Honor

En aquel momento, las tropas del rey Connor distaban de una milla completa de las suyas. Eran visiblemente unas veinte veces más numerosas y contaban con arqueros y cañones móviles que transportaban desde hace varias jornadas por el árido desierto del este. Veinte mil hombres se situaban al frente, en plena línea de frontera y sus dos estandartes reales sostenían banderas tan rojas como la sangre y sobrias como la muerte que ondeaban a merced de la cálida brisa de verano. Incluso a una milla de distancia los impacientes relinchos de los caballos y sus cascos golpear el suelo con insistencia parecía escucharse desde el lugar donde lord Barion trataba de infundir tranquilidad a sus escasos pero valientes hombres.

Se habían citado a morir, y lo sabían. El nerviosismo hacía que el pulso irregular golpetease contra sus gargantas y los marease leve pero imperceptiblemente. Sus espadas estaban ya empuñadas, y las sentían tan cortantes como si las estuvieran sosteniendo por el filo en lugar de la empuñadura. Los yelmos, por su parte, hacían que el asfixiante calor bochornoso se multiplicase. Constantemente acudían a su memoria sus mujeres e hijos, una y otra vez. En cuanto la lucha hubiera concluido, todas sus mujeres serían tratadas como objetos y esclavizadas; y lo que era más doloroso aún: tomadas por sus oponentes con gusto y burla, quizá ante la atenta mirada de sus desdichados hijos. Aquello hacía crepitar el odio de su interior que, muy de cuando en cuando, suplía temporalmente el miedo.

Un estruendo atrajo entonces su atención. El sonido de un primer cañonazo quebró el cielo y su plomiza carga cayó a varios metros de distancia de donde Barion y sus hombres se encontraban. Era un tiro errático, sin duda realizado intencionadamente. Era un aviso, una señal de que había comenzado. El ejército de Connor se precipitó entonces ladera abajo con sus espadas en alto y sus armaduras emitiendo ruidos acerados.

Quedaba aún un buen trecho de camino hasta que los alcanzasen, por lo que nadie se alteró más de lo que ya estaba. Sin embargo, lord Barion eligió ese momento para intervenir y alentar a su tropa de apenas mil hombres. Espoleó levemente los flancos de su caballo tan negro como la tinta y avanzó al paso por la vanguardia, de tal forma que la voz pudiera llegar a todos y cada uno de sus valientes. Pero lo que dijo fue motivo de posteriores murmullos, cuchicheos e inquietudes:

-Mis hombres, mis fieles y valientes hombres. Sé que os habéis citado aquí con el pretexto de defender vuestro pueblo de una sangrienta conquista. Pero volveos, valientes, miradlos. Envidio a quien albergue aún una posibilidad de victoria por su inocencia, mas lo compadezco por su estupidez. Todos nosotros sabíamos que se avecinaba un lucha difícil que traería consigo cuantiosas bajas y una larga crisis económica en nuestro pueblo en caso de tener una oportunidad de vencer, pero nadie previno una alianza de este calibre entre nuestros contrincantes. Ahora es inevitable cerciorarse de que tal posibilidad de victoria no existe. ¿Por qué seguís pues aquí?

Se hizo un silencio sepulcral. Todos aquellos ideales con los que se habían criado estaban siendo cuestionados por su mismísimo líder. Unos barajaban ya la posibilidad de traición, mientras que otros se ceñían con seguridad a que tan solo era una prueba. Los últimos contestaron al unísono:

-¡Por el honor, señor! -Sus voces sonaron dispares, algunas en la vanguardia, otras en la retaguardia y otras en el centro de la tropa.

Cuán grande fue su perplejidad cuando el noble e inteligente Barion dejó escapar una grotesca carcajada. Aquellos que habían descartado la opción de traición comenzaron a sopesarla mientras que, quienes antes la sospechaban, la verificaron. La formación se volvió irregular en cuanto el miedo que tan cuidadosamente retenían en su interior comenzó a aflorar con vehemencia. Todos y cada uno de los presentes en ese bando se esperarían una traición similar de cualquier señor antes que de lord Barion, el más honrado, valiente, benévolo y piadoso que había regido nunca su reino. El escrupuloso silencio volvió a reinar cuando volvió a intervenir:

-El honor -repitió, reflexivo-. El honor es aquello que hace a un hombre hombre. El honor es la potestad para elegir defender tu reino a cambio de tu vida, si necesario fuera. El honor es quién te otorga un nombre más allá de tus murallas. El honor… es verdaderamente apetitoso el honor.

Hizo una pausa, pero nadie se atrevió a moverse esta vez.

