Hielo y fuego

Frío, sentía frío en la soledad de mi alma. Miedo, experimentaba el miedo en cada poro de mi piel. Lágrimas, al filo del precipicio de mis pestañas…

¿Cómo os explico lo que sentía? Pocas veces me faltan las palabras, pero entonces era una de ellas. ¡Oh, cuan inexplicable era la intensidad del miedo que sentía entonces! ¡Cuánto me cuesta incluso en este momento plasmar con precisión lo que acontecía dentro de mí! Mas lo haré una vez más, con toda la rigurosidad que logre acuñar, pues aún me siento en deuda con mi alma.

Era un frío día de invierno, amaneció como otro cualquiera por aquellas fechas frío, denso, encapotado… Mi alma, al igual que aquellos últimos meses del año, estaba dividida. Dividida en hielo y fuego. Por un lado se encontraba mi ángel negro, con sus alas del color del azabache naciendo entre sus hombros y cayendo hasta casi rozar el suelo como una cascada que portaba tinta negra como caudal. Con su pelo oscuro, su mirada fría, sus largas pestañas, su imponente altura y su deje de poder. Con él, la seguridad de mi adolescencia, mis miedos y secretos más profundos revelados con fervencia, mi guardián, mi protector. Era su guarida oscura y fría la que me había aprisionado durante tres de los años más agitados de mi vida, mas protegido también de los golpes de la vida, de las manos ingratas, de los monstruos del camino. Mi ángel negro era frío, frío como un témpano de hielo, como una sórdida despedida, como una mañana sin sol. El contacto con su piel era similar al de la nieve y a su lado sería amada, amada y protegida durante el resto de mi existencia, si renunciaba a la calidez de un beso, al contacto de un abrazo que sube un par de grados la temperatura, a las emociones. Todo sería orgullo, todo sería frío, todo sería distante. Amor a su manera, prohibido y latente.

En oposición al frío ángel negro, se encontraba mi mago alado. Sus alas no eran negras, sino pardas, similares a las de un ave rapaz. Su pecho era cálido, su corazón activo, sus mejillas capaces de teñirse de un tono bermellón como las mías. Era mucho más humano, aunque igualmente poderoso.  Su piel ardía más que las llamas cuando rozaba la mía y era tan suave como sus plumas blancas jaspeadas en tonos marrones. Su magia era más poderosa que aquella que narran las historias y cuentan las películas. Su magia hacía que mi corazón pegara botes de impaciencia, que mi mente volase a su recuerdo incluso en la más inexpugnable distancia, que su sonrisa… ¡Ah, su sonrisa! Era su hechizo más poderoso. Creaba un campo magnético que jamás podría explicar y, de llegar a lograr hacerlo en un caso remoto e hipotético, ni la mente más privilegiada lo comprendería. Era relativamente nuevo en mi vida el mago alado, sin embargo yo ya lo conocía hasta el punto de que llegó a formar una subdivisión en mi alma, enteramente entregada hasta entonces a mi ángel negro. Con el mago alado sí existiría el amor, los besos, las caricias, la eternidad. ¿Quién no necesita el amor físico? ¿Quién no necesita una manifestación de los sentimientos? Mas con él mi guarida se derrumbaría desde el mismísimo pilar. El amor especial, el amor prohibido, el amor único, no existiría… pero sabría de nuevo lo que es un beso, uno de verdad.

Hasta aquellos últimos meses, la aparición del mago alado había puesto en precario equilibrio mi estabilidad emocional. El ángel negro sentía un obvio rechazo hacia nuestro repentino acercamiento y por el contrario yo, ni queriendo ni pudiendo evitarlo, sentía cómo cada día se forjaba más a mi vida.

Fue cuando ese equilibrio pareció volver a dilucidarse, cuando mi alma estalló en pedazos resquebrajándose por todos lados. Aquello era egoísta. Mantener al hielo colindando con el fuego era una tortura para ambos y lo sabía, no obstante tenía la esperanza de desafiar las leyes del universo, de implorar a los dioses si falta hiciera, de patear al destino por conservarlos a ambos. Pero la realidad es mucho más compleja. Hielo y fuego, imposibles de aunar desde el principio de los tiempos. ¿Quién era yo para cuestionarlo?

Fue así cómo tuve que elegir entre un trozo u otro de mi alma, a sabiendas que tomase la decisión que tomase, no volvería a ser la misma. Un juguete roto que vaga a diario entre sus recuerdos, un reloj que da marcha atrás a gran velocidad, una máquina que no volverá a ponerse en correcto funcionamiento, destinada a almacenar polvo en algún rincón del olvido. Esa sería yo, sí, esa sería yo.

