El manzano y la muerte

Hacía mucho, mucho tiempo desde que Jared pisó ese cementerio por última vez. Ahora se estaba ya iniciando en la adolescencia, con sus recién cumplidos dieciséis años y con un asomo de barba castaña del que ya presumía habitualmente.

Las razones de por qué no había vuelto a ese viejo y abandonado cementerio no eran pocas, pues aún recordaba vívidamente aquella conversación que tuvo con el chalado tío Henry cuando él apenas reunía unos nueve años de edad. Recordaba ese día como si fuera ayer, pese a que ya habían pasado esos buenos siete años. Aquel día de verano de hace siete años amaneció como otro cualquiera por aquellas fechas: cálido y acogedor. El pequeño pueblo se llenó de actividad desde primera hora de la mañana, como todos los días. Jared, un par de jornadas antes de aquella fecha, había convencido a su tía Margaret de que le regalara uno de aquellos arbolitos que conservaba en macetas para la cosecha de dentro de algunos años. Pese a las objecciones de Marga, Jared consiguió su propósito alegando que ya tenían un tronco bien formado y estaban asfixiandose en tan poco espacio, que ya era hora de transplantarlos. Y así es como eligió el manzano más alto y de tronco más grueso que encontró en el invernadero con la intención de plantarlo en la linde del río cuando Henry volviera de sus quehaceres en la ciudad. Eso ocurrió un par de amaneceres después, por lo que aquel viejo loco acompañó con gusto a su sobrino hasta el río para plantar el manzano. Jared descendió sujetando el manzano a duras penas, ya que puede que fuera escuálido, pero seguía siendo más alto que él.

-¡Con cuidado muchacho! O ambos acabaréis de cabeza en el río -advirtió Henry, cortando de súbito la canción que improvisaba mediante silbidos desde que salieron del caserón.

Pero Jared no escuchaba. Algo había atraído su atención.

-Tío Henry, ¿qué hay al otro lado del río? -preguntó al vislumbrar el contorno de unas verjas entre los árboles.

Jared nunca cruzaba el río. Lo tenía terminantemente prohibido ya que la carcoma puso fin al puente de madera que permitía el paso de un lado a otro. Ahora la única forma de cruzar era por un grueso tronco de roble y no era seguro para un chiquillo de su edad.

-El viejo cementerio, por supuesto -contestó él, y prosiguió con su melodía.

-¿Hay otro cementerio? -Que él supiera, el único cementerio del pueblo estaba al este y el río estaba justo en dirección contraria.

-Es el que antes se usaba para enterrar a los difuntos, pero nadie lo cuidaba y no estaba en condiciones de recibir visitas. Por eso construyeron el otro. Este ahora es propiedad de la hiedra y el musgo.

-Y… ¿aún hay muertos? -inquirió Jared, perdiendo el interés repentinamente en los árboles.

-Se transladaron los cuerpos a petición de las familias, pero hay muchos sin familias, de modo que sí, hay muertos -Estampó su mano contra su muslo con rapidez para espantar un mosquito y Jared se sobresaltó.

-¡Quiero verlos! -exclamó Jared, movido por la curiosidad. El manzano ya no le parecía ni la mitad de interesante.

-Vale -Tío Henry se encogió de hombros.

-¿Vale? -Se sorprendió el niño- ¿De verdad?

-La muerte no es un juego, jovencito. La curiosidad es buena… hasta cierto punto. Si te quieres enfrentar a ella, a la muerte, no soy quién para evitarlo.

Jared sacudió la cabeza. No entendía aquello, pero tenía verdadera curiosidad por ver qué se ocultaba detrás de la arboleda.

-Tía Marga te matará como se entere de que me has dejado cruzar el río…

-Margaret no tiene por qué enterarse -Henry guiñó un ojo a su sobrino y éste, más animado, se lo devolvió con complicidad. Dejó el manzano a los pies de donde se encontraba y se dirigió sin vacilar hasta el tronco caído que cruzaba el río de un lado a otro.

-¿Por qué dejas el manzano? -preguntó Henry- Cógelo. Voy a enseñarte una buena lección hoy.

Jared enarcó una ceja, confundido, pero la excitación de la travesura lo atraía como un imán y no cuestionó a su tío: recogió el árbol de nuevo y, con ayuda de Henry, pisó por primera vez la hierba del otro lado del río. Casi echó a correr hacia las verjas y su tío le siguió a duras penas, volviendo a recobrar el hilo de la canción que silbaba.

Jared llegó hasta el cementerio. Parecía el típico de una película de terror y Henry no mentía cuando vaticinó que ahora sería propiedad de la hiedra y el musgo. Era de día y el sol golpeaba con fuerza sobre las lápidas, pero incluso con un día tan luminoso y cálido, el cementerio inspiraba terror. A Jared se le secó la boca cuando oyó chirriar la puerta de la entrada.

-¿Vamos… a entrar? -titubeó mirando a su tío, que entraba con paso decidido, era él el que había ocasionado el ruido.

-¿Y por qué no? ¿No querías jugar con la muerte?

