Inmortalidad

La mente es un complejísimo laberinto de redes entrecruzadas. Y, como si tuvieras dominio alguno sobre ella, intentas diseccionar cada pensamiento, explotar cada opción, buscar en los lugares más recónditos la respuesta a los problemas, que unas veces son tan grandes… y otras veces pretendemos hacer que lo sean sin darnos cuenta. Y entonces sobreviene con una fuerza titánica un miedo irracional que amenaza con apoderarse de ti. Miedo al futuro… o a la ausencia de éste. Miedo a que todo el empeño e ilusión que has puesto y todo lo que has pensado para llevarlo a cabo, se escape con la fugacidad de un pensamiento que has optado por desechar en cuanto tú mismo tomaste conciencia de él. Miedo también a estar perdiendo el tiempo, ya que de nada sirve iniciar la búsqueda de respuestas si una pequeña vocecilla subyace en tu cabeza y te tortura constantemente con que no deberías seguir esforzándote; te vuelve completamente escéptico.

Para mí la vida siempre ha sido como una especie de obra de teatro. Puedes tener un escenario de cortinas raídas y focos fundidos, con escaso público y envejecidas butacas; y, sin embargo, tu puesta en escena puede ser alucinante, y los aplausos, aunque escasos, suenan con más fuerza e insistencia de lo que cabía esperar. La trama es tu vida y tú el único actor. De vez en cuando un puñado de personas se sitúan a los pies del escenario intentando formar parte de la representación. Unas apenas lo tocan; otras en cambio se las apañan para subir y ejercer el papel de personajes secundarios. Y otras, muchísimo más escasas, se convierten en coprotagonistas. Respecto a las primeras, son aquellas que entran y salen de tu vida sin apenas imprimar una huella. Las segundas, son aquellas que estuvieron y se han ido, o estarán en un futuro de forma pasajera; pisarán tu obra, pero protagonizarán otra. Y, en lo que concierne a las últimas, son ellas. Son ellas quiénes merecen la pena. Son pocas, quizá solo una y puede que aparezca tarde, en las últimas escenas y con un diálogo breve; pero tendrás la certeza de que, aparezcan cuando aparezcan, te darán la mano para saludar al público en los últimos segundos de tu vida. Se postrarán junto a ti mientras los focos os buscan y los vítores suenan en bocas de entes desconocidos, sin rostro, sin nombre.

No puedes elegir el telón de fondo o la música que acompañará tu obra, como tampoco puedes elegir ni adivinar quién será la persona adecuada para cada papel. Sin embargo, querido amigo, te aconsejo que disfrutes de los pequeños momentos en los que compartas escenario con las personas pasajeras y aprendas de ellas porque, por ínfimo que sea, siempre podrán enseñarte algo. Te aconsejo, que aquellas personas que se apiñan a los pies del escenario a sonreír con burla de tu representación, no reciban más que una mueca de indiferencia y te sirvan de motivación para hacerlo aún mejor. Y te aseguro que tus coprotagonistas harán que todo merezca la pena y que el ritmo vertiginoso en el que se desenvuelve tu vida, perdón, tu obra, se haga más ameno y te haga sonreír. Disfruta de las escenas dramáticas tanto como de las cómicas. Piensa lo que dices, porque tus palabras pueden cambiar el curso de todo (por desgracia, no hay otra opción que improvisar). Y, por último, disfruta con lo que haces. El final es el mismo para todos, pero en tu mano está que tu obra sea distinta, especial. Que tu obra no caiga nunca en el olvido. Es la única fórmula para la inmortalidad.

Imagen

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s