Quédate conmigo

¿Alguna vez han probado a pasear por las numerosas calles de Madrid con la única compañía de una cámara Réflex y la añoranza y melancolía clavándose en sus costillas? Dejándose empapar por la ciudad del progreso, de las ciencias, del arte, de las letras… ¿Dejándose empapar por la ciudad del futuro? Un consejo: No lo hagan. No lo hagan a no ser que se aseguren antes de estar acompañados; de que la luz de los faros de los coches y los escaparates otorguen la claridad suficiente y el ruido de una ciudad tan frecuentada enturbie el silencio por completo.

No estoy loca; o al menos tengo la infalible costumbre de repetirme eso una y otra vez desde aquel día. De hecho envidio a aquellos que albergan dudas hacia mí o simple-mente niegan con rotundidad estas palabras. Rogaría que antes leyeran mi historia.

Fue el 24 de octubre de 2009 la última vez que lo tuve entre mis brazos. En aquel entonces yo tan solo tenía dieciséis años y él dieciocho, con un recién sacado carnet de conducir y sus fortuitamente aseguradas ganas de vernos. Recuerdo la hora con una precisión rayana en la obsesión. Eran las 9:12 de la noche y el día tocaba a su fin. Mi mejor amigo volvía a Madrid en coche y yo lo despedía con la desdichada certeza de que tenía que quedarme en Valladolid como siempre, a unos doscientos kilómetros de una distancia insalvable. Insalvable salvo por un tren al que me aventuraba un par de veces al año. No era suficiente.

El día había sido perfecto, aunque quizá sería más correcto decir que lo habría sido…
Murió aquella misma noche en un accidente de tráfico que, de haberlo presenciado, habría congelado la sangre de las venas de la persona más impertérrita e indiferente.
Yo fui la última persona a la que vio, y las últimas palabras que le dije resuenan en mi cabeza a diario como el estallido de un eco lejano sobre el que se superponen otras donde le ruego que se quede o que vuelva a casa en tren; donde debería haberle implorado que no me abandonara de forma irreversible aquella misma noche. Pero no, las palabras originales eran tan simples e infantiles que solo conseguían avivar mi sentimiento de culpabilidad siempre latente: << Aunque tarde doscientos años, ten por seguro que te devolveré en Madrid este día tan perfecto. >> Luego nos abrazamos con fuerza como era nuestra costumbre, y después, no sé en qué momento, las garras de la muerte se crisparon alrededor de su corazón, paralizándolo por completo.

Habían transcurrido seis años desde entonces, tiempo en el que me volví solitaria y aburridamente pragmática. Ningún proyecto volvió a ilusionarme y era realmente complicado verme iniciar una conversación por mi cuenta. Tenía como deber prioritario recordar su sonrisa, su tono de voz y su forma de ser. Me sentía responsable y bajo la obligación de mantenerlo con vida en mi propia mente. Así es como perdí mi vida y adquirí la suya. Yo siempre me había considerado una chica de ciencias, sin embargo, en selectividad me presenté a artes y actualmente curso una carrera ligada a la fotografía, pues él la adoraba. También dejé de tocar radicalmente el piano y me inicié con la natación, y un sin fin de cosas más que nunca me habían correspondido ni llenado por completo. Ahora maldecía por lo bajo aquella decisión. Como último año de carrera, tenía que hacer un trabajo con fotos realizadas por mí en una ciudad no muy lejana y fácilmente accesible. ¿Adivinan la ciudad a la que me destinó mi caprichosa suerte? Madrid. Mi primera reacción fue exigir que me destinasen a otro lugar. No me creía capaz de reavivar con tanta intensidad los dolorosos recuerdos y escasos, que había optado por sepultar bajo la custodia del olvido. Jamás había sido capaz de volver a ese lugar por mi cuenta. Pero denegaron mi petición con una rapidez insultante.
Por eso me encontraba allí en ese preciso momento. El AVE parecía volar sobre los raíles y, con la correa de mi cámara al cuello, trataba de extirpar todo atisbo de miedo que se aposentase en mi cabeza.

Cuando apenas se vislumbraban las cuatro torres, empecé a inquietarme y a tragar saliva de forma frenética y, al alcanzar la estación de Madrid-Chamartín, pude imaginarle esperándome abajo, con los brazos abiertos y un plano del metro en la mano.
En cuanto el tren se detuvo en su destino, bajé como una autómata. La estación estaba inusualmente desierta y las escasas personas que viajaban conmigo se dispersaron y volatilizaron con vehemencia. Pronto me hallé totalmente sola en aquel lugar lo cual, de no estar viviéndolo, se me habría antojado imposible de imaginar: Madrid solía rebosar de vida a todas horas. Decidí ignorarlo y cogí el primer metro que encontré que me condujo al parque del Retiro. Había decidido arrancar alguna que otra foto a aquel lugar y cogerme el tren de regreso en cuanto hubiera terminado. No podía permitirme entretenerme. Durante el trayecto viajé solo con dos transeúntes de miradas perdidas y rostro imperturbable, pero que supusieron algo de templanza a mis alocados nervios, que comenzaban a predecir que algo marchaba mal. Ninguno de los dos parecía encontrar extraño aquel cielo perlado que había fuera y aquella tarde gris y solitaria. Por el contrario, ambos parecían formar parte de ella.