-Pero, ¿de qué sirve el honor una vez muerto? La muerte es indigna para todo el mundo, te arrebata tu nombre, tu identidad. ¿Cuántas veces habéis escupido sobre un cadáver enemigo aún caliente? ¿En cuantas ocasiones os habéis mofado de un caído si pertenece al otro bando? ¿Cuántas veces habéis bailado alrededor de una hoguera celebrando una victoria e ignorando la sangre que tiñe los campos de aquellos que murieron por honor? Os repito pues, ¿de qué sirve el honor una vez muerto?

-No sirve de nada, señor -ratificó una vocecilla en primera fila. Era la mano del rey, la persona que lo seguía sin cuestionarlo desde los doce años que duraba su reinado.

-Exacto, mi fiel amigo, muerto no sirve de nada el honor, salvo en una excepción: que vuestra vida hubiera sido tomada a cambio de la libertad de vuestro pueblo. ¿Qué importarían entonces las mofas? ¿Qué importarían sus grotescos comentarios o sus lúgubres risotadas? Nada. Nada importarían porque el motivo por el que lucháis tenía el fin de defender una causa justificada, una causa por la que morir. Entonces habríais muerto con honor. Pero, ¿alguno os habéis replanteado que pasará hoy cuando el último de nosotros caiga? Conquistarán nuestro pueblo y lo poblarán de bárbaros de su linaje. Nuestras familias serán esclavizadas, nuestro trabajo arrebatado y nuestra historia extinta.

Ante aquel testimonio la formación terminó de dispersarse. Miradas horrorizadas se vislumbraban a través de las aperturas del yelmo.

-¿Deberíamos pues retirarnos, señor? -intervino alguien.

-Ya es tarde para eso -Suspiró lord Barion-. Pero no obligaré a nadie a morir hoy. Aquellos que deseen recuperar a su familia aún tienen tiempo de regresar y huir con ellos lejos, muy lejos. Por desgracia, ya es tarde para el reino.

-¿Y vos? -preguntó la mano del rey.

-Yo no podría ver cómo he fracasado y he llevado a mis gentes a la desaparición y el olvido. Si yo regreso se considerará rendición y mis gentes se convertirán en esclavos o vendidos como tales.

Nadie se movió ni un ápice de su sitio. No era ni de lejos la respuesta que deseaban.

-¡Maldita sea, moveos, salvaos! -gritó lord Barion- ¿Por qué no os movéis? ¿Cuántos de vosotros consideráis aún que en este caso vale la pena morir por el honor? ¡No queda casi tiempo! -Era cierto. A las tropas de Connor apenas les quedaba un tercio de la distancia para darles alcance.

A raíz de esa última intervención y de avistar las tropas enemigas tan cerca, casi se produjo una estampida. Quinientos hombres se alejaron al galope de la batalla al instante y, con más indecisión y dolor, les siguieron otros doscientos posteriormente. Fue un segundo cañonazo lo que terminó de despejar por completo la zona, hasta que en el bando de Barion solo quedaron tres personas, entre ellos la mano del rey, un estandarte real con la bandera de aspas naranjas sobre el fondo blanco ondeando todavía y el más joven de sus mil hombres, que tan solo contaba con quince años y apenas sostenía la espada con determinación.

-¿Vosotros sí creéis que merece la pena morir hoy más que la vida trashumante con vuestras familias? -preguntó por última vez.

El chico negó con la cabeza, mientras que el estandarte y la mano del rey pronunciaron la negativa en voz alta.

-No queda tiempo… Chico, no deberías tener tú la decisión de permanecer o irte… La muerte es algo sin retorno, y eso es común para todos. ¿Por qué seguís aquí entonces?

-Por vos, por fidelidad a vos -dijo el chico- Mi padre dice que sois el señor más noble que nos ha regido nunca, que sois una bendición para nuestro reino. Si morís vos, moriré yo.

Lord Barion agachó la cabeza, conmovido. Habría seguido intentando disuadir al chico de quedarse durante todo el tiempo que hiciera falta, pero el problema es que ya no quedaba tiempo, ni si quiera para aquellos que se arrepintieran entonces. La humareda de polvo comenzó a llegar hasta donde se encontraban. Ningún arquero disparó. Seguramente todos supusieran que cuatro hombres debían ser pasto de los sedientos bárbaros armados con espadas.

La bandera blanca de aspas naranjas fue lo último que la polvareda del camino engulló, que ondeó firme hasta el último momento.  Unos desde sus casas, otros abandonando el campo de batalla… pero entonces todo el reino sintió con obvio dolor la ausencia de su mejor rey en lo más profundo de sus corazones.

(MoniqueAllanPoe)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s