El silencio

Era un oscuro día, triste y solitario. Todo estaba en calma y en silencio; una joven volvía a casa después de un largo día de trabajo, estaba sucia y agotada, sólo deseaba llegar a casa y dormir.

La muchacha era hermosa, de talle fino, cara redonda, ojos negros y pelo de fuego. Ni la suciedad que la cubría, ni el aspecto cansado que tenía, ni sus ropas viejas restaban encantos a este pobre angelito.

Esta doncella era…¿cómo decirlo? La dulzura personificada a pesar de todo lo que había pasado. Sólo tenía diecinueve años, pero llevaba más de ocho trabajando en una casa señorial a casi una hora de su casa en la que trataban mejor a los perros que a los sirvientes. A los doce años quedó huérfana y su hermano mayor la abandonó, llevándose toda la herencia. La casó con un viejo casi treinta años mayor que ella que la golpeaba día sí, día también. Nunca lloraba, nunca hablaba. SU rostro era tan triste que todo el mundo que la observaba durante más de cinco minutos sentía en su interior un hondo dolor, un terrible desasosiego.

El caso es que nuestro ángel iba este lúgubre día de vuelta a su casa sin percibir la soledad del lugar, sin darse cuenta de lo que estaba pasando hasta que llegó a su casa y trató de abrir la puerta. ¡Su mano traspasaba el pomo! Era incapaz de agarrarle…se dio la vuelta tratando de buscar ayuda, pero todo el mundo la ignoraba, parecía que no la veían…

Retrocedió sobre sus pasos y entendió el por qué del silencio, por qué nadie le hacía caso. Su cuerpo había caído en medio del camino muerto, frío, interte…

MK!

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