En cuanto salí de la boca del metro, observé con recelo la majestuosa puerta de Alcalá y entré en el parque sin demorarme, dispuesta a acabar cuanto antes. Maldita la hora en que lo hice. El silencio allí era tan denso que la tensión se podía respirar y casi palpar con la yema de los dedos. Una niebla blanquecina se distribuía por lo que parecían coágulos flotando en el cielo, de un fuerte olor a ozono. La clase de niebla presente en muchas leyendas de Bécquer. Y el pánico repentino que se instaló en todas y cada una de las fibras de mi piel, era solo digno de los relatos de Edgar Allan Poe. Los árboles medio deshojados conferían la última pincelada tétrica a la escena. Como era ya cos-tumbre, tampoco había absolutamente nadie en aquel lugar y, puesto que empezaba a asustarme de verdad, decidí retractarme y volver sobre mis pasos, salir corriendo, escapar de allí. Pero apenas había girado el cuerpo cuando descubrí una barrera de árboles tiznados por los colores del otoño taponando la salida. Árboles que sabía, y habría jurado de hecho, que antes no estaban situados en aquel lugar.
Me crucé de brazos para minimizar algo el frío y me vi obligada a seguir avanzando, con la única compañía del vaho escapando de mi boca jadeante. Llegué a la laguna sobre la que se alzaba Alfonso XII. Una estatua ecuestre que se erguía sobre el estanque y a los pies de la cual se situaban algunos ángeles, leones y sirenas cincelados en piedra, recubiertos de moho y con las facciones y las extremidades desgastadas. Por su parte, la superficie del agua ondulaba con frecuencia como si hubiera actividad debajo, pero no se veía nada pues era de un color tan negro como el petróleo. En su superficie, montones de barcas flotaban sin ningún tipo de amarre y con los remos dispuestos, mecidas con suavidad por aquel movimiento ondulatorio, pero vacías.

¿Era posible que Madrid hubiera cambiado tanto en tan solo seis años? ¿O se trataba de un burdo delirio mental producto del anhelo y la culpabilidad de una muerte?
Una brisa leve atrajo hacia mí la hoja de un solitario periódico que se enredó entre mis tobillos. Lo cogí con curiosidad y lo ojeé. Acto seguido, exhalé un suspiro ahogado y mi pulso alcanzó un ritmo imposible. La fecha de aquel periódico correspondía al 24 de octubre de 2209. La promesa que le hice el mismo día de su muerte acudió a mi cabeza con una fuerza titánica y, sumida ya en la más absoluta incredulidad, me dispuse a leer los artículos y noticias en busca de alguna fehaciente señal que me advirtiese de que era una broma pesada. Pero entonces una segunda ráfaga de aire me robó el papel de las manos, que aleteó con irregularidad y aterrizó en el agua. Corrí tras él sin llegar a dudarlo. Me prepuse rescatarlo de las aguas y continuar torturándome con aquella fecha. Ah, pobre de mí… Inocente al sucumbir a la curiosidad y al miedo; inocente al no imaginar si quiera que aquella mano fría, blanca y cadavérica emergería para rodear mi muñeca y conducirme a lo más profundo de aquella turbia laguna negra y letal.
Mi grito quedó ahogado por el propio agua y me propuse racionar el aire a partir de ahora. Pensar con la cabeza fría no era nada fácil en aquella situación, cuando el gélido líquido me congelaba las entrañas y mi muñeca estaba empuñada por una mano espectral. Traté de otear las aguas, pero estaba tan oscuro como un agujero negro y no conseguía ver más allá de esa rígida mano tan blanca como la espuma. Me rebelé con fuerza, pataleando y tratando de nadar hacia la superficie con el brazo que me quedaba libre pero, lo que quiera que tirase de mí, era muchísimo más fuerte. En un último alarde de desesperación y con el más manifiesto terror en mis facciones, mordí con todas mis fuerzas su mano reprimiendo a duras penas el asco y las náuseas que se sucedieron. Pero había funcionado. Me soltó. Ignoré el punzante dolor de mi muñeca recién liberada, que palpitaba como si tuviera vida propia y comencé a nadar como si estuviera inmiscuida en una carrera a contrarreloj. Pero cuando mi dedo corazón asomó la punta de la yema; mis pulmones se ensanchaban ávidos de aire; cuando mis pupilas distorsionadas y dilatadas reflejaban la victoria de haber escapado de la muerte; cuando todo eso acontecía, la mano se asió de nuevo a mi tobillo, volviéndome a arrastrar a las profundidades. No podía más. Necesitaba oxígeno urgentemente. El frío me hacía estremecerme y temblar, y la muñeca por la que en un principio me habían agarrado me quemaba bajo la piel. Pasé tanto tiempo bajo toda aquella masa de agua que empecé a acostumbrarme a la luz, poco después empecé a ver formas y, cuando sentía que empezaba a marearme, casi veía con claridad. Lo primero que divisé fue un brillo debajo de mí que, al acercarme un poco más, llegue a la conclusión de que era un colgante en forma de estrella; de estrella de David. La misma estrella que mi mejor amigo siempre llevaba colgada al cuello, siempre. Anonadada ante mi hallazgo y sin ánimo ni ganas ya de continuar luchando, me dejé arrastrar hasta que nos detuvimos. Entonces lo vi con una nitidez absoluta. Me sorprendí, pero no reaccioné. Estaba demasiado ocupada en tratar de mantener los ojos abiertos a pesar de que aquella bruma mortífera insistía por atraerme hacia sí. Sin duda era él. Su pelo negro era zarandeado a merced del movimiento del líquido azabache y sus ojos marrones estaban cubiertos de una fina película gris que contrastaba con su extrema palidez, dotándole de un aspecto realmente macabro. Dos cicatrices que no tenía en vida, rasgaban su cara de un lado a otro pero, pese a todo aquello, no había duda alguna de que era él. Cuando me recuperé de la impresión, descubrí que me estaba haciendo gestos con la otra mano; gestos insistentes que me invitaban a quedarme junto a él; un billete sin retorno hacia las profundidades. Sonreía abiertamente. Movió los labios y me esforcé por leérselos mientras dos traviesas burbujas escapaban de su boca y me golpeaban en la cara al ascender. “Quédate conmigo”

