseguir en aquellos días de mediados de octubre. Entonces, mientras la suela de mis deportivas se amoldaba a la forma del las redondeadas piedras del suelo a cada paso, miré al cielo una vez más y pensé: Nunca habíamos estado tan lejos, pero irónicamente jamás te había sentido tan cerca. Quizá… Puede que tú también estés alzando la vista a la luna en este mismo momento, una luna que, por mucha distancia que exista entre ambos, siempre será común para los dos.

MoniqueAllanPoe.

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