Fuego, deseo y placer

<<Relájate>> Me exigí a mí misma mientras la yema de sus dedos seguía trazando ardientes líneas sobre mis labios carnosos. Sentía su penetrante mirada perforarme como agujas de cristal que traspasan el límite de la cordura y rozan la irrealidad. Yo solo veía mi reflejo en sus pupilas. El marrón jaspeado en tonos nácar de sus ojos parecía invadirlo todo y ni si quiera mi imperiosa fuerza de voluntad me permitía apartar la mirada.

Allí estábamos, mirándonos como estatuas, perdiendo la conciencia del tiempo y el espacio. Bueno, del tiempo; el espacio estaba claro: Había demasiado entre nosotros. Sus dedos se alejaron de mi boca entonces y recorrieron mis mejillas con decidida fascinación. Así fue como el fuego abandonó mis labios y prendió con fuerza sobre mis pómulos. Una de mis imprudentes manos se alzó hasta la que me acariciaba y se cerró en torno a ella, pegándola aún más a mi rostro. Cerré los ojos mientras me llegaba el olor de aquella embriagante colonia suya, que arrebató la poca cordura que me restaba.

Luego me pregunto dónde quedó esa timidez mía que un día le enamoró. Avancé hasta pegar mi cuerpo al suyo, rodeé con mis brazos sus hombros anchos y rocé mis labios con los suyos. No respondió inmediatamente, lo que desencadenó una inseguridad que pronto me llevó a arrepentirme de mi osadía. Me aparté con brusquedad sintiendo que me picaban los ojos, deseosos de llorar ante el rechazo, pero apenas sí había logrado separarme un poco cuando sus manos rodearon mis muñecas con fuerza, pegándome contra la pared. Al sentir el impacto de mi espalda contra ésta se escapó todo el aire de mis pulmones en un jadeo ahogado. Lo miré de arriba abajo segundos antes de que volviera a poner su boca sobre la mía para arrebatarme un beso mucho más insistente que el anterior.

<<La cama. ¿Dónde está la cama?>> Me dije ahora mientras mis manos se las apañaban para deshacerse de su camiseta. Las suyas, mientras, se deslizaban por debajo de mi falda, pegán-dose a mis muslos y explo-rando todas y cada una de mis curvas, despertando a su vez todas y cada una de mis terminaciones nerviosas.

Tras el repentino y largo apogeo de pasión, las gotas de sudor de sus rizos negros cayeron sobre mi espalda desnuda y sentí su abrazo como un cóctel de fuego, deseo y placer.

Sonreí, por primera vez feliz. Ya que, por vez primera, olvidé la distancia que existía entre nosotros.

 MoniqueAllanPoe.

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