Volvamos entonces a esa mañana fría de diciembre que amaneció fría, densa y encapotada; el día en el que tuve que elegir. No recuerdo cómo llegué, pero sí que, al abrir los ojos, estaba en una cueva. Las goteras se filtraban a través de las estalactitas y caían generando un eco escalofriante. Recuerdo que hacía un calor extraño, bochornoso, que hacía que la ropa se adhiriese de forma muy incómoda a mi piel. Sin embargo, yo tiritaba hasta el punto de casi llegar a convulsionar ya que el frío se encontraba en mi interior, un frío producto del puro pavor. Fuera de la galería llovía, sin duda. Las gotas repiqueteaban contra el suelo húmedo unos cuantos metros sobre la cueva y los truenos resquebrajaban el silencio constantemente. La oscuridad era casi total. Sí, allí me encontraba yo esa mañana de diciembre, cuando comprendí que el tiempo se había agotado. Hielo o fuego, hielo o fuego, hielo o fuego…

Era inhumano darme a elegir aquello; por eso lloraba. Lloraba desconsoladamente, haciendo mucho ruido. Me aovillaba entre las estalagmitas y me balanceaba tratando de vislumbrar mi incierto futuro. Hielo… o fuego. Fuego… o hielo. Aquellas palabras me torturaban.

La galería tenía dos salidas. A mi derecha un reino de hielo, con paredes tan trasparentes que parecían de cristal y allí, imponente y maciza, se alzaba mi guarida, mi casa, donde mis secretos, miedos y sueños permanecían a salvo, dispuestos a perdonar mis dudas y a acogerme de nuevo. Mi ángel negro sobrevolaba esa opción con pequeños cristales de hielo salpicando sus lustrosas plumas.

A mi izquierda un reino de fuego, de un fuego que no quema. Del fuego de la fidelidad, de la pasión, de la confianza y del amor. Un reino de oportunidades, de futuro. Una invitación tentadora que aceleraba mi corazón con ferviente deseo. Mi mago alado me tendía la mano usando su sonrisa, ¡su sonrisa! De nuevo el hechizo que conseguía destrozar mi autocontrol.

“Hielo o fuego” mascullaban las piedras de la cueva.

“Hielo o fuego” gritaban los truenos vengadores.

“Hielo o fuego” insinuaba el repiqueteo nervioso de mi corazón.

“Hielo o fuego” escupían las goteras.

“Hielo o fuego” susurraba el viento.

<<Hielo o fuego>> Musité un par de veces entre lágrimas.

Pasaron al menos veinte ciclos vitales de una mariposa antes de tomar una decisión. Veinte días sopesando, llorando, tiritando y torturándome con la voz del viento, las goteras, las piedras, los truenos, mi corazón y la lluvia. Porque en todo ese tiempo, nunca, nunca dejó de llover.

Después de ese tiempo me levanté por primera vez. Mis piernas no respondían demasiado bien a mis órdenes. Se tambaleaban ante el estado famélico y se rebelaban a trabajar tras tantos días en la misma posición. Mis lágrimas estaban ya fosilizadas en mi rostro y mis ojos habían perdido su luz. Ambas invitaciones seguían abiertas, pero mi cuerpo no resistiría mucho más la ausencia de un alma, o medio, aunque fuera.

Y sí, me levante con esfuerzo y miré hacia mi reino de hielo. Una mirada larga, pausada, tranquila. Recordé los momentos con mi ángel negro, las risas, la protección, las promesas… Pero recordé el frío… yo ya tenía demasiado frío dentro de mí. Apoyé la cabeza en la pared de roca, impregnando mi pelo y mis mejillas con la arena mojada y lloré, lloré durante horas su recuerdo y luego… luego mis pasos avanzaron en sentido contrario con una nueva motivación. Avanzaron hasta llegar al reino de fuego y, en la frontera entre la cueva y una decisión sin retorno, se detuvieron para dejarme suspirar. Me sequé las lágrimas y la chica de medio alma que ahora soy entró en el reino de luz y abandonó para siempre el reino de la oscuridad.

Mi mago alado me enseñó la más reconfortante sensación de calor, de acogida, de bienvenida. Me hizo imposible no ser feliz a su lado. Seré por y para siempre feliz en el reino de fuego y no me arrepentiré jamás de mi decisión, nunca. Pero mi ángel negro siempre tendrá un hueco en el recuerdo de mi memoria y una vacante en un alma maltrecha que palpita a duras penas y anhela la oscuridad.

Eso pasó. Aquella cueva, cada paso, cada lágrima aconteció dentro de mí, sin que nadie viera nada, sin que sus ojos ciegos se percatasen de todo esto y de la complejidad de lo acontecido en mi interior en aquel instante. Todo esto sucedió sí, todo eso antes de que de mis trémulos labios escapase un desgarrador:  <<Ya he tomado una decisión: Tú.>>

MoniqueAllanPoe.

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