Negué por inercia. Cierto era que me sentía responsable directa de su muerte innecesaria, pero no podía quedarme con él. Yo era lo bastante cobarde como para aferrarme a la vida y lo bastante débil como para intentar conducirnos a la superficie a los dos. Tan débil… Pareció enfurecerse por mi reacción. Quizá esperase que nadase hasta él y correspondiera a su abrazo así, por las buenas. Volvió a mover los labios, con más fiereza, y esta vez esquivé la docena de burbujas que se elevaron en tropel. “Siempre me decías que serías capaz de dar la vida por mí.”

Parecía dolido y decepcionado, y pese a que yo ya no sentía dolor físico, me sentí triste, culpable y cobarde. Me sentí miserable y mentirosa. Se acercó a mí con una furia irracional, advertí como su mano se precipitaba alrededor de mi cuello y su cara adquiría las facciones del odio más siniestro. Pero no llegué a saber lo que pudo pasar después. Mis dedos inertes se enredaron en su pelo y lo último que vi fue una frase grabada en sangre en la parte inferior de mi muñeca, justo donde sentía el pálpito y la sensación de quemazón. Pero repito que no supe que pudo llegar a hacerme, porque para entonces, el agua había entrado a borbotones en mis pulmones y los había encharcado. Para entonces, ya estaba muerta.

Sollozos, lágrimas, sudor frío y convulsiones. Así desperté aquel 25 de octubre en mi cama, asimilando que todo había sido una maldita y antojadiza pesadilla. Agradecí el seguir con vida mientras clavaba las uñas en la almohada y trataba de serenarme sin atreverme todavía a abrir los ojos. Aquel día nunca había existido; mi mejor amigo estaba muerto y punto; yo no había vuelto a Madrid desde hace más de seis años y todo esto era una estupidez. Encendí la luz de la lámpara de mi mesilla preguntándome cómo había podido sudar tanto como para empapar las sábanas, la ropa e incluso la cámara. ¿La…? ¿La cámara? Me acerqué a la luz, consternada y entonces, toda tranquilidad y alivio que había sentido en aquellos segundos se evaporó. La cámara colgaba de mi cuello. Tampoco tenía puesto el pijama, sino la ropa con la que supuestamente había soñado que estaba sospechosamente calada y sin lugar a dudas, no se trataba de sudor. Temblando de los pies a la cabeza, me arremangué la mano derecha con un nudo en la garganta, las lágrimas sucediéndose unas tras otras con rapidez y el corazón martilleando de forma irregular pero insistente. Y allí estaba, la confirmación de que eso no había sido una tosca y coloquial pesadilla. Esa frase grabada en sangre, en mi propia sangre, que latía con vida propia. Una herida abierta por la simple caricia de aquella mano que no podría olvidar nunca. Una sucesión de cortes alrededor de mi muñeca que rezaba:

 << Sabía que vendrías. >>

MoniqueAllanPoe

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