-Yo… yo solo… -A Jared ya no le parecía tan buena idea.

-Ah, valientes… -Suspiró su tío con ironía volviendo a cerrar la puerta.

Aquello había herido el orgullo del chico, que avanzó con seguridad y transpasó la puerta.

-¡Ese es mi sobrino! Y ahora… plántalo ahí, sí, ese es un buen lugar -señaló el centro del cementerio, junto a dos lápidas emborronadas por el tiempo y oxidadas por el aire.

-¿Plantarlo…? -A Jared no le gustaba la idea en absoluto, pero lo hizo temiendo volver a quedar como un cobarde.

Al cabo de unos minutos, el manzano estaba transplantado en el centro de aquel desgastado cementerio.

-¿Y ahora? -preguntó el chico.

-Ahora a esperar, a esperar para que seas consciente de la sed y la voracidad de la muerte.

Jared tenía ganas de echarse a llorar. De pronto solo deseaba estar en casa, su propio tío, desde siempre un tanto majareta, ahora le estaba dando verdadero miedo. ¡Ojalá nunca hubiera propuesto cruzar el río!

-Dicen que la muerte lo corrompe todo y, ante todo, corrompe la vida. Cuando los árboles de Margaret den sus frutos más lustrosos, vuelve al cementerio, hijo. Vuelve y observa lo que puede hacer la muerte.

Luego se dio la vuelta y salió del cementerio y Jared corrió detrás de él, volviendo la vista hacia su manzano un par de veces antes de abandonar el viejo cementerio.

Los árboles de Margaret dieron sus primeros frutos, los segundos, los terceros… Pero Jared no volvería, sin duda, no volvería. Henry había dado a entender que debía hacerlo solo y es algo por lo que no pensaba pasar de nuevo.

Un año… dos años… tres años… Siete años. Siete años pasaron cuando Jared consideró que debía enfrentarse a esas horribles pesadillas que acontecían desde aquel día. Cada vez que cerraba los ojos veía el cementerio y su árbol, doblándose por la mitad, muriendo como lo habían hecho las personas que sepultaban esas lápidas… La única forma de mitigar esos miedos, de vivir en paz, era volver al cementerio y comprobar que no había sucedido nada, que solo eran paranoias de su tío que había ido perdiendo la cabeza en todo ese lapso de tiempo hasta que dejó de lograr decir una sola frase con coherencia.

-Me voy al río, a ver al árbol de la muerte -anunció Jared a su tío, que en aquel momento intentaba prender la lumbre en pleno verano con una cerilla gastada. Henry, que ya había perdido toda su cordura, musitó algo del ganado y, tras suspirar, Jared salió del caserón en dirección al río.

Una vez allí, los nervios empezaron a castigarle sin piedad. Sentía las piernas flojas, las manos sudorosas, la lengua pastosa y la boca seca.

<<Ya no soy un crío.>> Se obligó a pensar y cruzó el río por un nuevo puente de madera que alguien habría construído en algún momento del transcurso de estos siete años. Las hojas de las copas de los árboles se rozaban entre sí imitando el tétrico sonido de la lluvia y el viento parecía desperdigar el hedor de la muerte por toda la linde del río. Pero Jared sabía que aquello eran solo imaginaciones suyas.

Avanzó hasta las rejas tanteando, sin atreverse a abrir los ojos. ¿Y si su manzano realmente estaba doblado, como en sus pesadillas? ¿Y si simplemente no estaba? Puede que la muerte se lo hubiera llevado sin dejar rastro…

Tragó saliva y decidió que la mejor forma de descubrirlo era abriendo los ojos. Y al hacerlo… echó a reír.

<<¡Soy estúpido, estúpido!>> pensó, sin poder ocultar su alegría. El árbol estaba intacto, hermoso y crecido al igual que los de su tía Margaret. Estaba contento y había perdido todo el miedo que antes oprimía su corazón y palpitaba en sus entrañas, por lo que se adentró en el cementerio para ver su árbol de cerca y regocijarse de su buen estado. Avanzó sin miedo alguno hasta su corteza y luego cogió uno de aquellas manzanas rojas, hermosas, pulidas y sin ninguna imperfección en su piel. Estaba tan apetitosa que, olvidando la clase de abono que había recibido aquella planta, pegó un mordisco a tan apetitoso fruto.

Sin previo aviso y nada más hacerlo, le llegó un espantoso sabor. Escupió mientras el olor a putrefacción trepaba por su nariz y se instalaba en ella provocándole naúseas. Separó el fruto para observarlo, sin comprender y lo que vió le hizo caer al suelo, de pleno estupor. Miles de largos y viscosos gusanos marrones serpenteaban en el interior de la manzana que, por dentro, adquiría un tono purpúreo y desvaído. ¿Cómo era posible que no tuviera una sola imperfección en la piel y estuviera plagada de muerte en su interior?

Ah, Jared no se lo preguntaba. Jared ya lo había comprendido. La muerte… aquel árbol se abascetía de la muerte, de los cadáveres en putrefacción, aquel manzano era muerte, muerte en vida… pero muerte.

MoniqueAllanPoe.

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