El Dragón.

En la cueva de la montaña más alta del mundo vive prisionero. Aunque quiera salir no puede, ha crecido demasiado y es imposible que vuelva a ver la luz del sol. Todo el día, toda la noche, cada segundo de su vida está obligado a quedarse encerrado en la caverna mirando la pared, antaño roja y ahora negra a causa de las cenizas de su fuego.

En soledad llora, esperando un fin que sabe que va a tardar mucho en llegar. Llora por todo lo que ha perdido, su único consuelo, su única diversión, es contarse historias. En su mente ha visto mundos que nunca nadie verá, su mundo es tan real como la cueva, sólo que ilimitado, es tan grande como él quiera.

El dragón, aunque estaba mucho tiempo contento, no podía evitar llorar en ocasiones, cuando sus personajes se iban y se quedaba solo.

El pobre dragón necesitaba un amigo, alguien con quien reír, soñar, alguien real.

Pero un día el dragón murió. Estaba tranquilo. Cerró los ojos y no los volvió abrir. Sus huesos descansan ahora en la cueva, pero su alma vuela libre, sintiendo el aire fresco mientras vive las aventuras que un día imaginó.

 

MK!

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